Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.
Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.
Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.
Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.
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Capítulo 3
Capítulo 3: Cinco mil dólares en sus labios
Sienna
Mi hermano me consiguió trabajo en menos de dos días. No sabía si sentirme orgullosa de él o asustada.
—¿Una tienda de tatuajes? —pregunté en el auto—. Wes, yo no sé tatuar. Apenas puedo trazar una línea recta con regla.
—No necesitas tatuar. —Ni siquiera levantó la vista del celular—. Jules necesita a alguien que maneje el lugar. Eres lista. Te irá bien.
Marchetti Ink estaba a solo dos cuadras de donde Wes decía que tenía su oficina. Un letrero negro con letras doradas colgaba sobre la puerta. Adentro todo eran paredes blancas y pisos de madera oscura, con bocetos enmarcados por todas partes. Rosas. Serpientes. Calaveras. Una mujer con alas hechas de cuchillos. Era genial. Muy genial.
—¡Wes! —llamó un hombre desde el fondo.
Salió secándose las manos con una toalla. Alto, delgado, quizá unos años mayor que yo. Pelo rubio oscuro echado hacia atrás, como si se hubiera pasado los dedos cien veces. Un diminuto aro de plata en la nariz. Tinta trepándole por ambos brazos.
Me recorrió de arriba abajo y sonrió como un hombre que sabe perfectamente lo encantador que es.
—Así que esta es la famosa hermanita.
—Sienna —dije, extendiendo la mano.
—Jules. —Me la estrechó y la sostuvo un segundo de más—. Tu hermano habla de ti sin parar. Qué gusto por fin ponerle cara al nombre.
Jules me nombró gerente del local. Citas. Horarios. Insumos. Dinero que entra, dinero que sale. Eso podía hacerlo dormida. A mitad de la mañana llegó su hermana gemela, Juno. Pelo rubio ceniza, delineado negro alargado, un tatuaje justo en la garganta y piercings suficientes para activar la alarma de un aeropuerto. Era rudísima. Me cayó bien al instante.
También coqueteó con mi hermano con tanta insistencia que tuve que mirar la pared.
—Martes, jueves y sábados —dijo Juno—. De una a siete. Es cuando estamos a reventar.
—Me parece bien —dijo Wes, antes de que yo pudiera abrir la boca.
Todos lo miraban a él. Como si fuera el jefe. Como si necesitaran su permiso. Era raro. Mi hermano solía robar galletas de la cocina a medianoche. Ahora la gente se enderezaba cuando él entraba.
—¿Empiezas mañana? —me preguntó Jules.
—Mañana —dije.
Me guiñó un ojo.
Wes no lo vio. Yo fingí que yo tampoco.
Wes me dejó en el penthouse y volvió a desaparecer, igual que Ronan. No tenía idea de adónde iban todo el día, y nadie me lo decía. Así que me armé mi propia diversión.
Comida china para llevar. Una copa de vino tinto que encontré en el gabinete junto al bar. Y City Heels en la televisión más grande que había visto en mi vida. Antes me cambié a la pijama. Shorts de seda y una camisola fina de seda, rosa pálido.
No tenía pants. Nunca los había tenido. Mi padre decía que los pants eran para flojos y perdedores. Hasta mi ropa de dormir tenía que verse bien. Incluso sola. Incluso de noche. Me acurruqué en el sofá con los pies bajo el cuerpo y la copa en equilibrio sobre mi muslo desnudo.
En la pantalla, las chicas discutían si valía la pena un hombre que no contesta los mensajes. Me reí tanto que casi derramé el vino.
Ding.
El elevador.
La risa se me murió en la garganta.
Miré por encima del hombro. Ronan acababa de entrar al vestíbulo. Traje oscuro. Camisa blanca abierta en el cuello. Sin corbata. Hablaba por teléfono en voz baja y todavía no me había visto.
Entonces me sintió. Juro que eso fue lo que pareció. Levantó la cabeza y sus ojos fueron directo a los míos, como si hubiera dicho su nombre en voz alta. Todo ese pelo oscuro. Cejas oscuras. Pestañas oscuras. Una sombra de barba a lo largo de la mandíbula.
