Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Conde Vizoconti 1
La puerta se abrió lentamente.
Aria, que hasta hacía unos segundos estaba sentada sobre la cama intentando convencerse de que no había despertado dentro de una novela de época, levantó la cabeza de inmediato.
Un hombre alto entró en la habitación.
Vestía una elegante chaqueta oscura, pantalones ajustados y botas de cuero. Su cabello estaba cuidadosamente peinado y sus facciones eran atractivas, aunque en aquel momento tenía el ceño ligeramente fruncido.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de Aria fueron sus ojos.
Estaban llenos de preocupación.
—Aria.
La voz del hombre se suavizó en cuanto la vio sentada en la cama.
—¿Qué ha sucedido? Las doncellas me dijeron que gritaste.
Aria se quedó mirándolo.
[¡Es él! ¡El conde Vizconti! ¡Mi hermano!].
Aunque había visto su rostro en los recuerdos de la verdadera Aria, encontrárselo frente a frente era una experiencia completamente diferente.
Era un hombre real.
Un hombre alto, atractivo y elegantemente vestido que, por alguna razón, la miraba como si fuera la criatura más importante del mundo.
Y ella debía fingir que era su hermana pequeña.
[Tranquila. Solo tienes que hablar con normalidad. Es tu hermano, no un verdugo].
—Yo...
El conde se acercó inmediatamente a la cama.
—¿Te encuentras mal? ¿Debo llamar al médico?
—¡No!
La respuesta salió tan rápido que ambos se sorprendieron.
Aria parpadeó.
[¡Ay, no! ¡No grites! ¡Las señoritas de época no gritan!].
Se apresuró a bajar la voz.
—Quiero decir... no es necesario, hermano. Estoy bien.
El conde la observó con atención.
Aria sintió que el corazón se le aceleraba.
[¿Por qué me mira así? ¿Tengo algo en la cara? ¿Acaso la verdadera Aria nunca le habla de esta manera?].
El hombre se sentó a su lado.
—Entonces, ¿por qué gritaste?
Aria apretó los dedos sobre la sábana.
¿Qué podía decirle?
¿Que había muerto después de pasar veinte años enferma y que, por alguna misteriosa razón, ahora ocupaba el cuerpo de su hermana?
No.
Definitivamente, no.
Quizá en aquel mundo existieran magos capaces de comprender semejante situación, pero ella no tenía intención de terminar encerrada en un templo para que un grupo de estudiosos investigara su alma.
Así que hizo lo único que se le ocurrió.
Bajó la mirada y murmuró..
—Tuve una pesadilla.
El conde guardó silencio.
—¿Una pesadilla?
Aria asintió.
—Sí, hermano.
La palabra salió de sus labios con cierta timidez.
Y, por alguna razón, pareció tener un efecto inmediato sobre él.
Su expresión se suavizó.
—Ya veo.
Levantó una mano y acarició delicadamente su cabello celeste, apartando un mechón que le caía sobre la frente.
—Pobre niña.
Aria se quedó inmóvil.
[¿Niña?].
¡Ella tenía veinte años!
¡Había cumplido veinte años antes de morir!
Por supuesto, el cuerpo que ahora ocupaba tenía diecinueve, pero seguía siendo una adulta.
Una adulta que había pasado por tratamientos médicos, noches de miedo y suficientes preocupaciones como para sentirse mucho mayor que su edad.
Y aquel hombre acababa de acariciarle la cabeza como si tuviera cinco años.
Sin embargo...
La mano era cálida.
El gesto, delicado.
Y en sus ojos no había condescendencia, sino un cariño tan sincero que Aria no supo cómo reaccionar.
El conde volvió a sonreír.
—Debes de estar agotada. Te pediré un desayuno suave para que puedas comer algo sin sentirte mal.
—Gracias, hermano.
Aria respondió casi por instinto.
El hombre pareció satisfecho.
—Descansa un poco después de desayunar. No tienes que preocuparte por nada esta mañana.
[¡Qué maravilloso!].
Aria sintió que sus hombros se relajaban.
Un desayuno.
Una cama cómoda.
Un hermano que parecía dispuesto a resolver cualquier problema.
Y un cuerpo que no se sentía enfermo.
Si aquello no era el paraíso, al menos se le parecía bastante.
Pero entonces el conde añadió, con absoluta naturalidad..
—Quizá todavía eres demasiado asustadiza para pensar en el matrimonio.
Aria se congeló.
La paz que acababa de encontrar desapareció en un instante.
[¡EL MATRIMONIO!].
Por supuesto.
¿Cómo había podido olvidarlo?
La verdadera Aria tenía diecinueve años, pertenecía a una familia noble y estaba en edad de casarse. Su hermano había comenzado a considerar posibles pretendientes, y la familia esperaba que tarde o temprano eligiera a un esposo adecuado.
¡Pero ella acababa de llegar a aquel mundo!
Ni siquiera sabía cómo funcionaba la magia.
No conocía las costumbres de la nobleza.
No tenía idea de quiénes eran los duques, los marqueses o los condes que podrían presentarse ante ella.
Y, lo más importante, no tenía la menor intención de casarse con un desconocido.
[¡Acabo de conseguir una segunda vida! ¡No voy a entregársela al primer hombre atractivo que aparezca!].
El conde continuó hablando, sin advertir la tormenta que se había desatado en la cabeza de su hermana.
—No tienes que apresurarte. Todavía eres joven.
Aria levantó la mirada.
Su hermano la observaba con una sonrisa tranquila.
Que tierno