Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 15
El perfume a lirios blancos y cera de vela quemada impregnaba cada rincón de la imponente capilla privada de la familia Moretti. Los ventanales góticos de vitrales oscuros apenas dejaban pasar haces de luz cenicienta que cortaban la atmósfera densa del recinto, donde decenas de capos, lugartenientes y figuras influyentes del bajo mundo aguardaban en riguroso silencio. Nadie se atrevía a toser; la tensión era un cable de acero a punto de romperse.
Yo estaba de pie ante el altar mayor, enfundado en un traje de sastre negro hecho a medida en Milán, con la corbata ligeramente desatada al cuello y las manos aferradas al borde de madera tallada del reclinatorio. Mis nudillos estaban blancos por la presión. El sudor frío recorría mis sienes, mezclándose con una rabia sorda y una inquietud que me carcomía las entrañas desde la noche anterior.
Elara.
Su imagen no se apartaba de mi mente. Su mirada de hielo puro, la forma en que me había desafiado en el despacho, las horas que pasamos envueltos en sábanas revueltas entre el odio y una urgencia visceral que rozaba la locura. Ella me había consumido las entrañas hasta el amanecer, susurrándome promesas de destrucción mientras se aferraba a mi espalda con uñas afiladas. Y luego, el vacío. Al despertar, su lado de la cama estaba frío. Su ropa no estaba. Solo quedaba el eco de su respiración y los contratos firmados sobre la madera noble.
El plan original con el consejo era otro, una alianza estratégica con los hombres del norte que exigía la entrega formal de la heredera legítima de los Moretti. En teoría, Mía debía ser la ofrenda, la pieza decorativa y sumisa que sellaría la paz entre los clanes. Pero mi mente estaba hecha trizas. Había jugado con fuego, mezclando la política de la mafia con la obsesión enfermiza que Elara despertaba en cada célula de mi cuerpo.
El acorde solemne del órgano comenzó a resonar bajo las altas bóvedas, marcando el inicio de la marcha nupcial.
El murmullo de los invitados cesó de golpe. Las grandes puertas de roble doble de la entrada principal se abrieron con un chirro lento y ceremonioso.
Contuve la respiración, girando lentamente sobre mis talones con el corazón golpeando salvajemente contra mis costillas, convencido, o más bien aterrorizado, de ver aparecer la silueta elegante y altiva de Elara envuelta en negro, dispuesta a reclamar el trono a la fuerza.
Pero la figura que emergió del umbral no era la de Elara.
Un destello de color rosa pastel y tul barato rompió la penumbra de la nave central.
Parpadeé una vez, dos veces, sintiendo que el suelo se desmoronaba bajo mis zapatos lustrados. No era Elara. Era Mía.
Pero venía hecha un desastre absoluto.
Ya no quedaba nada de la novia radiante y eufórica que había estado brincando en su habitación unas horas antes. Mía avanzaba por la alfombra roja tropezando con los bajos de un vestido secundario de encaje blanco que llevaba manchado de polvo en el dobladillo; el peinado elaborado se le había deshecho a la mitad, dejando mechones lacios pegados a sus mejillas surcadas por gruesas lágrimas y restos de rímel corrido. Venía respirando con dificultad, con los ojos inyectados en sangre y las manos temblando de forma descontrolada mientras se arrancaba un tocado floral de la cabeza y lo arrojaba al suelo.
—¡Marcos! ¡Marcos, Dios mío! —golló Mía con un grito desgarrador que resonó de forma indecorosa bajo los arcos sagrados de la capilla, rompiendo toda la solemnidad del protocolo mafioso.
Los murmullos de asombro y desaprobación estallaron de inmediato entre las bancas de los capos. Don Salvatore, el patriarca de los veteranos, frunció el ceño con furia, apoyando con fuerza el puño sobre su bastón con empuñadura de plata.
Me quedé petrificado en el altar, con los músculos de la mandíbula tensos hasta el límite del dolor. Sentí un frío glacial trepando por mi columna vertebral. Una premonición oscura, pesada y letal me golpeó el pecho.
—Mía... ¿Qué demonios significa esto? —le espeté con una voz ronca, letal y contenida, dando un paso al frente mientras bajaba los escalones del presbiterio—. ¿Dónde está Elara? ¿Por qué vienes vestida así? La ceremonia es para...
Mía llegó tropezando hasta el pie del altar y se arrojó contra mí, aferrándose a las solapas de mi traje negro con tanta fuerza que sus uñas casi me desgarran la tela. Estaba hiperventilando, con el cuerpo sacudido por sollozos histéricos.
—¡Nos traicionó, Marcos! ¡Nos traicionó! —chilló Mía contra mi pecho, escupiendo las palabras entre balbuceos de puro pánico—. ¡Elara! ¡Tu maldita hermana nos vendió a todos! ¡Se fue! ¡Se fue con los hombres de Alejandro!
El nombre retumbó en mis oídos como el impacto de una bala en medio del cráneo.
Alejandro.
—Estás loca... Eso es imposible —le contesté con un hilo de voz helada, apartándola bruscamente de mis brazos con una violencia involuntaria que la hizo tambalearse sobre la alfombra—. Yo mismo firmé los protocolos con el consejo. Las rutas del norte son nuestras. El contrato especificaba...
—¡El contrato fue modificado, imbécil! ¡Ella lo cambió anoche en tu propio despacho mientras tú estabas ocupado acostándote con ella o lo que sea que hicieran en la oscuridad! —aulló Mía perdiendo los últimos jirones de cordura, señalándome con un dedo tembloroso frente a todos los jefes de la organización—. ¡Me robó el vestido negro! ¡Le entregó los códigos bancarios y las escrituras al emisario de Alejandro! ¡Cuando salí al patio trasero, ya se estaba subiendo a su camioneta blindada para ir a casarse con el enemigo y convertirse en la reina del cartel del norte! ¡Nos dejó en la ruina, Marcos! ¡Nos ha destruido a todos!
El silencio que siguió a las palabras de Mía fue absoluto, pesado y sepulcral.
Sentí que la sangre se me retiraba del rostro, dejándome completamente frío. Las piezas del rompecabezas encajaron en mi mente con la brutalidad de un golpe de martillo. Las miradas sutiles de Elara anoche en mi cama, la forma en que rozaba mis dedos mientras firmábamos los papeles, su respiración agitada gimiendo bajo mi cuerpo mientras me arreaba el alma, y su sonrisa de despedida de esta mañana... No era una sumisión. Era el precio de mi propia ejecución firmada por ella misma.
Me había seducido para robarme el imperio. Me había cabalgado hasta dejarme seco mientras me arrancaba el reino de las manos.
—Elara... —murmuré su nombre entre dientes, sintiendo cómo una rabia ciega, primaria y ardiente me quemaba por dentro, fundiéndose de manera perversa con el eco de su piel desnuda contra la mía.
—¡¿Qué vamos a hacer, Marcos?! ¡¿Qué vamos a hacer ahora?! —gimió Mía tirando de mi chaqueta, convertida en un guiñapo de histeria.
Miré a Mía con desprecio absoluto, apartando sus manos de mi ropa con un empujón seco. Después levanté la vista hacia los bancos de la capilla, donde los capos más poderosos de la familia ya comenzaban a levantarse de sus asientos con las manos cerca de las cartucheras de sus armas, comprendiendo que la alianza había volado por los aires.
—Hacer lo único que nos queda, Mía —le respondí con una sonrisa tétrica y desquiciada, sintiendo la adrenalina pura bombeando en mis venas—. Salir a cazar a mi esposa.