NovelToon NovelToon
Nica Y Los Cinco Destinos

Nica Y Los Cinco Destinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / CEO
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Ocampo

Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.

NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: El hombre que aprendió a esperar

El enorme reloj de la Mansión Shervian marcó las ocho de la noche.

El silencio reinaba en cada uno de los largos pasillos de mármol.

Adrián Shervian caminaba con paso firme hacia el despacho principal.

Había pasado varios días fuera del país cerrando una importante negociación en Europa.

Sin embargo, apenas regresó, recibió un único mensaje de su abuelo.

"Volvé. Es urgente."

Cuando abrió la puerta del despacho, encontró a Augusto Shervian de pie frente a la chimenea.

A pesar de sus años, su presencia seguía imponiendo respeto.

No levantó la vista de inmediato.

Solo habló.

—Llegaste.

—Sí, abuelo.

Augusto cerró lentamente un viejo libro que descansaba sobre el escritorio.

—Hace mucho tiempo que esperaba esta conversación.

Adrián permaneció en silencio.

Conocía demasiado bien a su abuelo.

Nunca decía más palabras de las necesarias.

—¿Ian ya la encontró?

Augusto asintió.

—Hace varias semanas.

Adrián respiró profundamente.

No parecía sorprendido.

Solo... pensativo.

—¿Cómo está ella?

Augusto caminó hasta el escritorio.

Abrió una carpeta de cuero negro.

Dentro había varias fotografías.

Las fue colocando una por una sobre la mesa.

En la primera, Nica sonreía mientras servía café.

En otra, caminaba junto al mar.

En una tercera, reía intentando hacer rebotar una piedra sobre el agua.

Adrián observó cada imagen con calma.

No había obsesión en su mirada.

Había alivio.

—Sonríe...

Murmuró.

Augusto lo observó atentamente.

—¿Eso te molesta?

Adrián negó lentamente.

—No.

Era exactamente lo que esperaba.

Durante años imaginó ese momento.

Siempre deseó que, donde estuviera, pudiera encontrar la felicidad que nunca tuvo.

Augusto cruzó los brazos.

—Entonces... ¿por qué todavía no fuiste a verla?

Adrián tardó varios segundos en responder.

—Porque todavía no tiene motivos para confiar en mí.

El anciano sonrió con orgullo.

—Te parecés cada vez más a tu padre.

—Eso espero.

—No.

Respondió Augusto con serenidad.

—Él también confundió el silencio con paciencia.

Y terminó perdiendo demasiado.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre los dos.

Mientras tanto...

En Puerto Azul, Nica despertó con una sensación distinta.

La carta de Elena seguía sobre la mesa de luz.

La había leído tres veces antes de dormir.

Y cada vez encontraba un significado diferente.

Se preparó para ir al café.

Antes de salir, tomó la pequeña planta de lavanda.

Había aparecido un diminuto brote violeta.

Sonrió.

—Marta tenía razón...

Las cosas lindas necesitan tiempo.

Guardó la maceta junto a la ventana y salió.

El Café del Puerto estaba más concurrido que de costumbre.

La noticia de la próxima cena solidaria había movilizado a todo el pueblo.

Había cajas con donaciones por todas partes.

Nica apenas tuvo tiempo de saludar.

—¡Buenos días!

—¡Buen día, Nica!

Don Ernesto levantó una bolsa llena de alimentos.

—Traje mi aporte.

Ella sonrió emocionada.

—Gracias.

Cada gesto de aquella comunidad la hacía sentir más parte del lugar.

Mientras acomodaba unas cajas, la campanita de la puerta sonó.

Ian entró con una caja de herramientas sobre el hombro.

—¿Necesitan ayuda?

Marta apareció enseguida.

—Justo a tiempo.

Las mesas del patio están flojas.

Ian dejó la caja en el suelo.

—Entonces manos a la obra.

Nica lo observó trabajar.

No llevaba traje.

Ni ropa elegante.

Solo un jean, una camisa arremangada y una enorme concentración.

Era difícil imaginar que aquel hombre perteneciera a una de las familias más poderosas del país.

Cuando terminó de ajustar la última mesa, levantó la vista.

Encontró a Nica observándolo.

—¿Qué pasa?

Ella sonrió.

—Nada.

Solo estaba pensando.

—Eso nunca termina bien.

—Estaba pensando que nunca te vi actuar como alguien importante.

Ian soltó una pequeña risa.

—¿Y cómo actúa alguien importante?

Nica se quedó pensando.

No encontró una respuesta.

Él guardó las herramientas.

—Mi abuelo siempre dice que una persona importante es la que mejora el lugar donde está.

No la que ocupa el cargo más alto.

Nica sintió que esas palabras describían perfectamente a Ian.

Sin darse cuenta, empezaba a admirarlo cada día un poco más.

Pero muy lejos de allí, Adrián Shervian tomó una decisión.

Cerró la carpeta con las fotografías de Nica.

Miró a su abuelo y dijo con voz firme:

—No voy a ir a buscarla.

Augusto arqueó una ceja.

—¿No?

Adrián negó.

—Si el destino quiere que volvamos a encontrarnos...

Esta vez no será por obligación.

Será porque los dos elegimos el mismo camino.

El anciano sonrió.

Porque acababa de comprender que el niño que alguna vez conoció...

Finalmente se había convertido en un gran hombre.

La tarde transcurría con el bullicio habitual del Café del Puerto.

Voluntarios entraban y salían cargando cajas para la cena solidaria. Algunos acomodaban mesas en el patio, otros colgaban guirnaldas de luces, mientras Marta organizaba todo con una energía que parecía inagotable.

—¡Con cuidado con esas sillas! —exclamó riendo—. Si se rompen, después me van a echar la culpa a mí.

