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La Épica De Los Antiguos

La Épica De Los Antiguos

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Fantasía épica / Mitos y leyendas / Acción
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: Bastian Silva

El mundo cuenta con civilizaciones que se han perdido por el paso del tiempo; continentes y reinos enteros fueron sumergidos por el agua , la lava , la arena y el hielo , y solo se tiene registro de las culturas y civilizaciones actuales porque quedaron infraestructuras y relatos de manera interna y externa de ellas.
Pero ¿qué pasaría si antes de que la humanidad surgiera ,existía una especie con poderes sobrenaturales cuyas culturas se asemejaban a las humanas, pero miles o, a veces, hasta millones de años atrás, y por eso no se tenía registro de que existieron «los antiguos»?
Kevin es un antiguo que despertó en la era actual y que deberá descubrir su pasado e identidad en medio de un conflicto entre un culto oscuro y la humanidad y Kevin deberá decidir en qué bando peleará

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Gondwana parte 1: la tierra roja eterna

Hace 200 millones de años, el supercontinente Pangea ya estaba dividido en dos partes; la primera era llamada Laurasia y se encontraba en el polo norte; el mar de Tethys casi lo separaba de su hermano sureño, el continente Gondwana. Este último seguía fragmentándose entre África y Suramérica, separada de la Antártida y Australia, que a su vez estaban fusionadas aún, a excepción de la India.

El clima es caluroso y seco en el interior de ambos supercontinentes, ya que el mar no podía regular muy bien la temperatura. Las mejores zonas para vivir eran los bordes costeros, ya que el centro del continente era casi desierto y casi no llovía. En el borde costero sur de Australia y Antártida se formó una civilización próspera; en sus inicios batallaban para no ser devorados por las criaturas o por el drástico cambio de clima que ocurría con cada estación.

Se llamaba la Tierra Roja Eterna y sus ciudadanos eran nombrados kokkinos o rojos en idioma griego, ya que su lengua es similar a la griega. Dominaron todo el subcontinente antártico-australiano a través de los años; diversas ciudades fueron levantadas alrededor y en una de ellas vivía un muchacho rubio de ojos azules y rasgados como de reptil; tenía un grupo de escamas color marrón cruzando su frente, su cabello era alargado, llegándole hasta el cuello, y su contextura física casi no sobresalía.

El joven vestía una túnica blanca que le llegaba hasta las rodillas y, sobre esta, una clámide negra que le cubría el hombro derecho. También usaba sandalias, cargaba en su espalda un saco de café y un escudo redondo hecho de escamas de un arcosaurio. Se encontraba acompañado de otras seis personas caminando por la jungla.

Una joven un par de centímetros más alta que él estaba a su lado. La chica tenía los ojos de color verde oliva, con el iris rasgado como todos los antiguos; un par de escamas verdes se posaban en el costado derecho de la frente y otro grupo de escamas cubría levemente la mandíbula inferior izquierda. La nariz era recta, sus orejas eran puntiagudas y un poco alargadas, el color de su cabello era rubio ceniza y el tono de su piel era casi bronceada; su contextura física era del promedio para su estatura de 1.79 metros.

La muchacha se llamaba Dysis y era la hermana del adolescente. Vestía un peplo calipso, un cinturón de bronce que cubría todo el abdomen, detallado con escamas metálicas que colgaban hasta la cadera de la muchacha; un collar de piedras marinas adornaba su cuello, una máscara de bronce cubría su rostro y llevaba brazaletes de bronce en ambas muñecas.

—¿Podrías dejar de ser tan inseguro? Casi haces que fracasara la cacería de papá —preguntó su hermana, molesta, mientras le daba un coscorrón en la frente y, entre tanto jadeo, logró zafarse de ella.

—No metas mucho ruido, estúpida, ellos podrían estar en cualquier parte —dijo el joven llamado Aenias, que miraba nerviosamente a su alrededor.

—No lo están, hace mucho que los perdimos, ¿verdad, papá? —dijo Dysis mirando a un hombre envuelto en túnicas negras y que incluso ocultaba su rostro bajo un sombrero negro.

