Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
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capitulo 15: discusiones
más tarde, Micaela estaba en su habitación escribiendo en su cuaderno cuando, sin darse cuenta, sus pensamientos volvieron al director. Bastó esa imagen para que se pusiera de pie con una idea clara en la mente: quería verse bonita para él. En el fondo, la invadía una inseguridad que no lograba sacudirse; lo sentía demasiado hermoso para alguien como ella. Y, como si no fuera suficiente, también recordó a la profesora Sonia, a quien veía como una mujer atractiva, alguien a quien jamás podría igualar. Con esa sensación apretándole el pecho, caminó hasta el armario y sacó dos vestidos.
Eligió un vestido largo, sencillo y bonito. No era muy distinto a los demás, pero para ella tenía un significado especial quería verse bien para su director. Sonrió para sí misma, dejó todo en orden y se acostó a dormir.
Al día siguiente se levantó más temprano de lo habitual. Se puso el vestido, aplicó un poco de labial y se hizo un moño bajo. No quería llamar demasiado la atención; aunque su padre no estaba, su madre sí, y eso bastaba para que fuera cuidadosa. Al salir de su habitación, su madre ya la esperaba. La observó un momento, notando el cambio, pero no dijo nada y la llevó a la universidad.
Al llegar, Micaela se despidió y entró a la institución con una sonrisa tímida en los labios. No había avanzado muchos pasos cuando Kenta y su grupo de amigas se le atravesaron con burlas.
—Ese vestido te hace ver como una señora, ¿vas a una misa o a la universidad? —se burló Kenta, mirándola de arriba abajo.
Micaela bajó la cabeza, sintiéndose mal por las burlas, y se fue de allí. Luego caminó hasta la oficina del director. Cuando escuchó el “adelante”, entró despacio y alzó un poco la mirada para mirarlo.
—Buenos días, señor director —dijo con dulzura, esperando que él le prestara atención.
Pero él estaba tan concentrado en unos documentos que ni siquiera alzó la vista.
—Buenos días, señorita Chávez —respondió sin mirarla.
—Volveré luego, señor director… —murmuró con suavidad, al notar lo ocupado que estaba.
Salió de la oficina con el ánimo por el suelo. Él solo oyó el sonido de la puerta al cerrarse, pero continuó absorto en su trabajo.
Más tarde…
Micaela se retocaba tranquila en el baño cuando Kenta y sus amigas entraron de repente. Sin aviso alguno, le arrojaron un balde de agua encima, dejándola completamente mojada. Al mismo tiempo, trajeron a Diego, quien había sido engañado con una carta falsa donde le decían que Micaela lo esperaba allí.
Diego se preocupó al verla en ese estado, pero antes de que pudiera hacer algo, las chicas salieron riendo y cerraron la puerta, dejándolos encerrados. Él se volvió hacia Micaela, confundido, a punto de preguntarle qué estaba pasando, cuando de pronto la alarma de auxilio comenzó a sonar con fuerza. Entonces ambos reaccionaron, golpeando la puerta con desesperación para poder salir.
El director oyó la alarma desde su oficina y, irritado, se puso de pie, con el estrés que ya cargaba intensificándose.
—Carajos… —murmuró, y salió de su oficina sin perder tiempo.
Al llegar, la escena lo encolerizó todavía más: dos personas atrapadas en el baño de mujeres
—¿Quién carajos hizo esto? —preguntó con furia a los estudiantes que estaban alrededor.
Nadie respondió. Todos bajaron la mirada en silencio.
Entonces se acercó a la puerta.
—Apártensen, voy a derribarla —ordenó.
Ambos obedecieron, y con una patada logró abrirla. Al ver a Micaela empapada, protegida por Diego, su rabia se intensificó.
—¿Qué hace aquí, señorita Chávez, con este joven? —exigió—. Y usted, váyase ya.
Diego notó algo raro en la forma en que se miraban, pero calló y se fué confundido.
El director dirigió una mirada severa a los estudiantes, ordenándoles que se retiraran; todos obedecieron sin cuestionar. Luego volvió su atención a Micaela, con los celos brillando intensamente en sus ojos.
—¿Qué hacía usted en el baño con ese joven? —preguntó con severidad.
—Director, yo no…
—No tiene explicación está más que claro por qué se quedó a solas con un hombre—la interrumpió enseguida, incapaz de controlar los celos que sentía.
—Ni siquiera conoce los hechos y ya me está señalando, como si yo hubiera hecho algo incorrecto.—dijo, molesta, ya fastidiada por Kenta y los celos sin sentido del director.
—No me venga con excusas, Micaela Chávez. ¿Qué más podría pasar entre una mujer y un hombre encerrados en un baño? ¡Y encima toda mojada! —dijo, irritado y celoso.
—¿Me está acusando de acostarme con él?—replicó Micaela, molesta—. No soy ese tipo de persona.
—¿Qué otra cosa podría estar haciendo? —continuó, encerrado en sus celos, sin darle oportunidad de explicarse.
—¡No me insinúe cosas que no son verdad! —respondió Micaela, herida—. Yo jamás me acostaría con otro hombre que no fuera usted. ¿Sabe por qué? Porque lo amo y hoy me arreglé solo para usted.
El director se quedó en silencio, sorprendido y sin saber cómo reaccionar. Escuchar que Micaela lo amaba y que se había arreglado solo para él le provocó una sensación extraña. Al notar su mutismo, Micaela decidió apartarse y salir del baño.
Nada más salir, la optometrista que le había dado las gafas aquella vez la vio y, conmovida, la llevó a servicios estudiantiles para darle ropa seca. Allí le entregó un uniforme limpio que había estado guardado, pensando que le quedaría bien. Micaela lo sostuvo, dudando un momento, pues no estaba acostumbrada a usar algo tan corto.
—Gracias —dijo, algo tímida, sin más remedio que ponerse el uniforme, ya que su vestido estaba completamente mojado.
Al salir de servicios estudiantiles, Micaela caminaba con nerviosismo. Muchos chicos se volteaban a mirarla, pues el uniforme hacía notar su buen cuerpo. En ese momento, Diego la detuvo, aliviado de verla bien pero ansioso por saber exactamente qué había pasado.
—micaela, dime la verdad, ¿fueron Kenta y sus amigas las que te hicieron esto?—preguntó, mirándola a los ojos, esperando que le contara la verdad.
Oficina del director
El director se encontraba en su oficina. Había empezado la mañana lleno de estrés, y aunque ya lo había dejado atrás, un pensamiento sobre Micaela no lo abandonaba. La discusión que habían tenido lo había dejado intranquilo. Por ello, con voz atronadora, llamó a Berenice, quien entró rápidamente a su oficina.
—Sí, señor director —contestó ella, entrando de inmediato, erguida pero claramente nerviosa.
—Dígale a Micaela Chávez que se presente en mi oficina enseguida.
—Sí, señor, así lo haré —contestó Berenice y salió en busca de Micaela. Por suerte, la encontró en el pasillo, aún conversando con Diego.
—Señorita Chávez, el director de la Vega la solicita en su oficina —interrumpió Berenice, sin darle tiempo a Micaela de explicarle a Diego que había sido Kenta y sus amigas.
Micaela asintió y dirigió una breve mirada a Diego, como diciendo que después le explicaría, aunque no revelaría todo. Él lo entendió y se marchó.
Luego respiró hondo antes de caminar hacia la oficina del director. Solo imaginarse a solas con él, vestida así y aún enfadada, la hacía nerviosa y turbada.