NovelToon NovelToon
Su única debilidad

Su única debilidad

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:24.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18: Te enseño

Sonó, por primera vez, a respeto.

El respeto no impidió que, esa noche, Adrián apareciera frente a Juramento cuando la lluvia empezó a convertir Roma Norte en un espejo de faros rotos.

Valentina estaba cerrando la segunda tienda con Paloma. Mónica se había ido una hora antes con un plan de pagos revisado por Lorenzo y la promesa de no presentarse sola en Club Dorado. Afuera, los puestos de flores cubrían sus cubetas con plástico y los autos avanzaban despacio sobre el agua acumulada.

—No me digas que lo llamaste —susurró Paloma al ver la camioneta negra.

—No lo llamé.

Adrián bajó con un paraguas oscuro.

Paloma miró a Valentina.

—Creo que te llama él a ti con la mente.

—Cállate.

Adrián entró sin prisa. Se sacudió una gota del puño de la camisa y miró el local: el mostrador limpio, las muestras ordenadas, la libreta de pagos de Mónica aún abierta sobre la mesa.

—Buen trabajo —dijo.

Valentina se quedó quieta.

—¿Perdón?

—Resolviste bien.

La frase le golpeó más raro que una crítica.

—¿Estaba mirando?

—Sí.

—¿Y decidió no bajar?

—Sí.

Valentina cruzó los brazos.

—Eso debería molestarme.

—¿Te molesta?

Pensó en Mónica sentada frente a ella, en los hombres saliendo con la carpeta cerrada, en la sensación de haber controlado la tienda sin que nadie más tomara el volante.

—No tanto como esperaba.

Adrián miró la libreta.

—Te faltó algo.

—Ahí está. Ya llegó la parte educativa.

Paloma abrazó su bolsa.

—Yo puedo ir a revisar inventario.

—No tenemos inventario que revisar —dijo Valentina.

—Entonces voy a inventar uno.

Paloma desapareció detrás del biombo de muestras con una velocidad cobarde.

Adrián tomó la libreta de pagos, la giró hacia Valentina y señaló tres líneas.

—Les diste un plan. Bien. Les diste tiempo. Útil. Pero no aseguraste consecuencia si fallan.

—Hay abogado.

—Hay papel. No presión.

—No todo se resuelve presionando.

—No. Pero todo acuerdo necesita saber qué pasa si se rompe.

Valentina se acercó pese a sí misma.

—Entonces, maestro, ¿qué habría hecho usted?

Adrián tomó una pluma.

—Garantía limitada. No de Juramento. De Mónica. Coche, venta documentada, calendario de pagos. Si Carlos compró parte de la deuda, verificas cesión. Si no la tiene, lo sacas de la conversación. Si la tiene, negocias con quien puede firmar, no con quien grita más fuerte.

Valentina observó cómo escribía. Letra firme, sin adornos.

—Eso pude hacerlo yo.

—Sí.

—¿Entonces por qué no me lo dijo antes?

—Porque necesitabas probar que podías tomar el cuarto.

La lluvia golpeó más fuerte contra el cristal.

Valentina sintió una incomodidad suave, peligrosa. No era gratitud. No quería llamarla así. Era peor: era la sensación de que Adrián había visto una parte de ella que otros solían pasar por alto.

—No seas tan compasiva —dijo él.

—La compasión no es debilidad.

—No. Pero si la muestras antes de fijar condiciones, la gente la cobra como descuento.

Valentina hizo una mueca.

—Eso sonó horrible.

—Eso es negocios.

—Mis negocios no van a ser una carnicería.

—No te estoy pidiendo que seas cruel. Te estoy diciendo que protejas lo que construyes.

Él dejó la pluma.

—Cuando tengas problemas, llámame. Usa mi poder.

Valentina soltó una risa baja.

—¿No acabamos de hablar de no controlar mi vida?

—Usar mi poder no es entregarme tus decisiones.

—Suena a una línea muy fina.

—Te enseño a caminarla.

La frase quedó entre los dos, más íntima que el beso de Panamá por alguna razón absurda.

Adrián empujó la libreta hacia ella.

—Reescribe el acuerdo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Valentina lo miró, esperando la trampa. No había una. Solo la pluma, el documento y la lluvia golpeando el vidrio.

Se sentó.

Primero le costó. Tenía la costumbre de pensar como diseñadora: salvar la relación, cuidar al cliente, no cerrar puertas. Adrián la obligó a pensar como dueña: garantía, plazo, consecuencia, reputación, salida.

—No pongas "si fuera posible" —corrigió él.

—Es educado.

—Es débil.

—Es diplomático.

—Es una puerta para que no cumplan.

Valentina tachó la frase con demasiada fuerza.

—Lo está disfrutando.

—Sí.

—Qué sorpresa.

Media hora después, tenía una versión nueva: clara, firme, sin ofrecer a Juramento como escudo, pero tampoco dejando a Mónica en manos de Carlos.