—Los dos hacen demasiado escándalo, pueden pelear lo que quieran cuando lleguemos al refugio —dijo el hombre con autoridad severa.

El hombre montaba un protosaurópodo llamado Riojasaurus. El animal tenía un cuello alargado y estaba parado en dos patas. También llevaba una montura en el lomo, al igual que placas metálicas semejando una armadura que recubría su cuerpo de dos metros y medio de alto; el animal cargaba varios sacos que colgaban de su lomo y que contenían carne de Mussaurus.

—Yo solo decía la verdad. De no ser por él, todos estaríamos juntos —dijo Dysis—. Es imposible que alguien de 160 años sea así de miedoso e infantil.

—No creas que no siento vergüenza por él; aun así, es mi único hijo. Me hice la promesa de cuidar de ambos y en el caso de que yo me vaya con nuestros ancestros, tú debes cuidar de él; eres la mayor, después de todo —dijo Corban, que así se llamaba su padre.

—Ya dejen sus peleas fraternales, tenemos bastante carne que puede atraer a las bestias —dijo un hombre poniéndose a la par de Corban. Este tipo tenía el cabello largo, sobresaliendo del casco de bronce con máscara que le cubría el rostro—. Aún nos queda un largo camino hacia Pelagia; solo espero que el resto de la gente aguante.

—Somos dos, Owen, pero si solo uno se queda atrás, no podemos quedarnos solo por ese uno; no permitamos que más mueran —dijo Corban.

—¿Qué hay de Aenias? —preguntó Owen, refiriéndose al joven rubio.

—Eso depende de él —respondió Corban molesto. El grupo siguió caminando por la selva, llena de árboles enormes y helechos. Veían pasar manadas de pequeños Pissanosaurus que corrían asustados de ellos; a Aenias le llamaban bastante la atención estas criaturas, pero como no podía distraerse ni distraer a los demás, simplemente emitió una leve sonrisa del costado derecho.

Seguían viajando en el mismo paisaje cálido, ya por ocho horas, hasta que llegaron a un terreno montañoso, que iba escalando según la altura. La más baja, que era donde se encontraban, estaba a doscientos metros sobre el nivel del mar. El segundo nivel montañoso se encontraba a otros ciento cincuenta metros más arriba y tenía una apariencia rugosa, llena de cavernas. El olor a sangre inundaba el aire.

Había cientos de cadáveres en el suelo, esparcidos fuera de la cueva. Todos y cada uno de ellos tenía la expresión de terror y dolor que marcó sus últimos momentos; Aenias se puso pálido al ver a su pueblo masacrado, pero su hermana y el resto del grupo se pusieron rojos de la ira. Frente a ellos se encontraba un pelotón enemigo capturando al resto de los sobrevivientes, que en total no eran más de treinta. Los hombres medían casi dos metros de alto, usaban pantalones negros y anchos, botas metálicas que llegaban hasta la rodilla, un peto de escamas de sarcosaurio y una capucha negra que cubría sus rostros. Algunos vestían una playera de manga larga y negra bajo el peto. Se encontraban casi encorvados y usaban unas espadas curvadas similares a los sables actuales; uno de ellos tenía la cara descubierta y su rostro era el de un anfibio con la cara alargada y aplanada, con los ojos pequeños de una rana.

—¡Oh!, veo que hay muchos más, captúrenlos, el rey estará complacido con más esclavos para las minas de sal —dijo el anfibio con la capucha abajo. Su voz era gangosa y gruesa.

—¡Ustedes, malditos! —gritó Owen en estado de cólera, corriendo contra sus enemigos y cubriéndose con su escudo redondo mientras apuñalaba con su espada a algunos monstruos hasta matarlos. A otros los decapitaba o les partía a la mitad con facilidad; sin embargo, los anfibios rodearon al hombre con sus escudos redondos para finalmente matarlo entre todos.

