Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 3 — El dueño de las cartas
El sobre permaneció sobre la mesa varios minutos.
Kang Min-Jae seguía mirándolo.
Sentado a solas en su oficina, hacía girar el bolígrafo entre los dedos sin apartar los ojos del nombre escrito en el remitente.
Ethan Ashford.
Un nombre desconocido.
Completamente desconocido.
Aun así, había algo en esa carta que le despertaba la curiosidad.
Quizá porque ya nadie escribía cartas.
Quizá porque había viajado miles de kilómetros hasta llegar a él.
O quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, algo inesperado había interrumpido su rutina.
La vida de Min-Jae era sumamente ordenada.
Misiones.
Entrenamientos.
Informes.
Reuniones.
Todo seguía horarios rígidos.
Previsibles.
Controlados.
Pero aquella carta no.
Era un misterio.
Y a Min-Jae nunca le había gustado dejar un misterio sin respuesta.
Por fin abrió el sobre.
Sacó las hojas con cuidado.
Recorrió con la vista las primeras líneas.
Querido capitán Kang Min-Jae...
Parpadeó.
Volvió a leer.
Y siguió adelante.
Cuanto más leía, más confundido se sentía.
La carta no parecía una correspondencia formal.
Tampoco parecía un error.
Ethan escribía como si de verdad lo conociera.
Como si llevaran años en contacto.
Hablaba de su ciudad.
De su tío insistente.
De pretendientes desagradables.
De flores.
Libros.
Sueños.
Miedos.
Pequeñas cosas de la vida cotidiana.
Min-Jae leyó hasta la última línea.
Al terminar, notó algo extraño.
Estaba sonriendo.
No era una sonrisa grande.
Pero estaba ahí.
Discreta.
Genuina.
—¿Quién eres...?
La pregunta se le escapó en voz alta.
Por primera vez en años, alguien le había contado cosas sencillas.
Sin intereses.
Sin expectativas.
Sin formalidades.
Solo pensamientos sinceros.
Eso era inusual.
Muy inusual.
Entonces llamaron a la puerta.
—¿Capitán?
Min-Jae levantó la vista.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Yoon Ji-Ho entró con una carpeta.
Su mejor amigo desde los tiempos de la academia.
—Te traje los documentos de la misión de la próxima semana.
Ji-Ho dejó la carpeta sobre el escritorio.
Entonces vio la carta.
—¿Y eso qué es?
—Una carta.
—Eso lo veo.
Ji-Ho se cruzó de brazos.
—¿Quién manda cartas en 2026?
Min-Jae no respondió enseguida.
—Un omega de Britania.
El silencio duró dos segundos.
Entonces Ji-Ho casi tira la silla.
—¿Un qué?
—Un omega.
—¿De Britania?
—Sí.
—¿Para ti?
—Sí.
—¿Conoces a ese omega?
—No.
—¿Él te conoce a ti?
—No tengo idea.
Ji-Ho se quedó mirando a su amigo.
—Esto se está poniendo raro.
—Estoy de acuerdo.
—¿Parece peligroso?
—No.
—Entonces, ¿qué te escribió?
Min-Jae lo pensó un momento.
—Sobre flores.
Ji-Ho parpadeó.
—¿Flores?
—Y libros.
—¿Libros?
—Y su tío.
—¿Su tío?
—Sí.
Ji-Ho se llevó la mano a la cara.
—Estoy tratando de entender y solo me confundo más.
Por primera vez en todo el día, Min-Jae se rio.
Una risa baja.
Pero sincera.
—Yo también.
Esa noche, al volver a su departamento, Min-Jae se llevó la carta.
No sabía muy bien por qué.
Tal vez simplemente no quería dejarla en la base.
El departamento estaba en silencio.
Como siempre.
Vivía solo desde hacía años.
La rutina militar dificultaba mantener relaciones.
Y, para ser sincero, nunca había encontrado a nadie que despertara su interés.
Después de cenar, se sentó junto a la ventana.
La ciudad de Seúl brillaba afuera.
Luces infinitas.
Edificios altos.
Movimiento constante.
Pero su atención estaba en la carta.
Una vez más.
La leyó línea por línea, despacio.
Esta vez fijándose en los detalles.
En la forma de escribir de Ethan.
En las pequeñas bromas.
En las quejas sobre los pretendientes.
En las descripciones del jardín.
En los comentarios sobre la lluvia.
Era fácil imaginarse a aquel omega.
Demasiado fácil.
Como si las palabras hubieran formado una imagen en su mente.
Un joven sentado junto a una ventana.
Con una taza de té en las manos.
Escribiendo mientras veía caer la lluvia.
Min-Jae negó con la cabeza.
Aquello era ridículo.
Ni siquiera conocía el rostro del muchacho.
Aun así...
Sentía curiosidad.
Mucha curiosidad.
Por primera vez en años.
En Britania, esa misma noche, Ethan estaba sentado frente a su escritorio.
Otra carta.
Otra hoja en blanco.
Otra conversación con alguien que no existía.
O, al menos, eso creía él.
La pluma se deslizó por el papel.
Querido capitán Kang Min-Jae...
Una sonrisa se dibujó en sus labios.
Hoy mi tío intentó presentarme a otros dos alfas.
Hizo una pausa.
Empiezo a creer que montó una fábrica secreta de pretendientes.
Ethan se rio solo.
Luego siguió escribiendo.
Sin saber.
Sin imaginar.
Que el hombre del otro lado del mundo ya había leído sus palabras.
Que aquel alfa era real.
Que, en ese mismo instante, en Seúl, Kang Min-Jae estaba releyendo su primera carta por tercera vez.
Y que, poco a poco, un simple desconocido empezaba a ocupar espacio en sus pensamientos.