Adrián leyó el texto.

—Mejor.

Valentina intentó no sentirse absurdamente orgullosa.

—¿Solo mejor?

—Mucho mejor.

Esa corrección mínima le calentó el pecho más que cualquier halago exagerado.

Paloma asomó la cabeza.

—La lluvia está peor.

Como si necesitara confirmación, un trueno hizo vibrar el vidrio.

El teléfono de Valentina empezó a sonar. Era Carmen.

—Mamá.

—Vale, ¿sigues en la tienda? Está lloviendo horrible. Tu papá dice que Periférico está imposible.

—Estoy cerrando.

Adrián extendió la mano.

—Dame el teléfono.

Valentina lo miró como si hubiera pedido su acta de nacimiento.

—No.

—Dile que te llevo.

—Puedo decirlo yo.

—Entonces dilo.

Carmen escuchó el silencio.

—¿Estás con alguien?

Valentina cerró los ojos.

—Con Adrián.

La pausa de Carmen tuvo peso propio.

—¿Adrián... Castellán?

—Sí.

Adrián no apartó la vista de ella.

—Me lleva a un lugar seguro hasta que baje la lluvia.

—¿Qué lugar?

Valentina miró a Adrián.

Él respondió sin sonido:

La Hacienda.

Valentina quiso negarse. La lluvia volvió a golpear. Paloma la miraba como si acabara de ver una telenovela en vivo.

—La Hacienda Castellán —dijo al fin—. Te mando ubicación y te llamo al llegar.

Carmen respiró hondo.

—Quiero esa llamada.

—Sí, Mamá.

Colgó.

—Mi mamá cree que voy a ser asesinada con cubiertos de plata.

—No uso cubiertos para eso.

—No ayude.

La Hacienda los recibió con muros mojados, luz cálida y olor a tierra después de la lluvia. Valentina bajó del coche con el saco de Adrián sobre los hombros, esta vez sin discutir porque el frío le había ganado al orgullo.

Doña Rosa les abrió la puerta y no hizo ninguna pregunta. Eso, en una casa como aquella, era más elocuente que un interrogatorio.

—Preparé caldo de pollo con hierbas —dijo—. El señor avisó que la señorita no debía cenar pesado.

Valentina miró a Adrián.

—¿También investiga mi estómago?

—Tu gastritis se anuncia sola.

—Insoportable.

Comió de todos modos.

La lluvia no bajó.

A las once, Carmen ya había recibido ubicación, foto de la sopa y una nota de voz de Valentina diciendo que estaba viva, entera y sin cubiertos sospechosos cerca.

El problema llegó cuando Doña Rosa anunció que la habitación de huéspedes del ala principal estaba en reparación por una filtración.

Valentina miró a Adrián.

—No.

—No dije nada.

—Lo pensó.

—Mucho.

—Adrián.

—Dormirás en mi cuarto. Yo trabajaré en el estudio.

—Eso no suena mejor.

—Tiene seguro.

—Todas sus soluciones incluyen seguros, puertas o cajas negras.

—Y aun así sigues aquí.

Valentina no tuvo una respuesta que no la dejara mal.

El cuarto de Adrián era amplio, sobrio, con una cama enorme, sábanas blancas y ventanales donde la lluvia se deshacía en líneas plateadas. No había fotos. No había desorden. Solo un reloj antiguo, libros en perfecto orden y una caja negra sobre una repisa.

Valentina la vio.

—¿Mi peineta?

—Sí.

—Devuélvamela.

—No.

—Era intento obligatorio.

—Lo sé.

Adrián dejó su teléfono sobre la mesa de noche.

—Si necesitas algo, úsalo. La clave es 240319.

Valentina miró el aparato.

—¿Me está dando la clave de su teléfono?

—Sí.

—¿Así de fácil?

—No es fácil. Es útil.

—¿Qué significa?

—Nada que necesites saber ahora.

Otra caja negra. Otro número. Otro secreto.

Su propio celular murió en ese momento, como si quisiera colaborar con la trama.

La pantalla se apagó justo cuando intentaba abrir el chat de Mariana.

—No puede ser.

Adrián miró el teléfono muerto y luego el suyo.

—Úsalo.

—Mariana va a ver su nombre y va a llamar a un exorcista.

—Entonces escribe rápido.

Valentina tomó el teléfono solo para comprobar que funcionaba. Se desbloqueó al primer intento.

Demasiado acceso.

Demasiada confianza.

A dos metros, sobre la repisa, la caja negra donde estaba su peineta parecía responderle con otra clase de confianza: la que no pedía permiso, la que retenía. Valentina miró el teléfono abierto y luego la caja cerrada. Adrián podía darle una clave y negarle una reliquia en la misma noche.

Ese hombre era una contradicción peligrosa con zapatos demasiado caros.