—¡Owen! —gritó Dysis con una mezcla de ira y tristeza por la muerte del mejor amigo de Corban, pues esta le quería como a un tío, emanando electricidad de sus manos y lanzándosela a los monstruos, que caían tiesos.

—Peleen, no importa por qué —rugió Corban emanando electricidad en todo el cuerpo. Formando una espada y un escudo hechos de rayos, saltó de su dinosaurio acompañado del resto de su equipo. Los demás se juntaron, siendo ahora solo cinco contra ochenta hombres rana, para vengar la muerte de su compañero y las de su gente.

—Esto es un maldito suicidio —dijo Aenias para sí mismo. Cubriendo su cuerpo con arena, formó un casco con aleta en la parte superior similar a un casco espartano.

—Ríndanse o morirán aquí mismo —dijo el mismo anfibio. Su nombre era Gnarl y era jefe de pelotón; miró a los hijos de Corban sonriendo con malicia. —¡Oooh!, a ustedes dos los recuerdo muy bien, niños, es una verdadera lástima que la vida nos juntara nuevamente.

—¡Bastardo! —gritó Dysis, enfurecida aún más. Aenias dejó salir un par de lágrimas, recordando al ser frente a él.

Corban corrió contra sus enemigos, golpeándolos con su escudo para posteriormente rematarlos con su espada eléctrica en el suelo. Se cubría y atacaba a los monstruos sin piedad, cortándoles las piernas, degollándolos rápidamente, electrocutando a tres de un golpe eléctrico. Su hija lo imitaba y era más veloz utilizando los rayos como impulso. Les aturdía con su escudo al golpearles en la cara y luego les atravesaba el abdomen con su arma mágica.

Los otros tres usaban el elemento fuego e hielo, respectivamente. También lucharon quemando a sus adversarios o congelándolos, pero Gnarl, molesto al ver cómo sus hombres caían en combate, formó sus manos en lodo y tocó la tierra con ellas; el barro emergió de la tierra y les agarró de los pies, terminando por aplastarlos contra los árboles hasta que murieron. Aenias saltó por detrás de Gnarl, ya que usó su elemento para un ataque sorpresa, pero Gnarl lo detuvo con una muralla de lodo que atrapó al joven.

—Creo que nos subestimaron de nuevo —dijo Gnarl mandando a volar a Aenias contra un árbol y dejándole inconsciente.

—AENIAS —gritó Corban furioso, impulsándose con la electricidad, pero Gnarl bañó a los únicos dos sobrevivientes en lodo, haciendo que fuera difícil usar su elemento. Dos anfibios les lanzaron collares mágicos que siempre impactaban en el cuello de la víctima.

—Ya ríndete, Corban de la lanza relámpago, esos collares impiden que uses tus poderes y ya no quedan más kokkinos —dijo Gnarl, acercándose a ambos para dejarlos inconscientes al golpearles en la cabeza. Después miró al resto de civiles—: Escuchen, YO no tolero este tipo de sandeces, mucho menos mi rey. Su especie rompió el tratado hace años, por eso están donde están; les prometo que si no se alzan en armas en nuestra contra, no sufrirán más daño.

Aenias despertó una hora más tarde. Un grupo de trece anfibios se quedó para enterrar a sus muertos y también a todos los civiles por orden de Gnarl, que aún no podía llorar, al menos hasta que se fueran. Notó que entre los cadáveres no se encontraban su padre ni su hermana, así que aún había esperanza de que no toda su familia estuviera muerta; hace seis días su ciudad-estado fue atacada. «No puede ser más trágica su situación», pensó.

Kokkinia o la tierra roja eterna era una ciudad-estado bastante próspera; se encontraba a un día de la costa y a una semana de la ciudad-estado de Pelagia, que era una ciudad costera. Kokkinia estaba amurallada con mármol y estas paredes estaban recubiertas con sellos mágicos para no ser afectadas por ataques elementales; las calles estaban adornadas con adoquín, las casas estaban hechas de mármol también y los techos eran de teja roja. La gente caminaba todo el día en la calle principal, pues si caminabas al norte, te guiaba al castillo del rey; en el este se encontraban todas las casas pertenecientes a la nobleza; en el oeste se encontraba el mercado y al sur vivía el resto de las personas. El centro de la calle era una plaza donde se hacían actuaciones o, a veces, un emisario juntaba al pueblo para decretar las órdenes del rey.

