En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 24
Camila se quedó rígida.
Lo vi en sus ojos.
El momento exacto en que entendió que esto no era un juego.
—Marcelo… —le agarró el brazo—. Esto no es normal.
Él no respondió.
Tenía la mirada clavada en el sobre.
En el maldito sobre.
Lo abrió.
Leyó.
Y lo vi cambiar.
Primero confusión.
Después enojo.
Y al final…
algo más.
—¿Ya habías iniciado la demanda? —preguntó, sin mirarme.
—Sí.
No adorné la respuesta.
No hacía falta.
Levantó la vista.
—Entonces todo esto…
—Fue para cobrar —lo interrumpí—. Y para que firmaras.
Silencio.
Pesado.
Marcelo apretó el papel.
—Me mentiste.
Lo miré.
—¿Y vos qué hiciste todo este tiempo?
No respondió.
—Esto es simple —continué—. Me hiciste mierda, yo te devuelvo lo mismo.
Camila negó, nerviosa.
—Están locos.
—No —dijo Alejandro, tranquilo—. Estamos preparados.
Eso la alteró más.
—Marcelo, decile algo.
Él no la miró.
Seguía mirándome a mí.
—Nunca me quisiste.
Solté una risa corta.
—No mezcles.
—Es eso —insistió—. Porque si no, no harías todo esto tan fría.
Di un paso hacia él.
—No es frialdad.
Pausa.
—Es memoria.
Silencio.
No dijo nada más.
Y yo tampoco.
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—Quiero dejarlo claro —dije—. Voy por todo.
Marcelo tensó la mandíbula.
—No te voy a dar nada.
—No te estoy preguntando.
Silencio.
—Quiero que te vayas sin un peso.
—No.
—Quiero la custodia total de Benjamín.
—No.
Nos miramos.
Ninguno retrocedió.
Camila intervino, alterada.
—Esto es un desastre, Marcelo. Necesitamos un abogado.
Alejandro sonrió apenas.
—Si quieren, puedo recomendarles uno.
Camila lo miró.
—¿Nos estás cargando?
—No —respondió—. Sería lo más prudente.
Marcelo soltó una risa amarga.
—¿Y quién podría enfrentarte?
Alejandro no respondió.
No hacía falta.
Todos lo sabíamos.
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—Seguro ya está acostándose con él —escupió Camila de repente.
Silencio.
La miré despacio.
—¿Perdón?
—No te hagas —continuó—. Llegás con él, te defiende, te maneja todo…
Sonrió con veneno.
—Bastante rápido encontraste reemplazo.
Alejandro ni se movió.
—Acabas de cometer una difamación.
Camila rodó los ojos.
—Ay, por favor.
—Con eso alcanza para otra demanda —añadió él—. ¿Querés que la prepare ahora?
Silencio.
Marcelo le agarró el brazo.
—Basta.
—Pero—
—Basta —repitió.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿La estás defendiendo?
—No —respondió—. Me estoy defendiendo yo.
La soltó.
—No digas estupideces.
Camila se quedó callada.
Por primera vez.
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La gente empezó a mirar.
A murmurar.
Siempre pasa.
—Es la esposa…
—La engañó…
—Esa es la otra…
No necesitaban saber mucho.
Lo entendían igual.
Camila los escuchó.
Y explotó.
—¿Qué miran? —gritó—. Métanse en sus cosas.
Nadie respondió.
Pero tampoco dejaron de mirar.
Marcelo se pasó una mano por la cara.
Cansado.
—Nos vamos.
La agarró del brazo.
Ella dudó.
—Pero—
—Nos vamos —repitió.
Empezaron a caminar.
Los dejé.
Dos pasos.
Tres.
—Marcelo.
Se detuvo.
No se dio vuelta.
—Esperá.
Me acerqué.
Abrí el bolso.
Saqué dos fajos.
Los conté rápido.
Veinte mil.
Los sostuve entre los dedos.
—Tomá.
Se dio vuelta.
Confundido.
—¿Qué es eso?
Se los extendí.
—Para vos.
Camila frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo?
Sonreí.
Sin humor.
—Escuché que hay tratamientos.
Marcelo se tensó.
—No empieces.
