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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7

160,000 pesos

—160,000 pesos —repitió él—. Necesitamos hablar de la forma de pago.

Valentina cerró la puerta en su cara.

No fue una decisión madura.

Fue una reacción básica, física, necesaria. Si dejaba al Licenciado Navarro un segundo más en el umbral con su traje gris, su carpeta impecable y esa cifra absurda en la boca, iba a gritar tan fuerte que todo el edificio saldría a mirar.

La cadena golpeó contra la madera.

Canela saltó de la mesa, ofendida.

Del otro lado, el abogado no levantó la voz.

—Señorita Estrada, entiendo que la cantidad pueda parecerle elevada, pero le recomiendo revisar los documentos antes de negarse a recibirlos.

Valentina apoyó la frente en la puerta.

—Maldito Santiago Reyes.

Lo dijo bajo.

Luego lo repitió más fuerte.

—¡Maldito Santiago Reyes!

En el departamento de al lado, alguien bajó el volumen de la televisión. Excelente. Público involuntario para su ruina.

El timbre volvió a sonar.

—No me voy a ir —dijo Navarro desde afuera—. Y, por experiencia profesional, le conviene que esta conversación ocurra aquí y no en un juzgado.

Valentina abrió los ojos.

Juzgado.

La palabra le enfrió la nuca.

Respiró una vez, se apartó la cadena de la palma marcada y abrió la puerta dejando la cadena puesta.

—Tiene cinco minutos.

—Necesito que quite la cadena para entregarle la notificación.

—Me gustan las cadenas. Me dan paz.

Navarro miró la cadena, luego su rostro pálido, la venda visible bajo el pantalón y la gata mirando desde la mesa como si también evaluara demandarlo.

—Como prefiera.

Deslizó por la rendija una copia doblada de la carta y una memoria USB sellada en una bolsa transparente.

Valentina tomó los documentos sin invitarlo a pasar.

La primera hoja tenía el membrete de un despacho de abogados. El nombre de Santiago Reyes aparecía como propietario del vehículo. Debajo, una lista de daños: defensa frontal, sensor de proximidad, pintura, calibración de cámaras, revisión de chasis, gastos administrativos.

Cada línea parecía escrita para humillarla con elegancia.

—¿Ciento sesenta mil por un golpe? —preguntó.

—Por un golpe deliberado contra un vehículo de alta gama, sí.

—Yo también soy de alta gama y nadie me pagó calibración de rodilla.

Navarro no sonrió.

—El señor Reyes cubrió sus gastos médicos.

—Porque su coche me atropelló.

—Porque usted se lanzó contra su coche.

Valentina apretó los papeles.

—¿Le pagan extra por repetir eso?

—Me pagan por presentar hechos.

—Qué trabajo tan triste.

—A veces.

Esa respuesta, tan seca, la descolocó. No era un adulador de ricos. Era peor: un profesional que sabía exactamente qué tan hundida estaba ella.

Valentina miró la memoria USB.

—¿Qué hay ahí?

—El video completo del dashcam. Se ve la calle, la cámara municipal apagada, su posición en la banqueta y el momento en que corre hacia el vehículo.

La vergüenza le subió a la cara.

No por haberlo hecho.

Por haberlo hecho mal.

—¿Santiago lo vio?

Navarro tardó medio segundo de más en contestar.

—Sí.

Ese sí pesó más que los 160,000.

Valentina imaginó a Santiago mirando la pantalla, viéndola correr hacia su auto como una desesperada. Viéndola calcular la esquina sin cámaras. Viéndola caer. Viéndola convertida en prueba.

El estómago se le revolvió.

—Entonces ya tuvo su entretenimiento.

—No creo que el señor Reyes lo haya encontrado entretenido.

—¿Ah, no? ¿Y por eso manda a su abogado a cobrarme un coche que vale más que mi edificio?

—Lo envía para establecer responsabilidad civil.

—Qué frase tan bonita para decir venganza.

