Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.
Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.
Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.
¿O de salvarlo?
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Capítulo 3
Capítulo 3
Primeras grietas
Durante los primeros tres días, Valentina hizo una lista mental de todas las formas en que podía odiar una casa.
Odiaba la cerradura electrónica que no abría.
Odiaba las cámaras pequeñas en los pasillos, tan discretas que parecían parte de la decoración. Odiaba el elevador privado que solo respondía a una tarjeta que nadie le daba. Odiaba la vista perfecta al Bosque de Chapultepec, porque la ciudad estaba ahí abajo, respirando libre, mientras ella caminaba de una pared de cristal a otra como una mariposa dentro de un vaso.
Sobre todo, odiaba que el lugar fuera hermoso.
Eso era lo más insultante.
El penthouse tenía luz limpia por la mañana, agua caliente sin fallar, sábanas suaves y comida que llegaba a horas exactas. Consuelo aparecía con charolas de desayuno, sopa de fideo, fruta picada, café de olla y tortillas recién hechas como si alimentarla pudiera volver decente el encierro.
Valentina respondió dejando la comida intacta.
La primera vez, Consuelo suspiró.
—Señorita, aunque esté enojada, tiene que comer.
—Entonces dígale al señor Elizondo que abra la puerta.
—Eso no lo va a conseguir con hambre.
—Pero me va a dar algo que hacer.
Consuelo la miró con esa paciencia de mujer que había criado más berrinches de los que pensaba admitir.
—El orgullo también baja la presión, mija.
Valentina casi sonrió. Casi.
—No me diga mija.
—Entonces coma, señorita.
No comió.
La segunda mañana, intentó salir por el balcón. No porque pensara lanzarse desde un piso imposible, sino porque vio una cornisa de mantenimiento a dos metros y su cerebro, cansado de miedo, decidió que dos metros eran negociables. Abrió la puerta de cristal, puso un pie afuera y una alarma silenciosa activó a Rodrigo en menos de treinta segundos.
Él apareció en el marco de la sala, sin correr, con la misma cara de alguien que venía a apagar una estufa.
—Señorita Valentina, baje de ahí.
El viento le pegó el cabello en la cara.
—¿Y si no quiero?
—Entonces voy a tener que cargarla, y ninguno de los dos va a disfrutarlo.
—¿Eso fue una amenaza?
—Fue logística.
Valentina miró hacia abajo. La calle se veía demasiado lejos. Sus dedos se habían puesto blancos sobre el barandal.
—No voy a dejar de intentar.
—Lo sé.
—¿Eso también lo sabe su jefe?
Rodrigo no contestó. Solo esperó hasta que ella entró de nuevo y cerró la puerta de cristal desde un panel que Valentina no había visto. Al retirarse, dejó una botella de agua sobre la mesa.
Ese gesto la irritó más que si la hubiera regañado.
La tercera noche, decidió hablarle a Héctor como si el miedo no le mordiera el estómago cada vez que él entraba en la habitación.
Lo encontró en la biblioteca, de pie frente a un muro de libros que parecían no haber sido comprados para decorar. Llevaba los guantes puestos, los lentes dorados y una camisa blanca sin una arruga. En la mesa había tres teléfonos, una copa de agua y la carpeta negra con el nombre de ella.
—¿Cuánto tiempo piensa tenerme aquí?
Él no levantó la vista del documento que estaba firmando.
—El necesario.
—Esa no es una respuesta.
—Es la única que vas a recibir hoy.
Valentina apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—No soy una niña ni una mascota.
La pluma dejó de moverse.
Héctor alzó los ojos.
—Nunca te he tratado como mascota.
—Me encierra, decide qué como, qué hago, con quién hablo. ¿Quiere que le dé las gracias porque la jaula tiene vista bonita?
La palabra jaula hizo que algo se tensara en su mandíbula.
—Si esto fuera una jaula, no tendrías ventanas.
—Qué generoso.
—No confundas sarcasmo con fuerza, Valentina.
—No confunda poder con razón, Héctor.
Fue la primera vez que dijo su nombre.
No lo planeó. Se le escapó con rabia, con filo. Pero el efecto fue inmediato. Héctor se quedó quieto, y por un segundo la biblioteca entera pareció escuchar. Sus dedos enguantados se cerraron alrededor de la pluma.
—Vuelve a tu cuarto —dijo.
—No.
Él se puso de pie.
Valentina no retrocedió, aunque el cuerpo se lo pidió. Héctor rodeó el escritorio, acercándose con esa calma que no necesitaba volumen. Se detuvo a un paso de ella.
—No te conviene medirte conmigo cuando no sabes las reglas.
—Entonces explíquelas.
—Primera regla: no pones en riesgo tu vida para probar un punto.
—Mi vida es mía.
—Anoche no lo parecía.
El golpe fue bajo, y los dos lo supieron. Valentina sintió que la cara le ardía.
—Váyase al diablo.
Héctor inclinó apenas la cabeza.
—Ya estuve ahí.
No dijo más. Y eso fue lo peor, porque por primera vez Valentina tuvo la sensación de que no estaba usando una frase hecha. Había algo detrás. Algo oscuro y viejo que no le pertenecía, pero que respiraba dentro de él.
