Samantha creció entre lobos sin tener ni una gota de su fuerza: una humana abandonada en el portón de la Manada de la Luna Sangrienta, tratada como basura por todos… menos por su mejor amiga. Hasta la noche en que cumple dieciocho años y un tirón imposible la arrastra hasta el único hombre que jamás debió mirarla: Kaio, el Alfa más temido de la región.
Por un instante, el destino parece reescribirse. Pero el día de su boda, una trampa cuidadosamente tejida la deja sin nada: rechazada ante toda la manada, acusada de traición y arrojada bajo la tormenta, descalza y con el vestido hecho jirones.
Lo que Kaio no sabe es lo que ella lleva dentro.
Cuatro años después, en el corazón de Nueva York, Samantha ya no es la chica que suplicó ser creída. Es una madre feroz, una empresaria que nadie se atreve a subestimar y el secreto mejor guardado de dos mundos. Sus gemelos tienen los ojos de un linaje que muchos creían leyenda… y hay quienes llevan años buscando a la Loba Sagrada.
Ahora el pasado vuelve a llamar a su puerta, con las mismas manos que la expulsaron y una pregunta que quema: ¿quién es el padre de esos niños?
¿Hasta dónde puede llegar una mujer a la que le arrebataron todo… cuando por fin tiene algo que proteger?
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Capítulo 6
La última miga del croissant desapareció en mi boca y dejó un rastro de calor que hacía mucho tiempo no sentía. Miré el papel de estraza vacío entre mis manos y lo guardé como si fuera un tesoro. Ese pequeño gesto de un humano desconocido me demostró una cosa: en aquel mundo de concreto no necesitaba ser fuerte, ni tener garras, ni un aura aplastante para recibir misericordia.
Pero la tregua duró poco. En cuanto el estómago se llenó, me golpeó una oleada de cansancio todavía más violenta. Los ojos se me cerraban de forma anormal. Un mareo repentino hizo girar la plaza a mi alrededor y una náusea leve, pero persistente, me picó en el fondo de la garganta.
Efecto del hambre prolongada, pensé, apretándome el vientre con la mano para calmar el malestar.
Estaba débil. Necesitaba ropa normal y un plan. El vestido de novia roto y manchado de lodo atraía demasiadas miradas de los peatones que empezaban a llenar las aceras.
Me levanté de la banca tambaleándome un poco. Dejé los zapatos de tacón atrás y caminé descalza, sintiendo cómo el asfalto frío aliviaba el ardor de mis cortes. Usé el instinto de observación que me había mantenido viva como la «mascota humana» de la Luna Sangrienta para entender la dinámica de aquel lugar. Noté que los humanos intercambiaban pedazos de papel de colores y pequeñas monedas de metal por todo lo que querían. Comida, ropa, refugio… todo dependía de eso. Yo no tenía nada.
Anduve casi una hora hasta encontrar un callejón detrás de una gran tienda departamental. Ahí, junto a unos contenedores de metal, había una bolsa de plástico negra rota, rebosante de telas. Me acerqué con cautela, mirando a los lados. Nadie me vigilaba. A nadie en la ciudad parecía importarle mi existencia. Para Kaio y para la manada yo era una página pasada, un desecho. Por fin estaba olvidada. Y el olvido era mi mejor escudo.
Revolví la bolsa y encontré unos pants negros, desteñidos y con un agujerito en la rodilla, y una camiseta gris tres veces más grande que mi talla. Para mí eran una armadura. Entré detrás de un contenedor, me quité lo que quedaba del tul y la seda de mi vestido de novia —el símbolo de mi mayor humillación— y lo dejé hundirse en la mugre del callejón. Al ponerme la ropa humana sentí como si estuviera cambiando de piel.
Al salir del callejón vi un gran espejo agrietado tirado en la acera. Me acerqué y miré mi reflejo. Tenía el cabello rubio enmarañado, el rostro pálido y con ojeras profundas. Pero lo que me asustó fueron mis ojos. Había en ellos una frialdad que yo nunca había visto. La chica ingenua que le había suplicado amor a Kaio había muerto congelada en aquel bosque.
De pronto, el olor a humo y a grasa de una lonchería cercana me golpeó la nariz. Aquel olor, que debería haber sido apetitoso, me revolvió el estómago con violencia. Corrí hasta la esquina de la acera y me incliné a vomitar lo poco que había comido. El pecho me subía y bajaba, y un sudor frío me escurría por el cuello.
—¿Qué me está pasando? —susurré para mí misma, limpiándome la boca con el dorso de la mano.
Mi cuerpo nunca había rechazado la comida de esa forma, ni siquiera en los días de mayor privación en la manada. El mareo volvió y me obligó a apoyarme en la pared de ladrillo de un edificio antiguo. En la fachada, un cartel rasgado me llamó la atención. Tenía el dibujo de una escoba y un cubo, con unas palabras que logré deletrear despacio: «Se necesita ayudante de limpieza. Pago por día. Tratar en la parte de atrás».
Era un restaurante de fachada sencilla, llamado «El Caserón».
No tenía documentos, no tenía referencias y apenas sabía hablar con los humanos sin parecer un animal asustadizo. Pero sabía trabajar duro. Fregar pisos, lavar platos y cargar peso era todo lo que había hecho en la vida para los lobos. Respiré hondo, me tragué la náusea que seguía quemándome la garganta y caminé hacia la puerta de atrás. Mi supervivencia empezaría ahí.
Me acerqué a la puerta de hierro pintada de verde oscuro, cuya pintura descascarada dejaba ver el metal oxidado debajo. Levanté la mano izquierda, que temblaba visiblemente, y cerré los dedos en un puño. En ese instante, el peso de toda mi vida parecía concentrado en mis nudillos. Tocar aquella puerta no era solo pedir trabajo; era clavar de una vez mi bandera en el mundo de los humanos, cortando el último hilo invisible que aún me unía a la Manada de la Luna Sangrienta.
Toqué tres veces.
El sonido hueco retumbó por el callejón estrecho y me pareció demasiado fuerte, casi un disparo. Un segundo. Nada cambió. El silencio que siguió fue sofocante. Cinco segundos. El corazón me martilleaba contra las costillas, tan violento que temí que me rompiera la camiseta gris y gastada que llevaba puesta. Miré hacia atrás, a la salida del callejón, con un impulso abrumador de correr y esconderme de nuevo en la casa abandonada. Yo era una intrusa ahí. Si descubrían que venía de las tierras de los lobos, ¿qué harían conmigo?
Diez segundos. El sudor frío me brotó en la frente y se mezcló con el mareo que seguía nublándome la vista. Cada latido parecía durar una eternidad. La puerta frente a mí se veía como una muralla infranqueable, y el rechazo de Kaio resonó como un susurro fantasmal en mi oído: No vales nada. No eres nada.
Contuve la respiración, a punto de darme la vuelta, cuando el sonido metálico de un cerrojo girando rompió la tensión. El chirrido áspero de la puerta de hierro al abrirse cortó el aire, y una rendija de luz amarillenta reveló una silueta humana, a punto de decidir mi destino.