«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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La sombra de la última noche
Época moderna — Ciudad de Vespera
Seraphine Veyrath había imaginado muchas formas de morir.
Un accidente absurdo. Una enfermedad inesperada. Quizá aplastada por alguna de las estanterías de la biblioteca universitaria, considerando la lamentable condición en las que se encontraban.
Pero jamás había contemplado la posibilidad de ser asesinada en su propia habitación por dos hombres extraordinariamente atractivos y aparentemente incapaces de comprender el concepto de propiedad privada.
—Cuatro —anunció.
El hombre de ojos carmesí arqueó una ceja.
—¿Disculpa?
—Tres.
Vael Draven miró a Kaelith.
—Creo que está contando.
—Dos.
—Me había dado cuenta —respondió el soberano.
Seraphine levantó un poco más el libro que sostenía entre las manos.
—Uno.
Ninguno de los dos se movió.
Ella lanzó el libro.
Kaelith lo atrapó antes de que alcanzara su rostro.
El silencio que siguió fue absoluto.
Seraphine contempló su mano vacía.
Después miró al desconocido.
—Bien. Eso ha sido inquietante.
Vael soltó una carcajada.
—Oh, definitivamente me agrada.
Kaelith bajó la mirada hacia el libro.
Historia de las civilizaciones antiguas.
Una ironía que no pasó desapercibida para él.
—Deberías tener más cuidado con tus pertenencias —comentó.
Seraphine sintió que la indignación comenzaba a imponerse sobre el miedo.
—¿Mis pertenencias? ¡Tú acabas de aparecer en mi habitación como si fueras el dueño del edificio!
—Técnicamente —intervino Vael—, él podría comprar el edificio.
—Nadie te ha preguntado.
El demonio de cabellos blancos sonrió.
—Definitivamente me agrada.
Kaelith dejó el libro sobre el escritorio.
—Seraphine, necesitamos hablar.
Ella retrocedió un paso.
—No. Lo que necesito es una explicación. Una explicación convincente, preferiblemente acompañada de una demostración de que no estoy perdiendo la cabeza.
—No estás perdiendo la cabeza.
—¡Eso es exactamente lo que diría una alucinación!
Vael levantó un dedo.
—Tiene un argumento bastante sólido.
Kaelith le dirigió una mirada.
—¿No tienes algún lugar donde debas estar?
—Varios, en realidad. Pero ninguno parece tan entretenido como este.
Seraphine aprovechó el intercambio para alcanzar su teléfono.
Marcó el número de emergencias.
Antes de que pudiera iniciar la llamada, la pantalla se apagó.
Lo intentó nuevamente.
Nada.
—¿Qué le hicieron a mi teléfono?
Kaelith observó el aparato.
—La energía de nuestra presencia está interfiriendo con tus dispositivos.
—Qué conveniente.
—No he venido a hacerte daño.
Seraphine soltó una risa seca.
—¿Y se supone que debo creerte porque lo dices con una voz bonita?
Vael se llevó una mano al pecho.
—Qué tragedia. A mí nunca me dicen esas cosas.
—Vael —advirtió Kaelith.
—Ya, ya. Guardaré silencio.
Duró exactamente tres segundos.
—Aunque, si vamos a ser precisos, ella tiene motivos para desconfiar.
La expresión de Kaelith cambió.
—No continúes.
Seraphine los observó alternativamente.
Aquello era lo más perturbador.
No parecían dos desconocidos que hubieran entrado en su habitación por accidente.
Parecían dos personas discutiendo sobre algo que ella tenía derecho a conocer.
Y ambos estaban decidiendo cuánto permitirle escuchar.
—Basta.
Su voz salió más firme de lo que esperaba.
Kaelith volvió la mirada hacia ella.
—No sé quiénes son, no sé cómo entraron y definitivamente no sé por qué hablan de mí como si fuera un objeto que encontraron después de perderlo. Pero voy a dejar algo muy claro.
Se irguió.
—No tienen derecho a decidir qué debo saber.
Durante un instante, Kaelith permaneció inmóvil.
Después inclinó ligeramente la cabeza.
—Tienes razón.
Vael abrió mucho los ojos.
—¿Perdón?
—He dicho que tiene razón.
—Oh, esto es histórico.
Kaelith ignoró el comentario.
—Mereces respuestas, Seraphine.
Ella señaló la puerta.
—Entonces empezaremos con una condición: los dos se alejarán de mí. Y si alguno intenta acercarse sin mi permiso, esta conversación termina.
Vael miró al soberano.
—¿También debo obedecerla?
—Especialmente tú —respondió Kaelith.
—Qué ambiente tan hostil.
Ambos retrocedieron.
