Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 34
Esa tarde, en las oficinas de Grupo Altamira.
—Adrián, llegó una invitación a cenar del señor Alex. Dice que le encantaría que fueras —le anunció Reynaldo a su mejor amigo.
Adrián no respondió de inmediato. Alex era uno de sus clientes. Pero... recordó que le había pedido a Valentina que cocinara para él. Y eso lo hizo dudar.
—Mmm... no puedo. Tengo que irme a casa ya —contestó con tono neutro.
Reynaldo aprovechó para molestarlo.
—Qué raro verte tan ansioso por llegar a tu casa. Anda, confiesa: lo que quieres es ver a Valentina, ¿verdad?
Adrián se hizo el desentendido.
—No inventes. Solo quiero descansar.
—Pues yo creo que te enamoraste de Valentina —insistió Reynaldo con una sonrisa burlona.
Adrián suspiró.
—No entiendo por qué todo el mundo piensa que me enamoré de ella. Si es la mujer que más me saca de quicio.
Reynaldo arqueó las cejas.
—¿Y quién más te ha dicho eso aparte de mí?
Adrián no contestó. El recuerdo lo llevó de vuelta a aquellos años de preparatoria, a las palabras de Fernanda.
En ese entonces, la Preparatoria Altamira había recibido a una alumna nueva llamada Valentina Buenavista. La chica era tan bonita que un tropel de estudiantes se lanzó a cortejarla.
Unos le dejaban regalos, otros le escribían cartas de amor; los más atrevidos se le declaraban en persona, aunque invariablemente se llevaban un rechazo.
Pero, por desgracia, Valentina lo detestaba. Todo a raíz del incidente de unos días atrás, cuando Adrián le había dado una golpiza a un compañero llamado Arturo. Valentina salió en defensa del muchacho y los dos terminaron enfrascados en una pelea monumental.
Ejem.
Un carraspeo lo arrancó del ensimismamiento. Adrián estaba sentado en la biblioteca, y al levantar la vista se encontró con Fernanda.
—¿Por qué nada más la miras? ¡Ve y háblale! —lo provocó Fernanda al descubrirlo observando a Valentina, que leía un libro al otro lado de la sala.
Adrián se defendió:
—¿Quién la está mirando? Al contrario, todavía estoy furioso. Tuvo el descaro de gritarme delante de todo el mundo.
Fernanda suspiró.
—La verdad es que yo tampoco entiendo por qué le pegaste a Arturo de repente.
Adrián se puso nervioso. Ni él mismo comprendía por qué le había hervido la sangre al escuchar lo que Arturo decía. Arturo estaba platicando con un amigo: "Valentina, la chica nueva, está buenísima. Seguro que está bien rica para comérsela entera."
Fernanda le dio una palmada en el hombro.
—Oye, somos amigos desde hace años. Anda, cuéntame. Estás coladito por ella, ¿verdad?
Adrián lo negó de plano.
—Imposible. Lo único que hace es sacarme de quicio.
Adrián y Fernanda habían sido amigos desde la infancia, porque Fernanda era hija del asistente de su padre. Se conocían desde hacía muchísimo tiempo y habían compartido alegrías y tristezas. El carácter alegre de Fernanda siempre había sido un bálsamo para Adrián.
Cuando Fernanda murió, el padre de Adrián no se quedó de brazos cruzados: contrató un detective privado para que investigara las circunstancias de su muerte. Pero la pesquisa no arrojó nada; todo apuntaba a que lo que le había ocurrido a Fernanda fue un mero accidente.
Por eso, Adrián decidió en secreto encargarse él mismo. Tenía que hacerle justicia a Fernanda.
El recuerdo se disipó y Adrián volvió al presente.
...
Al terminar su jornada, Valentina se apresuró a salir de la oficina como si la persiguieran. Seguramente porque le había prometido a Adrián que le cocinaría.
No le quedaba de otra: estaba en deuda con él. Si no hubiera sido por Adrián, Jimena ya estaría sentada en la silla de CFO. Ahora, Valentina había designado para ese puesto a alguien verdaderamente calificado, seleccionado mediante un proceso riguroso y con un historial impecable.
Sin embargo, su padre entró de pronto a su despacho sin siquiera tocar la puerta.
—¿Papá? ¿A qué viniste? —preguntó Valentina.
Roberto respondió con tono grave:
—Quiero hablarte de Grupo Monaco. Me enteré de que esa empresa está muy interesada en convertirse en el inversionista principal de Grupo Buenavista. Deberías aceptar la propuesta de una vez, Valentina.