—Te digo que Aenias lo arruina todo, ni siquiera sabe cocinar algo, apenas si es un escudero del guardia del templo y aun así la caga —dijo Dysis, molesta al ver que su hermano no la ayudaba a preparar la comida.

—Ya déjalo —dijo su madre, llamada Diana. Tenía el cabello castaño y largo, era esbelta y sus ojos eran color verde oliva. Un par de escamas color verde cruzaba su mandíbula inferior derecha; tenía la nariz respingada y las orejas bastante alargadas, ya que ella no pertenecía a la ciudad-estado de Kokkinia, sino a Petra. Usaba un peplo blanco.

—No, ya tiene 160 y todo porque lo malcriaron ambos. Yo he tenido que entrenar desde pequeña en duras condiciones para proteger a la princesa y él apenas es escudero, ¿no te da vergüenza? —preguntó Dysis—. Soy más digna que él de ser llamada la hija de Corban, el de la lanza relámpago.

—Algún día tendrá que cambiar; recuerda que, siendo un bebé, logró sobrevivir a la prueba e incluso se veía bastante sano —respondió Diana.

—Ya déjame en paz, siempre me estás pisoteando —dijo Aenias—. Ojalá hubiera sido huérfano.

—¡Hey! —gritó su madre, dándole un golpe en la cabeza.

—Entonces cambia y dale honor siquiera a tu nombre; por tu culpa tu jefe perdió un brazo, nadie es tan estúpido como para no poner bien una jodida espada en el estante —dijo Dysis—. Todo por ser un miedoso nervioso.

—Dejen de pelear ambos. Aenias, la vida es bastante cruel, no puedes tomarte todo con miedo; allí afuera toca pelear. Tu padre está peleando por nosotros; espero que comprendas lo que estoy tratando de decirte —dijo Diana.

—No lo trates como un bebé, por eso es tan marica —dijo Dysis mientras cortaba los vegetales para la comida.

—YA me cansé, saldré un rato; NO soy un cobarde —dijo Aenias abriendo la puerta para salir corriendo, pues siempre peleaba con Dysis, ya que ella no lo consideraba un hombre y también hablaba mal de él a sus espaldas con sus amigas y su prometido, y esto lo sabía Aenias. Le dolía bastante que su hermana y padres lo dejaran mal frente a una sociedad en la que solo unos pocos podían usar sus poderes legalmente y él era el más débil, tanto mental como física y emocionalmente, lo que provocó que casi nadie lo quisiera ni tampoco tuviera amigos por su falta de valor.

Mientras tanto, en la puerta principal se encontraba el pelotón de guardia. Un joven de cabello negro y escamas rojas en su torso era el segundo al mando; sus ojos eran de un color rojo, piel bronceada, tenía la contextura musculosa digna de cualquier militar, usaba su casco de bronce y un peto del mismo metal.

—Así que le pedirás la mano de Dysis a Corban cuando regrese, ¿eh? —dijo el jefe de escuadrón al joven de cabello negro—. Me imagino los hijos que ustedes tendrán; sin duda serán de temer.

—Es una mujer que vale la pena —contestó Ajax, que así se llamaba el joven.

—Ojalá no te rompa un brazo, no queremos ver a nuestro compañero ser maltratado. Cuando las mujeres están en sus días son como un sarcosaurio cuando tiene hambre, ¡jajá! —dijo otro soldado. —O que su suegro le rompa ambos —agregó un tercero.

—Imagina que Ajax no apunte bien a la hora de la verdad —dijo el jefe de escuadrón, provocando diversas risas, pero el joven de cabello negro se puso rojo de la vergüenza.