Navarro respiró por la nariz. Paciencia entrenada.

—Señorita Estrada, el documento no exige pago inmediato total. Podemos discutir un convenio.

Valentina soltó una carcajada.

—¿Un convenio?

—Pagos mensuales.

—Perfecto. Mil pesos al mes.

—Esa cantidad no sería aceptable.

—Para mí sí.

—Tardaría más de trece años en cubrir el principal, sin contar actualización ni intereses.

Trece años.

Valentina bajó la vista a sus manos.

Trece años pagando un auto que había tocado durante un segundo. Trece años de transferir cada mes dinero que podría comprar medicamentos para Isabel, croquetas para Canela, zapatos que no le abrieran la piel. Trece años atada a Santiago Reyes por una deuda nacida de la noche más humillante de su vida.

Hizo la cuenta de todos modos, porque el pánico era menos peligroso cuando se convertía en números. Mil pesos al mes eran doce mil al año. Ciento sesenta mil eran trece años y cuatro meses, siempre y cuando no comiera, no enfermara, no perdiera el empleo y la clínica de su madre no subiera un solo peso.

La renta vencía el día cinco. El transporte al hotel se comía casi quinientos por semana. La comida de Canela parecía poca hasta que se terminaba el costal. Los analgésicos que el médico acababa de recetarle ya eran un gasto que no podía hacer.

Trece años y cuatro meses.

Para entonces tendría más de cuarenta.

Isabel quizá ni siquiera...

No terminó el pensamiento.

Si lo terminaba, se iba a quebrar delante de un abogado que solo esperaba una firma.

Se le secó la boca.

No podía pagar 160,000.

No podía ir a juicio.

No podía dejar que la clínica volviera a llamar.

Y, sobre todo, no podía permitir que Santiago moviera piezas desde un despacho mientras ella recibía golpes en su puerta como una deudora cualquiera.

—Quiero verlo.

Navarro acomodó la carpeta bajo el brazo.

—Eso no forma parte de este procedimiento.

—Me importa un carajo su procedimiento.

El abogado levantó una ceja.

Valentina respiró, tragándose el resto de la grosería. Su madre le habría dado un golpe suave en la nuca por hablar así en la puerta de casa.

—Disculpe. —La palabra salió dura—. Pero no voy a negociar con una carpeta.

—El señor Reyes delegó este asunto en mi despacho.

—Pues desdeléguelo de regreso.

—No funciona así.

—Entonces hágalo funcionar.

Navarro la estudió con más atención. Tal vez vio la venda. Tal vez los ojos rojos. Tal vez la misma terquedad que había visto en videos de gente que no sabía perder aunque ya estuviera en el suelo.

—Puedo transmitirle su solicitud.

—No.

—Señorita Estrada...

Valentina quitó la cadena de la puerta.

El sonido metálico fue pequeño, pero en el pasillo pareció un disparo.

Abrió por completo.

—No quiero que le transmita nada. Quiero verlo cara a cara.

Navarro dio un paso atrás, no por miedo, sino para recuperar distancia profesional.

—No puedo llevarla con él sin autorización.

—Entonces llámelo.

—A esta hora...

—Llámelo.

Navarro la miró en silencio.

Valentina dio un paso hacia el pasillo, cojeando, con la carta de cobro arrugada en una mano y la memoria USB en la otra.

—Licenciado Navarro, usted vino a mi casa a decirme que le debo trece años de mi vida por un coche. Ahora va a ayudarme a decirle a su cliente que no soy una cifra en una hoja.

—Eso no garantiza que quiera recibirla.

Valentina sonrió sin alegría.

—Entonces que me lo diga a la cara.

El abogado sacó su celular, pero todavía no marcó.

—Piénselo bien. Verlo ahora podría empeorar su posición.

—Mi posición ya está en el piso.

Y ahí, con el dolor de la rodilla latiéndole y el orgullo sosteniéndola más que los huesos, Valentina levantó la voz:

—¡Quiero verlo! ¡Lléveme con él!

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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