Las carcajadas llenaron el lugar.

Nica observaba la escena con una sonrisa.

Hacía unos meses jamás habría imaginado formar parte de algo así.

No había protocolos.

No había fotógrafos.

No había personas fingiendo sonrisas para una revista.

Solo vecinos ayudándose entre sí.

Y esa sencillez la hacía inmensamente feliz.

Ian terminaba de ajustar una de las mesas cuando un niño de unos nueve años se acercó corriendo.

—¡Señor Ian!

Él levantó la vista.

—Hola, Tomás.

—¿Después jugamos un partido?

Ian sonrió.

—Si terminamos todo esto antes de que oscurezca, trato hecho.

—¡Sí!

El niño salió corriendo para contarles la noticia a sus amigos.

Nica observó la escena con curiosidad.

—¿También te conocen todos los chicos del pueblo?

Ian se encogió de hombros.

—Vengo seguido.

A veces organizamos partidos de fútbol o ayudamos con algunas reparaciones.

Ella lo miró sorprendida.

—Nunca me lo habías contado.

—Nunca me lo preguntaste.

Nica soltó una risa.

—Es verdad.

Marta pasó junto a ellos cargando una caja.

—No se queden conversando.

Si quieren jugar al fútbol después, primero ayuden a esta pobre mujer.

Los tres rieron.

Horas más tarde, cuando terminaron de preparar el patio, el sol comenzaba a esconderse.

Los chicos del barrio aparecieron con una pelota bajo el brazo.

—¡Ian! ¡Cumplí tu promesa!

Él miró a Nica.

—¿Venís?

Ella abrió los ojos.

—¿Yo?

—Sí.

—Hace años que no juego al fútbol.

Tomás la tomó de la mano.

—¡Entonces nosotros te enseñamos!

No tuvo oportunidad de negarse.

En pocos minutos estaba descalza sobre el césped, riendo mientras intentaba quitarle la pelota a los niños.

Ian la observaba divertido.

—¡Cuidado por la izquierda!

Nica giró demasiado tarde.

Tomás le robó la pelota y salió corriendo.

—¡Gol!

Todos comenzaron a festejar.

Ella apoyó las manos sobre las rodillas, completamente agitada.

—Eso fue trampa.

—En el fútbol no existe la trampa —respondió Ian riendo—. Solo jugadores más rápidos.

—Ah, ¿sí?

Nica tomó la pelota y salió corriendo hacia el arco improvisado.

Ian fue detrás de ella.

Durante unos segundos dejaron de ser dos adultos cargados de responsabilidades.

Solo eran dos personas disfrutando una tarde cualquiera.

Cuando el partido terminó, los chicos corrieron a tomar agua.

Nica permaneció sentada sobre el césped intentando recuperar el aliento.

—Estoy destruida.

Ian se sentó a su lado.

—Pero te divertiste.

Ella sonrió.

—Muchísimo.

Después de un breve silencio, agregó:

—Gracias por mostrarme que existen días como este.

Ian la observó con atención.

—¿Cómo cuáles?

—Días donde nadie espera nada de mí.

Donde puedo equivocarme, reírme y volver a intentar.

Sin tener que demostrar quién soy.

Él bajó la mirada unos segundos.

—Eso es exactamente lo que deseo que nunca pierdas.

A varios kilómetros de allí, en la Mansión Shervian, Augusto permanecía en la biblioteca.

Frente a él había un enorme retrato familiar.

Cinco niños sonreían junto a sus padres.

El más alto era Adrián.

El anciano tomó una copa de vino y habló sin apartar la vista del cuadro.

—Llegó el momento de dejar de esconderte.

Adrián permanecía de pie junto a la ventana.

—No quiero irrumpir en su nueva vida.

—No te estoy pidiendo que irrumpas.

Te estoy pidiendo que dejes de vivir mirando el pasado.

Augusto caminó lentamente hasta quedar frente a su nieto.

—¿Sabés cuál fue tu mayor error?

Adrián negó.

—Creer que esperar siempre es lo correcto.

A veces...

También hay que luchar.

Las palabras quedaron resonando en el despacho.

Adrián comprendió que su abuelo no hablaba solo de Nica.

Hablaba de la vida.

Y quizá había esperado demasiado tiempo.

Esa noche, Nica regresó caminando a la pensión.

Llevaba la pelota de los chicos bajo el brazo porque se habían olvidado de guardarla.

Sonreía recordando el partido cuando vio una silueta sentada en el banco frente al mar.

La persona parecía esperar a alguien.

Cuando estuvo más cerca, el hombre se puso de pie.

Era Samuel.

—Buenas noches, señorita Beaumont.

Nica sonrió con cierta tranquilidad.

Ya no le inspiraba el mismo miedo que la primera vez.

—Buenas noches.

Samuel observó la pelota y sonrió.

—Parece que hoy fue un buen día.

—Sí... uno de los mejores.

Él asintió con satisfacción.

—Me alegra.

Porque muy pronto vas a necesitar recordar días como este.

La sonrisa de Nica desapareció.

—¿Qué significa eso?

Samuel sacó un pequeño sobre del bolsillo interno de su saco.

Se lo entregó.

—Léalo cuando esté sola.

Y, por favor...

Esta vez no se lo muestre a nadie.

—¿Por qué?

Samuel dio un paso hacia atrás.

Su expresión era más seria que nunca.

—Porque, a partir de hoy...

Ya no todos los secretos pertenecen al pasado.

Algunos... pueden cambiar el futuro.

Sin agregar una palabra más, se marchó caminando por la costanera.

Nica quedó inmóvil con el sobre entre las manos.

Una parte de ella quería abrirlo de inmediato.

La otra...

Temía descubrir qué escondía.

Continuará...

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play