Esa misma madrugada, no pudo dormir.
Salió al pasillo con cuidado, no para escapar esta vez, sino para buscar agua. Consuelo siempre dejaba una jarra cerca de la sala. El penthouse estaba en silencio, iluminado solo por líneas suaves bajo los muebles. Al pasar junto a la biblioteca, vio la puerta entreabierta.
Héctor estaba adentro.
No llevaba los guantes.
Tampoco los lentes.
Valentina se detuvo antes de pensar.
Él estaba sentado en un sillón bajo la lámpara, con un libro abierto sobre las piernas y una mano apoyada en la sien. Sin el armazón dorado, su rostro perdía algo de distancia. Seguía siendo hermoso de una forma incómoda, demasiado fría, pero había sombras bajo sus ojos. Una cicatriz fina cruzaba uno de sus nudillos. Otra, más antigua, desaparecía bajo el puño de la camisa.
Parecía más joven.
No débil. Nunca débil.
Pero sí cansado.
La idea le molestó.
Valentina dio un paso atrás. La duela crujió.
Héctor levantó la mirada.
Durante un segundo ninguno habló. Él no se puso los lentes de inmediato. No alcanzó los guantes. Solo la vio, y esa falta de armadura la dejó más expuesta a ella que a él.
—¿Necesitas algo? —preguntó.
La voz era más baja.
—Agua.
Él miró la jarra de la mesa, luego volvió a ella.
—Consuelo dejó una en tu cuarto.
—No la vi.
—Mientes mal.
—Usted secuestra peor.
La esquina de su boca se movió, apenas.
—Vete a dormir.
Valentina obedeció solo porque quedarse se sentía peligroso de una manera que no tenía que ver con cerraduras.
A la mañana siguiente, encontró una máquina de coser en su habitación.
No una de las domésticas que vendían en pagos. Era una máquina industrial compacta, silenciosa, nueva, colocada junto al ventanal. Había una mesa de corte, una caja de hilos, agujas, tijeras profesionales, reglas, tizas, patrones en blanco y telas que Valentina reconoció al tocarlas: lino, seda, algodón de buena calidad, manta suave, encaje de Oaxaca, tiras bordadas a mano con motivos zapotecos.
Se quedó parada frente a todo eso con las manos cerradas.
No era libertad.
Pero era aire.
Consuelo apareció con un plato de chilaquiles y una expresión demasiado satisfecha.
—El señor pidió que trajeran lo que pudiera necesitar.
—Yo no le pedí nada.
—No. Pero se le nota en las manos.
Valentina miró sus propios dedos. Tenía pequeñas marcas de aguja en las yemas, cortes viejos, callos mínimos. Manos de trabajar. Manos que no sabían quedarse quietas.
—¿También me van a vigilar mientras coso?
—Probablemente.
Consuelo dejó el plato junto a la mesa.
—Pero si va a estar furiosa, mejor que sea haciendo algo bonito.
Esa vez, Valentina comió.
No por rendirse.
Comió porque necesitaba pulso firme para enhebrar.
Empezó sin plan claro. Tomó manta color hueso, un retazo de seda oscura y una tira bordada con flores rojas y azules. Al principio las manos le temblaban de rabia. Luego el pedal marcó un ritmo. La aguja bajó y subió, bajó y subió, y el sonido pequeño de la máquina llenó el cuarto con algo que sí le pertenecía.
Por primera vez desde la calle mojada, respiró sin contar las salidas.
No supo cuánto tiempo pasó.
El sol cambió de lugar. Los chilaquiles se enfriaron. La ciudad siguió allá abajo. Valentina dobló la tela sobre el maniquí provisional que Rodrigo había llevado sin decir palabra y comenzó a imaginar una silueta: moderna, limpia, pero con el bordado en el centro como una columna vertebral.
No un disfraz de tradición.
Una declaración.
Cuando levantó la vista, Héctor estaba en la puerta.
Llevaba los lentes puestos, pero no los guantes.
Ese detalle le tensó el estómago.
—¿Viene a inspeccionar la jaula? —preguntó.
—Vengo a ver por qué no has intentado escapar en seis horas.
—Estoy tomando un descanso de odiarlo.
—Qué considerado.
Valentina agarró una tijera, no para amenazarlo, sino porque necesitaba algo entre sus manos.
Héctor entró sin pedir permiso, como siempre. Pero esta vez no miró primero a ella. Miró el vestido incompleto. La caída de la tela. El bordado colocado sobre el pecho, todavía sujeto con alfileres. La costura provisional.
Su expresión cambió.
Fue mínimo, pero Valentina ya empezaba a odiar que pudiera notar esos mínimos.
—No lo toque —dijo.
Héctor se detuvo junto al maniquí.
—¿Por qué?
—Porque no es suyo.
Él la miró.
Después, muy despacio, levantó la mano desnuda y rozó el borde del bordado con la punta de los dedos.
Valentina sintió el contacto como si se lo hubiera hecho en la piel.
—Tienes manos de artista —dijo él.
La frase fue baja, casi cuidadosa.
Y Valentina no supo si acababa de recibir un cumplido o una marca de propiedad.