Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Sebastián recibió la frase sin moverse.
Por un segundo, Valentina creyó que iba a ponerse frío. Que Director Montero iba a aparecer en el pasillo del hospital con una respuesta precisa, una corrección, un argumento capaz de ordenar el caos como ordenaba reuniones y expedientes.
No pasó.
Lo que vio fue peor.
Sebastián bajó la mirada, y en ese gesto breve se le cayó algo que ella nunca le había visto caer: la seguridad.
—No soy tu padre —dijo.
Valentina cerró los ojos.
—Lo sé.
—No soy Andrés.
—También lo sé.
—Pero si me miras y ves a todos ellos, no sé cómo alcanzarte.
La voz no se le quebró. Sebastián no era un hombre de grandes derrumbes. Pero cada palabra salió más baja que la anterior, como si hubiera tenido que soltar una herramienta antes de tocarla.
Valentina se abrazó más fuerte.
—No te estoy castigando por ellos.
—Sí.
Ella abrió los ojos, herida.
—No.
—No porque quieras. Pero estás poniendo mi apellido en el mismo lugar donde otros pusieron el suyo para aplastar a tu mamá, a ti, a lo que construiste.
La frase le dio justo donde dolía porque no venía con defensa. Venía con lectura.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó ella—. ¿Que ignore lo que vi hoy? ¿Que finja que no puedes mover una empresa entera con una llamada?
—No.
—¿Entonces?
Sebastián dio un paso hacia ella. Se detuvo antes de cruzar la distancia.
—Quiero que me mires completo.
Valentina soltó una risa rota.
—Eso no es justo.
—Nada de esto es justo.
El pasillo seguía casi vacío, pero el hospital nunca estaba en silencio. Había pasos, ruedas, una televisión encendida en alguna sala de espera, una enfermera hablando de dosis al fondo. La vida de otras personas seguía mientras la de ella se partía en un rincón junto a una máquina expendedora.
Sebastián respiró hondo.
—Si me dices que pare, paro.
Ella apretó la boca.
—Eso dije.
—Y estoy aquí, sin tocarte.
El golpe fue pequeño y exacto. Era verdad. No la había detenido. No la había agarrado. No había usado su cuerpo, su cargo ni su voz para cerrarle el paso. Estaba a un metro de distancia, con las manos a los lados, obedeciendo un límite que le estaba rompiendo la cara.
Valentina miró sus manos.
—No lo hagas más difícil.
—No sé hacerlo fácil.
Por primera vez desde que lo conocía, Sebastián sonó perdido.
Ella levantó la vista.
Él no tenía la expresión de un hombre ofendido. No parecía enojado por ser rechazado ni herido en su orgullo. Parecía asustado. Sebastián Montero Reyes, el hombre que en una sala de juntas podía dejar mudo a Andrés Castellano con una frase, estaba parado en un pasillo de hospital sin saber qué hacer con ella.
Eso le dobló las rodillas por dentro.
—Valentina —dijo él.
Ella negó con la cabeza antes de oír el resto.
—No.
—No te estoy pidiendo que te cases conmigo. No te estoy pidiendo que me creas para siempre. No te estoy pidiendo que mañana salgas tomada de mi mano frente a toda la ciudad.
—Sebastián...
Él tragó saliva.
—Valentina, no me dejes.
La frase no fue una orden. No tuvo filo. No tuvo el peso de su apellido ni la costumbre de mandar. Fue una petición desnuda, puesta entre los dos sin protección.
Valentina sintió que algo se le rompía en el pecho.
Cubrió su boca con una mano, pero el sollozo salió de todos modos. Rápido. Feo. Nada elegante. Dio un paso hacia atrás y chocó con la pared.
Sebastián se movió por instinto.
—¿Puedo?
La pregunta la terminó de desarmar.
Asintió.
Él llegó despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera espantarla, y la rodeó con los brazos sin apretar demasiado. Valentina resistió medio segundo. Luego se quebró contra su camisa.
