Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
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Capítulo 19: Después del primer beso
Después del primer beso, todo fue distinto, pero no distinto raro, distinto bueno. En el colegio la gente no sabía, o si sabía no decía nada, pero nosotros sabíamos y nos mirábamos en los recreos y nos reíamos solos, como si tuviéramos un secreto guardado en la azotea.
Ese lunes llovió de nuevo, mucho, y don Luis nos dijo que no podíamos subir porque el techo estaba muy resbaloso. Nos fuimos a la biblioteca, que estaba vacía porque todos estaban en clases. Nos sentamos en una mesa del fondo, con un libro abierto que no estábamos leyendo, y nos tomamos las manos por debajo de la mesa para que nadie nos viera.
Kael me dijo que estaba nervioso desde el sábado, que no había dormido bien porque pensaba mucho. Le pregunté si era por la pelea o por nosotros. Me dijo que por nosotros, que le daba miedo hacer algo mal o apurarme o que yo me arrepintiera. Le dije que a mí también me daba miedo, pero no de arrepentirme, de no saber qué hacer.
Me contó que su tío le había hablado después de la pelea, que le había dicho que cuando uno quiere a alguien tiene que cuidarlo y no apurar nada, y que lo más importante era el respeto y la confianza. Le dije que mi mamá me había dicho algo parecido el domingo, que me había dicho que lo más importante era que yo me sintiera segura y tranquila y que nadie me apurara a nada que no quisiera.
Nos quedamos callados un rato y escuchábamos la lluvia en las ventanas de la biblioteca. Kael me preguntó si yo quería que siguiéramos como antes, yendo a la azotea y conversando y abrazándonos. Le dije que sí, que eso me gustaba mucho, que me gustaba estar con él y que me gustaba que me escuchara.
Me dijo que a él también le gustaba eso, que no quería apurar nada y que quería que todo fuera a nuestro tiempo, sin presión. Le dije que sí, que a nuestro tiempo estaba bien. Nos abrazamos ahí mismo, en la biblioteca, con el libro todavía abierto, y la encargada de la biblioteca nos miró y se rió y nos dijo que estudiaran.
A las cuatro y media dejó de llover un poco y subimos a la azotea igual, con permiso de don Luis, pero solo cinco minutos porque todavía estaba mojado. El suelo estaba con pozas chicas y el cielo estaba gris, pero se veía lindo igual. Nos sentamos en la parte techada y nos quedamos abrazados, con su chaqueta grande tapándonos a los dos.
Me dijo que desde que nos conocimos se sentía más tranquilo, que antes se guardaba todo y ahora no tanto. Le dije que a mí me pasaba lo mismo, que antes escribía todo en el cuaderno y no lo contaba, y ahora lo contaba y me sentía más liviana.
Nos besamos de nuevo, despacio, como el sábado, con calma y sin apuro. Fue corto y después nos quedamos mirando Conce con lluvia, con las luces prendidas aunque todavía era de día. Kael me dijo mañana a la misma hora. Le dije mañana a la misma hora.
Bajamos y don Luis nos dijo que nos habíamos demorado más de cinco minutos. Le dijimos que eran seis no más. Se rió y nos dijo que ya, que seis, pero que mañana cinco.
En la salida nos despedimos en la parada y me dijo que le gustaba que habláramos de lo que sentíamos y de lo que nos daba miedo, que así se sentía más seguro. Le dije que a mí también me gustaba, que así no me sentía sola con mis pensamientos.
Llegué a mi casa y mi mamá me preguntó cómo estaba. Le dije que bien, que tranquila. Me preguntó si había hablado con Kael. Le dije que sí, que habíamos hablado mucho. Me dijo que me veía contenta y tranquila y que eso era lo importante.
Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno de cálculo. No taché nada, pero escribí: 15 de julio, hablamos de cuidarnos y de ir despacio. Y abajo escribí: me gusta ir a nuestro tiempo.
Guardé el cuaderno y me acosté pensando en la biblioteca y en la azotea con lluvia y en que me gustaba que Kael me escuchara y que yo lo escuchara a él.