—¡Hey!, estoy bien, la verdad —añadió Ajax, molesto e intentando calmar las risas de sus compañeros—. Ni que fuera como su herm... ma... ma... mano de nervioso.

—Lo ideal es ganarte a tus suegros y lo mejor es que ya lo hiciste. Te conocen desde hace bastante —dijo el jefe.

—Sí, lo sé —contestó Ajax—. Solo quiero hacerla feliz.

—¡Ooooh!, se nos puso sentimental —dijo un soldado.

—Cásate conmigo mejor —dijo otro a modo de burla, pero en esos mismos instantes escucharon el sonido de una trompeta de guerra. Eran los anfibios, dispuestos a invadir Kokkinia. Cientos de miles de hombres anfibios se acercaron hasta muy cerca de la ciudad-estado.

—¡Carajo, toquen la señal! Ajax, quédate arriba al mando, yo me encargo de ir al frente —ordenó el jefe bajando por las escaleras del muro acompañado de otros tres. Ajax tocó el cuerno en señal de alarma; su jefe de escuadrón ordenó cerrar las compuertas principales hasta que se juntara una gran cantidad de soldados. Los trescientos cincuenta que allí estaban salieron al exterior en orden de una falange perfecta.

—Prepárense para lanzar sus ataques a distancia —ordenó Ajax, generando fuego de sus manos. El resto de sus hombres hizo lo mismo con sus propios poderes. Solo tenían que esperar a que se acercaran más. El joven dejó ir su carga de fuego contra los anfibios, que llegaron a embestir contra los soldados de afuera. El resto de los guardias hicieron lo mismo, liberando sus elementos, que terminaban por matar a los monstruos. La falange también era efectiva contra estos seres que, a pesar de dominar los elementos, no lograban hacerle daño alguno a los kokkinos. Uno a uno iban cayendo mientras la infantería de la ciudad iba avanzando contra el enorme ejército de miles de hombres rana.

—¡Nosotros somos la verdadera defensa de la ciudad! —gritó el jefe mientras le ensartaba su lanza en la garganta a un enemigo. Todo el escuadrón gritó al unísono: «Molon labe» al momento de rematar a sus adversarios, que caían como moscas, pero aun así no paraban de atacar a los antiguos.

—¿Cuántos muertos van de nuestras tropas? —preguntó un hombre rana bastante gordo a su visir.

—Ya van más de 1500, señor, en menos de media hora. Para el anochecer estaremos todos muertos —dijo el visir.

—Envíen el escuadrón de Gnarl —dijo el general—. Es hora de sacar nuestra carta de debajo de la manga.

Una enorme roca salió disparada contra el castillo, destrozándolo por la fuerza y velocidad a la que iba. Los escombros saltaron al resto de la ciudad, impactando en casas, aplastando personas y el templo, que era a donde se dirigía Aenias. La gente estaba en shock y comenzó a correr despavorida cuando otras cuatro rocas enormes cayeron dentro de la ciudad. Todos se empujaban para escapar.

—¿Pero qué? —preguntó Ajax, tenso por la nueva amenaza—. ¡El rey, el rey está muerto! —gritó presa del pánico, aún sin saber qué hacer.

El suelo se rompió con furia y emergieron unos enormes seres hechos de roca magnetizada a base de magia. Eran seis gólems. Uno de ellos dio un puñetazo al grupo de kokkinos, matando a varios en el acto y mandando a volar a algunos, mientras que otros se volvieron una masa viscosa carmesí. La falange se deshizo y los soldados intentaron defenderse como podían, pero nada fue efectivo contra el gigante de piedra, que acabó por patear al resto. Sus cuerpos quedaron impregnados contra la muralla blanca, manchándola de sangre.

El resto de los golems se dedicaron a atacar las murallas, matando a los guardias de arriba. Los escombros de las murallas también dañaban al grupo de Ajax. Uno de ellos le dio un puñetazo directo a la posición del joven, quien, a pesar de intentar escapar, el golpe le aplastó igualmente. Los seres terminaron por derrumbar las murallas, provocando que el ejército enemigo entrara en la ciudad, asesinando a los civiles sin piedad. Los soldados que quedaban dentro de la ciudad no lograron defenderla, ya que una roca lanzada por un golem los molió.