Si el diablo se sentara algún día a tallar un hombre con puro pecado, se vería exactamente como Ronan Kestrel. Se guardó el celular en el bolsillo. Sus zapatos resonaron sobre el mármol mientras entraba a la sala.
—Hola —chillé.
Sus ojos me recorrieron. La camisola de seda. Mis piernas desnudas. Luego la mesa de centro, cubierta de cajas grasosas de comida. Tragué saliva.
—Puedes comer, si quieres —ofrecí—. Hay mucho.
Dio un paso hacia mí. Luego otro. Nunca había estado tan cerca. A unos pasos, de pie junto al sofá, mirándome desde arriba.
—¿Estás —dijo despacio— bebiendo una botella de vino de cinco mil dólares con cincuenta dólares de comida para llevar?
Su voz era como miel vertida sobre grava. Abrí los ojos como platos. Miré la copa sobre mi muslo.
—¿Cinco mil?
No respondió. Su rostro no se movió en absoluto.
—Lo siento muchísimo —tartamudeé—. No tenía idea. No estoy acostumbrada a... todo esto. —Agité la mano para abarcar todo el penthouse, toda la ciudad, toda esa vida—. Te lo pagaré. Lo juro. Quizá tarde unos años, pero...
—¿Te gustó?
Me callé. Eso no era lo que esperaba. Miré la copa. Estaba casi vacía. Luego volví a mirarlo y asentí, como una niña pequeña sorprendida con la mano en el frasco de galletas.
—Estaba muy bueno —susurré.
Sus ojos bajaron a mi boca. Tenía los labios todavía húmedos. Sentía el sabor del vino en ellos. Los miró un segundo largo y lento, y luego se lamió el labio inferior.
Una sola vez, despacio. El calor me recorrió todo el cuerpo. De las mejillas, por la garganta, hasta lo más hondo entre las piernas. Hizo un breve gesto de asentimiento. Luego se dio la vuelta y subió por la escalera flotante sin decir una palabra más.
No respiré hasta que se fue.
¿Estaba furioso? ¿No le importaba? No pude saberlo. Ese hombre nunca mostraba nada. Ni enojo. Ni una sonrisa. Nada, pero se lamió el labio. Miró mi boca y se lamió el labio.
Bebí el último sorbo de vino y lo retuve en la lengua mucho tiempo. Cinco mil dólares. Ahora sabía distinto. Sabía a él mirándome.
Lo recogí todo. Owen había dicho que Ronan era un hombre meticuloso, y yo no quería que bajara y encontrara manchas de grasa en su mesa de centro. Lavé la copa y la devolví exactamente donde la había encontrado. Apagué la televisión. Guardé las sobras en recipientes y preparé dos platos. Uno para Wes.
Y uno para Ronan. Me dije que era solo cortesía. Nos dejaba quedarnos ahí. Es lo que se hace. Tapé los platos y los dejé sobre la encimera de la cocina.
Esa encimera de mármol. Desvié la mirada rápido. Luego subí a decirle dónde estaba su comida. Solo eso. Me plantaría en su puerta, diría dos frases y me iría.
Fácil.
El pasillo estaba en penumbra y en silencio. Pasé frente a mi cuarto. Frente a la habitación de huéspedes. Mis pies descalzos no hacían ruido sobre el piso. Siempre había sido silenciosa. En casa de mi padre aprendías a moverte como un fantasma. Aprendías que hacerte oír era peligroso.
A mitad del pasillo me detuve. ¿Debía tocar? ¿Debía esperar abajo hasta que saliera? Entonces lo vi. Al fondo del pasillo, la puerta de su recámara estaba abierta de par en par.
Una luz dorada se derramaba sobre el piso, y desde adentro oí un sonido. Grave. Áspero. El aliento de un hombre, lento y pesado. El corazón empezó a golpearme. Debía darme la vuelta. Sabía que debía darme la vuelta.
En cambio, di un paso más hacia la luz.