Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 31: La noche de la Reina Negra
El Starlight Ballroom de Manhattan no era un salón de eventos; era un mausoleo de mármol y oro donde la alta sociedad del crimen organizado de Nueva York se reunía para lamerse las heridas y sellar pactos de sangre con copas de champagne de mil dólares. El aire estaba espeso, saturado de perfumes caros y del olor metálico e inconfundible del poder. Esta noche, el clan Lucchese celebraba su centenario, y todos los ojos estaban puestos en la gran pantalla del escenario, donde Dimitri, el Pakhan de Rusia, daría un discurso en directo desde San Petersburgo.
Bianca creía que me conocía. Mi padre creía que yo era débil. Y Dimitri... Dimitri creía que yo era una traidora fugitiva. Todos ellos cometieron el mismo error: subestimar a una madre que no tiene nada que perder.
Llegué al evento cuando la orquesta estaba en su apogeo. No entré por la puerta trasera como una sombra; entré por la puerta principal, bajo los flashes de los fotógrafos de la prensa negra de la mafia.
No era la mujer que todos recordaban. No era la "gorda Valente" que se escondía detrás de las columnas. Mi transformación había sido física y espiritual. Llevaba un vestido de seda negra, ajustado como una segunda piel, con un tajo que subía atrevido por mi pierna derecha, revelando una funda de muslo con una daga de mango de obsidiana. Mi cabello, ahora corto y peinado hacia atrás, enmarcaba un rostro frío, esculpido por el dolor y la determinación. Mis ojos, delineados en negro profundo, no buscaban aprobación; exigían sumisión.
A mi lado, impecable en un esmoquin que resaltaba su figura atlética, estaba Mijaíl. Me aferré a su brazo con una posesividad calculada. Mijaíl no era Damián, pero era un Smirnov, y tenerlo a mi lado enviaba un mensaje claro: el clan Smirnov no estaba dividido, y yo no era una prisionera.
El silencio se extendió por el salón como una mancha de aceite. Las copas se detuvieron a mitad de camino, las conversaciones se cortaron y las miradas se clavaron en nosotros. Vi el reconocimiento en los ojos de los viejos capos. Vi el miedo. Vi el respeto nacer en medio de la sorpresa.
—La heredera Valente —susurró un caporegime de los Lucchese, abriéndonos paso.
Caminé hacia el centro del salón con la barbilla en alto, cada paso resonando con la autoridad de una reina que regresa a reclamar su trono. No era un "bastardo", no era una "traidora". Era la sangre de los Valente, la madre del heredero Smirnov, y esta noche, yo era la dueña del juego.
En la pantalla gigante, la imagen de Dimitri se congeló. Pude ver, incluso a través de la conexión satelital, cómo sus ojos color ceniza se abrían con incredulidad. Bianca, a su lado, oculta parcialmente por la sombra, soltó un jadeo que el micrófono captó. Su "paloma blanca" acababa de ver cómo la oveja negra se convertía en una loba.
Todo iba según el plan. Quería demostrar control. Quería que Damián, que estaba apostado en el perímetro de seguridad afuera, viera que no lo necesitaba para reinar. Quería darle celos, quería recordarle que Mijaíl, su propio hermano, estaba dispuesto a escoltarme cuando él me había fallado.
Pero el diablo siempre tiene su propia agenda.
La música se detuvo de golpe. Las puertas laterales del salón se abrieron y Damián entró. No llevaba esmoquin. Llevaba su uniforme de guerra: una camisa negra ajustada, pantalones de combate y esa mirada de asesino que hacía que los hombres se orinaran encima. Pero no venía solo.
Del brazo de Damián, vestida con un vestido rojo sangre que gritaba desafío, estaba Natalia, la hija mayor del clan Genovese, una mujer que siempre había odiado a Alessandra y que había intentado seducir a Damián en el pasado.
Damián cruzó el salón con paso firme, ignorando la pantalla de Dimitri, ignorando las miradas de los capos. Sus ojos estaban fijos en mí, y en la mano que yo tenía sobre el brazo de Mijaíl. Había una furia gélida en su rostro, una rabia que no pude descifrar.
Se detuvo a pocos metros de nosotros, y Natalia, con una sonrisa triunfal, se pegó más a él, acariciándole el pecho con una mano enjoyada.
—Alessandra —dijo Damián, su voz resonando en el salón en silencio, fría como el mármol—. Veo que te diviertes con mi hermano.
El aire se me escapó de los pulmones. El plan de control se desmoronó en un segundo. Ver a Damián con otra, ver cómo ella lo tocaba con esa familiaridad, me provocó un dolor físico en el pecho, un odio que no pude controlar. El rencor que tanto protegía se mezcló con unos celos enfermizos que me quemaron las venas.
—Damián —respondí, mi voz temblando ligeramente, perdiendo la compostura de reina—. Veo que no perdiste el tiempo buscando consuelo en basura barata.
Natalia soltó una risita burlona.
—Cuidado, querida. La heredera Valente puede tener sangre real, pero Natalia Genovese tiene el poder de su clan. Damián sabe dónde está la verdadera fuerza.
Me solté del brazo de Mijaíl y di un paso hacia ellos, ignorando que estábamos frente a toda la mafia de Nueva York, ignorando que Dimitri nos estaba viendo desde Rusia. Los celos me habían convertido en un monstruo más peligroso que Bianca.
—Intentá tocarlo una vez más, Natalia, y te prometo que Dimitri no va a ser el único que envíe cuerpos al río —le advertí, mi mano bajando instintivamente hacia la daga en mi muslo.
Damián dio un paso al frente, poniéndose entre nosotras, su cuerpo enorme bloqueando mi vista de Natalia. Sus ojos negros ardían con una intensidad que me hizo retroceder.
—Basta —sentenció él, su voz vibrando con una autoridad que no admitía réplica—. Estamos en medio de una guerra, no en una telenovela. Alessandra, tenés que controlar tu rabia si querés ser la reina que decís ser. Y Natalia... Natalia solo está acá para asegurar la alianza con los Genovese. Al menos ella no me traiciona con mi propio hermano.
El golpe fue directo. Damián había usado mi plan en mi contra. Había entrado con Natalia para demostrarme que él también tenía opciones, para herirme donde más me dolía. Los celos nos habían atrapado a los dos en una espiral de odio y posesividad que estaba a punto de hacernos explotar frente a todos nuestros enemigos.
En la pantalla, Dimitri finalmente recuperó la voz.
—¡Smirnov! ¡Valente! ¡Basta de este espectáculo grotesco! —rugió desde Rusia—. Mañana, la Bratva decidirá el destino de su familia. Pero sepan que San Petersburgo no olvida la traición... ni la humillación.
Damián y yo nos quedamos mirándonos en medio del salón, rodeados de enemigos, odiándonos y deseándonos con la misma intensidad destructiva. La noche de la Reina Negra había empezado como un triunfo y había terminado como un recordatorio brutal: en el juego de la mafia, el control es una ilusión, y el amor... el amor es la debilidad más mortal de todas.
padre debe pagar por humillarte el querer asesinar te