No lloró como en las películas. Lloró con rabia, con vergüenza, con la cara escondida y los dedos aferrados a la tela. Lloró por Andrés y por la madre de Andrés, por Patricia, por Ricardo, por la niña en el internado y por la mujer adulta que seguía creyendo que si se soltaba un poco, alguien iba a decidir su vida desde una mesa larga.
Sebastián no dijo "tranquila". No cometió ese error.
Solo apoyó la mejilla en su cabello.
—Aquí estoy.
—No sé quedarme —dijo ella contra su pecho.
—Entonces no te quedes para siempre.
Valentina intentó separarse, confundida. Él la dejó.
—Quédate esta noche —dijo Sebastián—. Solo esta noche. No decidas todo con tu abuela en el hospital, Andrés respirándote en la nuca y tu pasado gritando más fuerte que tú.
Ella se limpió la cara con el dorso de la mano.
—Eso suena a estrategia.
—Es súplica con estructura.
La risa le salió atravesada por lágrimas.
Sebastián la miró como si esa risa le hubiera devuelto aire.
—Puedo hacer una lista si ayuda.
—No hagas listas en una crisis emocional.
—Es lo único que sé hacer bien.
—No es cierto.
La respuesta salió antes de que pudiera medirla.
Él se quedó quieto.
Valentina bajó la mirada.
—También sabes quedarte sin invadir.
Sebastián respiró como si esa frase le hubiera dolido y aliviado a la vez.
—Puedo seguir haciendo eso.
—No siempre.
—No siempre. Pero puedo aprender más rápido si me dices cuando falle.
La sinceridad le hizo arder los ojos otra vez.
—Me da miedo que un día te canses de corregirte.
—Me da miedo que un día te canses de esperarme mientras corrijo.
Eso no estaba en su guion.
Valentina se quedó callada.
Sebastián metió las manos en los bolsillos, como si necesitara impedirse tocarla de nuevo.
—Mi mundo no desaparece si yo te amo —dijo—. Tienes razón. Sería una mentira prometer eso. Pero puedo decidir cómo entra en tu vida. Puedo abrirte puertas sin empujarte por ellas. Puedo cerrar las que te amenacen sin cobrarte el favor. Puedo dejar que digas no delante de mí y de cualquiera.
—La gente va a hablar.
—Sí.
—Van a decir cosas.
—Sí.
—Van a pensar que me compraste.
La mandíbula se le tensó, pero no respondió con orgullo. Respondió con cansancio contenido.
—Entonces tendrán que ver, una y otra vez, que no estás en venta.
Valentina cerró los ojos. Era una frase bonita. También era una carga. Resistir miradas una y otra vez cansaba. Defender la dignidad cansaba. Amar con vigilancia cansaba.
—No tengo fuerza para una guerra.
—No te estoy pidiendo una guerra.
—Tu vida parece una.
Él aceptó el golpe con un asentimiento mínimo.
—A veces lo es.
—Yo no crecí con soldados y juntas de consejo. Crecí aprendiendo a no estorbar.
—Conmigo estorba.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué?
—Estorba. Ocupa. Molesta. Pide. Cambia de opinión. Déjame hacer espacio.
Ella se limpió otra lágrima con la muñeca.
—Y si algún día ese espacio tiene que ser público, ¿qué? Porque no puedo vivir escondida para siempre y tampoco puedo salir de tu brazo como si no supiera lo que van a decir.
Sebastián no respondió con prisa.
—No voy a sacarte a la luz como anuncio de prensa —dijo—. Y tampoco voy a dejarte en la sombra si eso empieza a hacerte daño. Cuando llegue el momento, lo decidimos juntos.
—¿Juntos de verdad?
—Juntos de verdad. Tú dices cuándo. Yo me encargo de que nadie use ese cuándo contra ti.
—Eso sigue sonando a que tú te encargas.