Seraphine se dirigió hacia la puerta, giró el picaporte y comprobó que podía abrirla. Después miró el pasillo vacío.
Por un instante consideró salir corriendo.
Pero ¿adónde iría?
Uno de aquellos hombres había aparecido de la nada y el otro se había sentado en su ventana como si las leyes de la física fueran una sugerencia.
Si podían encontrarla allí, también podrían encontrarla en cualquier otro lugar.
Además, estaba cansada de huir de preguntas que ni siquiera sabía formular.
Cerró la puerta sin poner el seguro.
—Ahora sí. Hablen.
—Mi nombre es Kaelith Nocthar.
Seraphine cruzó los brazos.
—Eso ya lo escuché.
—Gobierno uno de los reinos que existen más allá del mundo humano.
—¿Un reino?
—Sí.
—¿Y qué clase de reino?
Vael sonrió con entusiasmo.
—Oh, esta parte es maravillosa.
Kaelith cerró los ojos durante un instante.
—El Reino Infernal.
Seraphine parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Después miró hacia la puerta.
—Bien. Voy a necesitar un café.
Unos minutos después, Seraphine estaba sentada en el borde de su cama con una taza entre las manos.
No había preparado café para sus visitantes.
Consideraba que la hospitalidad tenía límites razonables.
Tampoco había dejado de vigilarlos.
Su teléfono descansaba junto a ella, inútil por el momento, y la puerta permanecía sin seguro.
Kaelith estaba junto a la ventana, a una distancia prudente, mientras Vael examinaba con descarado interés los objetos de su escritorio.
—Entonces —comenzó ella—, ustedes son demonios.
—Correcto —respondió Vael.
—Y tú eres una especie de rey.
Kaelith asintió.
—Soberano.
—No veo la diferencia.
—Hay una diferencia considerable.
—Estoy segura de que es fascinante. Ahora mismo no me importa.
Vael se echó a reír.
Kaelith lo ignoró.
—¿Qué recuerdas de tus sueños?
La pregunta tomó a Seraphine por sorpresa.
Sus dedos se cerraron alrededor de la taza.
—¿Por qué?
—Porque algunas cosas que has visto podrían ser reales.
El café dejó de parecerle reconfortante.
—¿Reales?
—Recuerdos.
Seraphine negó lentamente con la cabeza.
—Eso es imposible.
—No para ti.
—Tengo veintitrés años.
—En esta vida.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Seraphine sintió que algo se contraía dentro de su pecho.
—¿Qué significa eso?
Vael dejó de examinar los libros.
Por primera vez, parecía dispuesto a escuchar sin intervenir.
Kaelith mantuvo la distancia que ella había exigido.
—Significa que tu existencia no comenzó cuando naciste en este mundo.
Seraphine contempló su rostro.
Quiso reírse.
Quiso decirle que estaba loco.
Quiso echarlos nuevamente de su habitación.
Pero entonces recordó la pintura.
La corona.
La mujer que tenía su mismo rostro.
Y una voz suplicándole que no se marchara.
—La mujer de la pintura —murmuró.
Kaelith se quedó inmóvil.
—¿Qué pintura?
Seraphine levantó la mirada.
—Una mujer que vivió hace aproximadamente ochocientos años. Se parece exactamente a mí.
Vael miró rápidamente a Kaelith.
Aquella reacción no pasó desapercibida.
—¿Qué? —preguntó ella.
Ninguno respondió.
Seraphine dejó la taza sobre la mesita.
—No voy a repetirlo.
Kaelith parecía estar calculando algo.
—¿Dónde encontraste esa imagen?
—En la universidad.
—¿Quién te la mostró?
—Mi amiga.
—Necesito verla.
Seraphine soltó una risa incrédula.
—Claro. ¿Quieres también las llaves de mi casa?
—Seraphine...
—No.
La firmeza de su respuesta sorprendió incluso a Vael.
—No voy a entregarte nada hasta que me expliques por qué una mujer muerta hace siglos tiene mi rostro y por qué tú pareces conocerla.
Kaelith bajó lentamente la mirada.
—Porque conocí a una mujer con ese rostro.
El corazón de Seraphine dio un vuelco.
—¿Hace ochocientos años?
El silencio se prolongó.
—Mucho antes.
—Entonces ¿también la conociste en esa época?
Kaelith tardó en responder.
—No lo sé.
Seraphine frunció el ceño.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Durante siglos he encontrado rumores, nombres y testimonios de mujeres que podrían haber sido tú. Algunas desaparecieron antes de que pudiera encontrarlas. Otras resultaron ser personas completamente distintas.
La observó con una intensidad que la incomodó.
—Nunca tuve una prueba como la que tengo ahora.