—¡Aenias! —gritó Dysis entre la multitud, tratando de encontrar a su hermano con la ayuda de su madre, hasta que le vio por fin intentando defenderse de las legiones de anfibios que salieron de las rocas. Aunque estaba nervioso, logró llenarles los pulmones de arena.

—El norte de la ciudad, hay que correr allá —dijo Aenias cuando se juntó con su familia.

—¡Nadie va al puto norte, mocoso! —gritó Gnarl mientras degollaba a un civil frente a él, lo que provocó que Aenias se pusiera pálido y no reaccionara, ya que la sangre tocó su cara.

—¡Hermano! —gritó Dysis lanzando un rayo al pecho de Gnarl. Sin embargo, este contuvo el ataque al crear lodo. El hombre sapo le lanzó una bola de lodo a la muchacha, enviándola varios metros lejos de él, y se dirigió al adolescente para apuñalarle, pero un montón de arena le retuvo el brazo. Era la arena de Diana.

La mujer lo arrastró por el suelo sin parar; también lo elevó contra el aire para impactarlo contra el suelo, rompiéndole el brazo y varios huesos, pero el anfibio generó más lodo a partir de la arena de Diana, quebrándole el brazo izquierdo al envolverlo en barro. La mujer gritó de dolor. Aenias recobró el sentido y corrió para ayudar a su madre, envolviendo el cuello de su enemigo e intentando rompérselo. Gnarl volvió a usar el mismo truco que usó con la mamá del adolescente, presionando su torso contra una casa y arrojándolo hacia su hermana, quedando atontado; Dysis se reincorporó lanzándole más rayos, pero no logró ningún efecto sobre su enemigo.

—¡Aenias, levántate y pelea! —gritó su hermana lanzando su escudo contra la garganta de Gnarl, pero este se cubrió con el barro.

—¡Ya me cansé, mocosa! —gritó Gnarl manipulando el barro para golpear a la chica varias veces. Diana intentaba zafarse del hombre, pero le era imposible e incluso se aprovechó de su arena para generar más barro. Miró a la mujer con odio y luego a sus hijos—. ¡Oh!, si eso quieren tus retoños, les daré una verdadera lección. —Con el barro azotó a la mujer contra el suelo y, usando su brazo bueno, la apuñaló varias veces en el tórax hasta que dejó de gritar del dolor. Realmente disfrutaba al hacerlo.

Diana hizo un último esfuerzo, creando arena con la que empujó a Dysis, dándole a entender que tenía que escapar, pero Dysis no quería dejarla morir así. Comprendió que Gnarl era más poderoso que ella y no podría ganarle, mientras Gnarl reía dando enormes carcajadas al dejar el cuerpo de Diana.

Caminó lentamente hacia Dysis, pero un par de soldados antiguos intentaron defenderla, aunque fueron asesinados, partidos por la mitad por la espada del hombre rana café. Esto le dio una oportunidad a la joven para intentar despertar a su hermano menor, logrando sacarlo del shock por un instante.

—¡Mamááá! —gritó Dysis por el sufrimiento que le causó ver a su madre ser asesinada sin que ninguno de los tres pudiera hacer algo. Ambos adolescentes lloraban y gritaban desconsoladamente por su pérdida, pero ambos sabían que no podrían vencerle, así que la mayor tomó a Aenias y corrió usando la electricidad para no ser atrapados. Lograron salir de la ciudad mientras seguían llorando—. ¿Por qué no hiciste nada, jodido imbécil? —gritaba su hermana sacudiendo al joven con fuerza, quien lloraba desconsoladamente mientras cientos de civiles los envolvían al correr despavoridos. Ambos vieron cómo su hogar era destruido por los hombres rana, así que decidieron correr junto a la gente para escapar de la muerte.

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