Novela +18
Dante, un poderoso Alfa y líder de la mafia, entrega su vida para salvar a su amado omega, Kael, durante una sangrienta guerra entre organizaciones criminales.
Sin embargo, la muerte no fue el final.
Al abrir los ojos, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Elizabeth, una joven Alfa universitaria que murió durante el despertar de su poder. Ahora, atrapado en el cuerpo de una mujer, Dante solo tiene un objetivo: recuperar al omega que juró proteger y amar.
Pero todo ha cambiado.
Kael ya no es el omega indefenso del pasado. Ahora es un frío y brillante CEO, marcado por un accidente que lo dejó paralítico. Y, para empeorar las cosas, rechaza rotundamente a Elizabeth, pues asegura que jamás podría enamorarse de una mujer.
Dante no piensa rendirse.
No importa si ahora posee un cuerpo diferente, si el mundo entero está en su contra o si Kael lo odia. Para él, Kael sigue siendo su omega... y jamás permitirá que otro Alfa lo reclame.
Porque, aunque haya renacido como...
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CAPÍTULO 16 — MALDITA
Cuando levantó la vista...
Su expresión quedó completamente inmóvil.
Su mano tembló sobre el apoyabrazos.
—Hija de puta… —gruñó entre dientes.
En el lado izquierdo de su cuello destacaba con claridad una profunda marca de dientes.
La piel alrededor estaba enrojecida e inflamada.
Aquella mordida era inconfundible: el símbolo del vínculo que, según las leyes de su mundo, unía a un alfa y un omega de forma irreversible.
Kael llevó lentamente los dedos hasta la herida.
Apenas la rozó y un escalofrío de placer traicionero recorrió todo su cuerpo.
Retiró la mano como si se hubiera quemado.
Sus ojos descendieron por el reflejo.
Sobre su pecho, sus clavículas, hombros y parte de las costillas se extendían numerosas marcas violáceas. Pequeñas mordidas, hematomas, chupetones oscuros.
Había huellas visibles de dientes en sus pezones y en la piel sensible del interior de sus muslos.
Cada marca era un recuerdo brutal de cómo Elizabeth lo había devorado, lamido y follado con la lengua hasta hacerlo gemir de placer.
Su respiración comenzó a volverse irregular.
—No...
Negó lentamente con la cabeza.
—No... no...
Sus dedos se aferraron con fuerza a la tela de la bata, intentando cubrir inútilmente las marcas.
—Dante...
El nombre escapó de sus labios como una plegaria rota.
Cerró los ojos con fuerza.
Durante diez años había conservado intacto el recuerdo del hombre que había amado.
Había jurado que su marca sería la única.
Que nunca volvería a entregarse a nadie.
Y ahora llevaba encima la mordida de otra persona, el olor de otra persona, el vínculo de otra persona latiendo bajo su piel.
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.
—Lo siento...
Su voz apenas era audible.
—Perdóname...
Apoyó la frente contra el espejo frío.
El vidrio empañado por su respiración le devolvía la imagen de un hombre exhausto, con los ojos enrojecidos, el cuello marcado como propiedad y el cuerpo lleno de evidencias de su rendición.
Permaneció así varios minutos, en silencio.
Mientras una única pregunta no dejaba de repetirse en su mente:
¿Elizabeth... cómo debería matarte?
La puerta se abrió con suavidad.
Elizabeth entró con una bandeja entre las manos.
Sobre ella había un desayuno cuidadosamente preparado, una taza de café aún humeante, un vaso de jugo recién servido y pan tostado con huevitos revueltos.
Su expresión era completamente distinta a la de la noche anterior.
Se veía radiante.
Serena.
Incluso alegre.
Una sonrisa iluminó su rostro al encontrar a Kael despierto.
—Buenos días.
Avanzó hasta la cama con paso tranquilo.
—Te he traído el desayuno. Debes estar agotado.
Kael levantó lentamente la mirada.
Sus ojos rojos estaban inyectados en sangre.
En cuanto la vio, toda la rabia contenida durante la madrugada volvió a estallar.
La observó con un odio tan intenso que parecía capaz de atravesarla.
—Te mataré...
Su voz sonó baja, ronca y cargada de una determinación escalofriante.