—Entonces tú decides el límite y yo obedezco el límite.
La palabra `obedezco` en su boca no sonó débil. Sonó elegida.
La frase le arrancó una lágrima silenciosa.
Antes de que pudiera responder, Carmen tocó el timbre desde el cuarto. La luz roja se encendió sobre la puerta.
Valentina se separó de inmediato.
—Abuela.
Entró rápido. Sebastián la siguió solo hasta el umbral.
Carmen estaba medio incorporada, con cara de sueño y fastidio.
—No se asusten. Quería agua y nadie me hacía caso porque estaban haciendo telenovela en el pasillo.
Valentina soltó una risa con la cara mojada.
—Abuela, por favor.
—No me digas "por favor" con esos ojos. Dame agua.
Sebastián tomó el vaso antes de que Valentina alcanzara la mesa. Lo llenó, verificó la pajilla y se lo entregó a Carmen.
—Gracias, joven serio.
—A sus órdenes.
Carmen bebió un poco y luego los miró a ambos.
—Si van a llorar, cierren la puerta. Uno aquí está enfermo, no muerto.
Valentina se tapó la cara.
Sebastián bajó la mirada, y Valentina alcanzó a ver la curva mínima de una sonrisa.
Ese gesto, pequeño y absurdo, la terminó de romper de otra manera. No como antes, no desde el miedo. Desde un cansancio que por fin encontró dónde recargarse.
Cuando Carmen volvió a acomodarse, Valentina salió al pasillo otra vez. Ya no intentó fingir que no había llorado.
Sebastián esperaba junto a la puerta.
—No puedo prometerte que no voy a salir corriendo mañana —dijo ella.
—Entonces no me lo prometas.
—No puedo decir que todo está bien.
—No lo está.
—No puedo volver a Las Palmas como si nada.
—No vamos a Las Palmas.
Valentina respiró, temblorosa.
—¿Y qué hacemos?
Sebastián miró hacia el cuarto de Carmen.
—Nos quedamos aquí. Tú en la silla. Yo en la otra. Si quieres, sin tocarte. Si quieres, me duermo en el pasillo. Mañana decides si me dejas llevarte a desayunar o si me mandas al demonio con una torta en la mano.
Ella rió por la nariz.
—Qué imagen tan específica.
—Estoy tratando de ser claro.
Valentina se secó las mejillas.
—Una noche.
Sebastián asintió como si acabara de recibir un contrato sagrado.
—Una noche.
Ella abrió la puerta del cuarto y entró primero. No era una reconciliación completa. No era una promesa. Era apenas un borde de tela sujetado con dos dedos.
Carmen ya estaba dormida. La enfermera de guardia revisó el suero, confirmó que todo seguía estable y les dijo que podían salir diez minutos a tomar aire si dejaban el celular encendido.
Valentina miró a Sebastián.
—Necesito caminar.
—Caminamos.
No tomó su mano dentro del hospital. Cruzaron el vestíbulo con la distancia correcta, la de dos personas que podían coincidir por accidente. Afuera, la noche de San Valero olía a humedad y gasolina. A dos cuadras del hospital, el río pasaba oscuro bajo las luces amarillas, y el muelle pequeño donde los vendedores de elotes cerraban sus carritos quedaba casi vacío.
Valentina se detuvo junto a la baranda.
—Diez minutos —dijo.
—Diez.
El aire le movió el cabello. Sebastián se quedó a su lado, sin tocarla, hasta que ella, con los ojos fijos en el agua, enganchó dos dedos en la manga de su camisa.
No fue una gran reconciliación. Fue menos dramático y más peligroso: un gesto que ella eligió.
Sebastián bajó la mirada a esos dedos y no sonrió. Solo se quedó quieto, como si entendiera que moverse podía romperlo.
Al otro extremo del muelle, detrás de un puesto cerrado, un celular se levantó apenas.
El clic fue tan bajo que ninguno de los dos lo oyó.