—Implantes —continué—. Prótesis.
Silencio.
—Para cuando hay… problemas.
Camila abrió los ojos.
Marcelo también.
—No te conviene seguir —advirtió él.
—Dicen que funcionan —añadí—. Que ayudan bastante.
Le moví los billetes frente a la cara.
—Veinte mil pesos deberían alcanzar.
Camila entendió.
Su cara se puso roja.
—Sos una hija de—
—Es un regalo —la interrumpí—. Para ustedes dos.
Miré a Marcelo.
—Así no tenés que seguir mintiendo.
Silencio.
Pesado.
Denso.
—Y capaz —añadí—, podés cumplirle mejor.
Eso fue suficiente.
Marcelo levantó la mano.
Rápido.
Directo.
No lo pensé.
Di un paso atrás.
Tropecé.
El piso se me vino encima.
No caí.
Una mano me sostuvo.
Firme.
Alejandro.
Al mismo tiempo, la otra mano de Marcelo quedó detenida en el aire.
Sujeta.
—No te conviene.
La voz de Alejandro fue baja.
Pero clara.
Marcelo intentó soltarse.
No pudo.
—Soltame.
—No.
Silencio.
—Estás frente a tu abogada —añadió—. Y varios testigos.
Marcelo respiraba fuerte.
—Pegale —murmuró Camila—. Se lo merece.
Él no lo hizo.
No podía.
No ahí.
No así.
Alejandro lo soltó.
Despacio.
—Pensalo mejor.
Marcelo bajó la mano.
Me miró.
Con odio.
Con vergüenza.
Con todo junto.
—Esto no queda así.
—No —respondí—. Recién empieza.
Camila lo tironeó.
—Vámonos.
Esta vez no dudaron.
Se fueron.
Rápido.
Sin mirar atrás.
—¡Y no te olvides! —grité—. Preguntá por los implantes buenos, no seas rata.
Camila se giró.
—¡Estás loca!
Sonreí.
—Ahora sí.
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El silencio volvió.
Pesado.
Pero distinto.
Alejandro me soltó despacio.
—¿Estás bien?
—Sí.
Me acomodé.
—Gracias.
Me miró.
Un segundo de más.
—Lo de los implantes…
No terminó.
—¿Qué?
—¿Cómo sabías?
Solté una risa breve.
—Hace años.
—¿Años?
—Cuando intentábamos tener hijos.
Silencio.
—Buscaba todo —continué—. Clínicas, tratamientos, soluciones…
Me encogí de hombros.
—Me salían artículos.
—¿Y nunca dijiste nada?
—No.
Lo miré.
—Era su orgullo.
Pausa.
—Y yo todavía era su esposa.
Alejandro asintió.
—Ahora ya no.
—Ahora ya no.
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—Vamos —dijo—. Te llevo.
Asentí.
—Tengo que pasar por el banco.
—Después.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque hay algo más urgente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Alejandro dudó un segundo.
Raro en él.
—Tus padres.
Sentí el estómago caer.
—¿Qué pasa con ellos?
—Fueron al hospital.
Silencio.
—¿Qué?
—Probablemente a buscarte.
Apreté los dientes.
—No…
—Sí.
—¿Cómo sabés?
Me miró.
—Porque los estoy vigilando.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Después de saber lo de Benjamín —explicó—, preferí prevenir.
Silencio.
—Hay gente mía ahí.
Tardé un segundo en entender.
Dos.
Tres.
—¿Los médicos?
Asintió.
Y entonces lo recordé.
El día que hicieron escándalo.
Cuando los sacaron.
Cuando intervinieron rápido.
Demasiado rápido.
—Eran tuyos.
—Sí.
Lo miré.
—¿Sin decirme?
—Sí.
Silencio.
Esperó.
—Si te molesta—
—No.
Lo interrumpí.
—Gracias.
De verdad.
Sin ironía.
Sin filtro.
—No sabía cómo manejarlo —añadí—. Ellos… no entienden límites.
Alejandro asintió.
—Lo sé.
—Y Benjamín…
No terminé.
No hacía falta.
—Está protegido.
Exhalé.
Por primera vez en mucho tiempo…
un poco más tranquila.
—Vamos al hospital.
—Vamos.