Abrió WhatsApp. No había conversaciones a la vista, solo una pantalla limpia, ordenada, casi ofensiva. Escribió el número de Mariana de memoria y mandó un mensaje:

"Estoy en La Hacienda por la lluvia. Estoy bien. No grites. Mi celular murió."

La respuesta llegó en tres segundos:

"¿POR QUÉ ME ESCRIBE ADRIÁN CASTELLÁN?"

Valentina cerró los ojos.

"Porque su teléfono tiene batería. No hagas drama."

"¿DORMIRÁS AHÍ?"

Valentina miró la cama enorme.

"No empieces."

Mariana mandó diecisiete signos de interrogación y una estampita de la Virgen.

Valentina dejó el teléfono boca abajo.

Adrián la observaba desde la puerta.

—¿Todo bien?

—Mariana cree que necesito protección espiritual.

—Probablemente.

Adrián caminó hacia la puerta.

—Duerme.

—¿Y usted?

—Trabajo.

—¿Siempre trabaja cuando no sabe qué hacer?

Él se detuvo.

—Casi siempre.

La respuesta le llegó más hondo de lo que debía.

Cuando Adrián salió y cerró la puerta del otro lado, Valentina se quedó en medio de su cuarto con el teléfono de él en la mano, la peineta a pocos metros y la lluvia cerrando el mundo afuera.

Podía abrir la puerta e irse.

Podía llamar a Mariana y burlarse de todo.

Podía dormir y fingir que nada de eso la estaba moviendo por dentro.

En cambio, miró hacia la puerta por donde Adrián se había ido y sintió un miedo nuevo, más íntimo que el de El Mirador.

No miedo de él.

Miedo de lo rápido que estaba empezando a importarle.

1
Cliente anónimo
lenguaje diferente. pero impresionante.
excelente
Mar Sol
Muy bonita novela.
Gracias.
Mar Sol
Bonita novela, con un desarrollo diferente, reflexiva, con una buena redacción, con el cuidado de la ortografía, una historia que se recomienda leer.
Mar Sol
No se lo pusieron facil a Adrián, esa pedida de mano la va a recordar siempre como un triunfo.
Mar Sol
Al final Marcos resultó ser poco eficiente, no está preparado para esa misión, por la cuál se le contrató.
Mar Sol
Un gran equipo, liderado por Valentina, conformado por Lorenzo, Paloma, don Aurelio y reforzado con algunas opiniones de Adrián.
Mar Sol
Lorenzo vale oro, es un tiburón legal con colmillo.
Mar Sol
¡¡Hay Dios!! cuando Valentina decida reconocer que ama a Adrián, que él no tenga pretextos para hacerse del rogar.
Mar Sol
Quizas hay razón de la familia Serrano, en cuidar de Valentina, de sobra, ella a demostrado que sabe tratar a un hombre como Adrián o a él círculo de amistades que lo rodean, la verdad están siendo exageradamente sobreprotectores.
Mar Sol
Muy rispida la conversación entre Valentina y Adrián, pero se tenía que llevar a cabo.
Mar Sol
La señora Elena, da enseñanzas de vida, protege a Adrián con un gran cariño y sabe que Valentina es la indicada para él.
Mar Sol
Esa "competencia" entre Valentina y Daniela fue interesante, se definieron diferentes situaciones en las que quedó claro por que Valentina sobresale no sólo en lo laboral, si no en lo personal.
Mar Sol
Isabel y Valentina ya se conocían, me parece que cuando estuvieron en Valle de Bravo.
Mar Sol
Es lamentable que Daniela se haya hecho ilusiones con Adrián, ya son ocho años ¿todavía no se puede resignar? él no le ha dado muestra de querer algo con ella, así que no tiene por que tomar a mal que Valentina sea informada de por que se entrevista con Adrián.
Mar Sol
Que bueno que ya quedaron las cosas claras, Adrian lleva las de perder, por que Valentina no dió su brazo a torcer tan fácilmente.
Mar Sol
Muy acertado el comentario, que hace de Adrián, " La mano, que también aprieta."
Mar Sol
Es desastrosa esa relación entre Valentina y Adrián, por que, cuándo se enojan, sucede que todo se viene abajo para Juramento por que Capital Solaris, retiró apoyo, ¿no por eso hay un contrato? que falta de criterio el de Adrián, por que todos se enteran.
Mar Sol
Ahí va otra vez Adrian a actuar, como un niño berrinchudo por que no cedieron a sus peticiones.
Mar Sol
A Adrián se le olvida quien estuvo con él en cuanto necesitaba un abrazo, sin embargo, no olvida lo que hizo Valentina con el vídeo y con su teléfono y aún así quiere decirle a ella a quien ver o llamar.
Mar Sol
Me parecen exagerados don Roberto y Sebastian, por que con todo y que sean una familia unida, al final Valentina, sabe lo que hace, no es una niña, es joven, si, a demostrado ser un tiburón.
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play