—Aunque sea lo último que haga... te mataré, Elizabeth.
Ella no respondió.
Con absoluta calma dejó la bandeja sobre una pequeña mesa junto a la cama.
Después giró lentamente hacia él.
Kael sintió un estremecimiento.
—¿Qué... qué quieres?
Elizabeth siguió avanzando.
Un paso.
Luego otro.
—No te acerques.
Ella continuó caminando sin responder.
Cuando estuvo frente a la silla de ruedas, apoyó lentamente la mano izquierda sobre uno de los apoyabrazos.
Con la otra mano sujetó a Kael por el cuello con firmeza.
No llegó a hacerle daño, pero la fuerza de su agarre dejó claro que podría inmovilizarlo con facilidad.
Los ojos verdes de Elizabeth se clavaron en los suyos.
—Kael...
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Será mejor que cambies tu forma de hablarme.
Kael intentó apartar aquella mano.
Empujó su muñeca.
Intentó zafarse.
Pero era inútil.
Sintió cómo la energía verde de Elizabeth recorría su cuerpo, debilitando poco a poco la fuerza de sus brazos.
La impotencia volvió a invadirlo.
—Y abandona ese pensamiento de querer matarme.
Kael apretó los dientes.
—Jamás...
Elizabeth sostuvo su mirada unos segundos más.
Luego lo soltó.
Kael respiró profundamente, recuperando el aire.
Ella tomó nuevamente la bandeja y la colocó frente a él.
—Come.
Kael levantó la mano con intención de empujarla y arrojar el desayuno al suelo.
Elizabeth lo miró fijamente.
—Si tiras la comida...
Hizo una breve pausa.
—Lo de anoche lo haremos ahora mismo.
No elevó la voz.
Kael comprendió perfectamente a qué se refería.
Su mano quedó inmóvil a medio camino.
La rabia seguía ardiendo dentro de él, pero terminó por bajar lentamente el brazo.
Elizabeth acercó la silla un poco más a la cama.
Después tomó asiento frente a él.
Con toda naturalidad cogió los cubiertos.
—Abre la boca.
Kael giró el rostro.
—No voy a comer.
Elizabeth permaneció unos segundos observándolo.
No insistió.
Simplemente dejó nuevamente la bandeja sobre la cama.
El silencio se instaló entre ambos.
Finalmente habló.
—Kael...
Él no respondió.
—¿Por qué aún no has curado tus piernas?
Kael levantó lentamente la mirada.
Elizabeth continuó con absoluta naturalidad.
—Anoche comprobé que todavía pueden recuperarse.
Hizo una pequeña pausa.
—Deberías ser tratado por Lexon.
Los ojos de Kael se abrieron apenas.
—...
Aquellas palabras lograron sorprenderlo más que cualquier otra cosa.
¿Cómo conoce ese nombre?
Lexon.
El mejor médico del bajo mundo.
Un beta cuya habilidad era considerada casi milagrosa.
Era capaz de tratar lesiones que cualquier otro especialista consideraba incurables.
Pero también era famoso por aceptar muy pocos pacientes.
No cualquiera podía siquiera acercarse a él.
Kael observó fijamente a Elizabeth.
Su voz salió mucho más seria.
—Elizabeth...
Guardó silencio unos segundos.
—Dime quién eres realmente.
Sus ojos no se apartaban de los de ella.
—Deja de actuar.
Elizabeth sonrió con suavidad.
—¿No te lo dije desde el primer día que volvimos a encontrarnos?
Lo miró directamente.
—Soy Dante.
El rostro de Kael se endureció.
—¡Cállate!
Golpeó con fuerza uno de los apoyabrazos de la silla.
—¡No ensucies su memoria!
Elizabeth no dejó de sonreír.
—Realmente soy yo.
Respiró despacio antes de continuar.
—Cuando Iván atravesó mi corazón... morí.
Su mirada se volvió lejana por un instante.
—Después desperté en este cuerpo.
Bajó la vista hacia sus propias manos.
—La dueña de este cuerpo murió durante el despertar de su condición de alfa.
Volvió a mirarlo.
—Y yo desperté aquí.
Kael negó con fuerza.
—¡BASTA!
tampoco así, debe haber una forma de que le diga que es dante sin que no se vuelva loco