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Donde El Amor No Se Rinde

Donde El Amor No Se Rinde

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Romance
Popularitas:451
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.

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— La puerta de oro

El sol apenas asomaba cuando Elían terminó de planchar su única camisa blanca. Era de tela sencilla, un poco gastada en los puños, pero impecable. Se miró en el espejo rajado del baño, sonrió y se dijo en voz baja:

—Hoy lo logramos, papá.

Salió al patio, donde Damián, su padre, ya tenía el desayuno listo. Apenas treinta y cinco años, con el cabello oscuro que le caía sobre la frente, ojos cálidos como miel y una sonrisa que iluminaba hasta el rincón más sombrío de la pequeña casa. Tenía las manos ásperas del trabajo, pero las caricias de ayer en la frente de Elían habían sido suaves como seda.

—¿Nervioso? —preguntó Damián, sirviéndole café con leche.

—Muy feliz y un poco nervioso—respondió Elían, sentándose—. Gracias, pa. Por todo.

—No me agradezcas —acarició su mejilla—. Tú lo conseguiste. Solo con estudio, esfuerzo y bondad. Eso es lo que de verdad vale.

—Tú me enseñaste —dijo Elían, tomándole la mano—. Cuando dejaste la escuela para cuidarme… cuando todos te dieron la espalda… nunca me hiciste sentir solo. Nunca me faltó amor.

Damián bajó la mirada un instante. Por la mente le cruzó la imagen de Valeria, la mujer que los había abandonado diciendo que todo había sido un error, que su destino estaba entre sedas y joyas junto a un hombre de inmensa fortuna. Pero sacudió la cabeza y sonrió de nuevo.

—Eso no importa, hijo. Tú eres mi mayor orgullo.

Elían lo abrazó fuerte. Esa mañana, cruzó las puertas de la Universidad Aurea: la más exclusiva, antigua y poderosa del mundo. Sus muros de mármol, sus jardines perfectos, sus estudiantes con ropa de marcas que costaba más que el sueldo de Damián en un año… todo lo miraba como si él no debiera estar ahí.

Apenas entró al salón, las miradas empezaron.

—Miren quién vino —dijo una voz cortante—. ¿No se perdió la entrada de servicio?

Elían no respondió. Sonrió, buscó un asiento libre y sacó sus cuadernos forrados con cinta adhesiva.

En la primera fila estaban ellos: Kaelo, el chico más popular de la universidad, alto, de cabello dorado y ojos grises que parecían juzgarlo todo, y Vladímir, su mejor amigo desde la infancia: oscuro, misterioso, con una sonrisa desafiante y el aire de quien no necesita pedir permiso. Y entre ambos, Serafina: hermosa, de cabello castaño largo y ojos verdes afilados, siempre perfecta, siempre vigilante.

—¿Viste eso? —susurró Serafina, inclinándose hacia Kaelo—. Lo aceptaron por lástima, seguro.

—Tiene una cara curiosa —murmuró Vladímir, sin apartar la vista de Elían—. Tan sereno…

—Es puro teatro —dijo ella, con voz afilada—. Ya verán.

Los días siguientes fueron una prueba tras otra. Le escondían sus libros, le bloqueaban el paso en los pasillos, los profesores lo miraban con desdén y le ponían pruebas más difíciles que al resto. Pero Elían no se quejaba. Al llegar a casa, abrazaba a su padre y le decía: “Todo va bien, pa”.

Por las tardes, trabajaba lavando platos en un pequeño restaurante del barrio para ayudar con los gastos. Sus manos se llenaban de grietas, pero su corazón seguía entero.

Una tarde, Kaelo lo esperó a la salida.

—Oye tú —le llamó—. ¿Por qué sonríes siempre? No tienes nada que te haga feliz.

Elían lo miró sin rencor.

—Tengo salud, tengo un padre que me adora, tengo la oportunidad de estudiar. Tengo todo.

Kaelo se quedó sin palabras. Algo en esos ojos claros lo desarmaba.

—Eres un ingenuo —murmuró, dándose la vuelta, pero sin irse del todo.

Poco después fue Vladímir quien se le acercó.

—No les hagas caso —le dijo, con tono brusco—. Pero tampoco creas que encajas aquí.

—No busco encajar —respondió Elían, suavemente—. Busco aprender.

Serafina, desde lejos, apretaba los puños. Veía cómo ambos amigos miraban al chico becado con una atención que jamás le habían dedicado a nadie. Y empezó a tejer planes: escondió la tarea de Elían, habló mal de él a otros estudiantes, susurró mentiras a los oídos de ambos. Pero Elían nunca la acusó. Solo seguía adelante.

—Es que no sabe defenderse —decía Kaelo, confundido.

—Es demasiado bueno para este lugar —reconocía Vladímir, y sentía una necesidad extraña de protegerlo.

Ambos empezaron a competir por llamar su atención. Le llevaban regalos que Elían devolvía con educación; le ofrecían ayuda que él rechazaba con una sonrisa.

—No quiero nada que no me haya ganado yo —decía siempre.

—¿No te interesamos en absoluto? —le preguntó Kaelo, una tarde, con voz baja.

—Son buenos chicos, creo —respondió Elían con sinceridad—. Pero no busco pareja. Solo quiero terminar mi carrera y darle a mi padre la vida que merece.

Vladímir apretó la mandíbula.

—Algún día aceptarás.

—No lo creo —sonrió él, y siguió su camino.

1
Brisa Romero
/Proud/
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