—¿El reloj?
Kaelith asintió.
—Los dos relojes fueron creados para reconocerse. Durante tres mil años permanecieron en silencio. Hasta esta mañana.
Seraphine volvió la mirada hacia el pequeño objeto de plata que descansaba sobre su escritorio.
—¿Y eso significa que debo creerte?
—No —respondió Kaelith—. Significa que tienes derecho a investigar por ti misma.
Aquella respuesta la desconcertó.
Porque no era lo que esperaba escuchar de alguien que afirmaba gobernar el Infierno.
En algún lugar del Reino Celestial, las campanas comenzaron a sonar.
No anunciaban una muerte.
Anunciaban una transgresión.
En una sala construida con piedra blanca, siete figuras luminosas permanecían reunidas alrededor de un círculo de agua suspendida.
Sobre su superficie se reflejaba una habitación humana.
Tres figuras.
Una joven.
Dos demonios.
Aurelian Soltheris observó la imagen sin pronunciar palabra.
Su rostro parecía tallado en mármol.
—El soberano infernal ha establecido contacto —informó uno de los presentes.
—Lo estoy viendo.
—Ha quebrantado el acuerdo.
Aurelian entrelazó las manos detrás de la espalda.
—El acuerdo ya estaba comprometido desde el momento en que ella despertó.
Una figura femenina avanzó desde el extremo del salón.
Elyndra Caelith.
Sus alas permanecían recogidas y su expresión mostraba una serenidad cuidadosamente construida.
—Todavía no sabemos cuánto recuerda.
Aurelian la miró.
—Lo suficiente para atraerlos.
—Eso no demuestra que represente una amenaza.
El silencio que siguió fue incómodo.
Uno de los presentes apartó la mirada.
Aurelian descendió lentamente los escalones.
—¿Estás cuestionando la sentencia?
Elyndra sostuvo su mirada.
—Estoy cuestionando la información sobre la que se fundamenta.
Una luz intensa recorrió las paredes.
Los demás retrocedieron discretamente.
Aurelian se detuvo frente a ella.
—Ten cuidado, guardiana.
—Mi deber es proteger los juramentos.
—Tu deber es obedecerlos.
Elyndra no respondió.
Pero sus dedos se cerraron alrededor de una pequeña pieza de cristal que llevaba oculta bajo la manga.
Dentro de ella brillaba una luz diminuta.
Un recuerdo.
Uno que había protegido durante tres mil años.
—No debemos repetir los errores del pasado —murmuró.
La expresión de Aurelian se endureció.
—El pasado fue juzgado.
—Eso no significa que haya sido comprendido.
Por primera vez, el juez celestial pareció perder la paciencia.
—La mujer murió por sus propias decisiones.
Elyndra levantó la mirada.
—Entonces, ¿por qué tuvimos que borrar lo que sucedió?
Nadie respondió.
Y aquella ausencia de respuesta fue más reveladora que cualquier confesión.
—No te creo.
Seraphine pronunció aquellas palabras después de escuchar a Kaelith explicar, de manera deliberadamente incompleta, la existencia de otros reinos y el fenómeno de las almas que regresaban al mundo humano.
Él permaneció en silencio.
—No puedes aparecer en mi habitación, decirme que tengo miles de años y esperar que lo acepte como si me estuvieras informando del pronóstico del tiempo.
—No espero que lo aceptes inmediatamente.
—Qué considerado.
Vael ocultó una sonrisa.
Seraphine se levantó.
—Quiero una prueba.
Kaelith frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué clase de prueba?
—Una que no pueda explicarse mediante un truco.
Vael levantó la mano.
—Yo podría mostrarle mis cuernos.
—No —respondieron ambos al mismo tiempo.
El demonio los contempló con expresión ofendida.
—Qué pareja tan desagradable.
Seraphine sintió que el rostro le ardía.
—¡No somos una pareja!
Kaelith apartó la mirada.
Demasiado tarde.
Ella había visto algo en sus ojos.
Una sombra de tristeza.
Y aquella reacción la desconcertó más que cualquier explicación sobre demonios.
—Hazlo —ordenó finalmente.
Kaelith la miró.
—¿Qué?
—Demuéstrame que dices la verdad.
El soberano extendió una mano.
Sobre su palma apareció una pequeña llama negra.
No producía humo.
Tampoco parecía desprender calor.
La oscuridad que la componía se movía lentamente, formando figuras que desaparecían antes de adquirir una forma reconocible.
Seraphine se quedó inmóvil.
La llama se elevó.
Giró sobre sí misma.
Y se transformó en una rosa de pétalos oscuros.
Kaelith la sostuvo frente a ella.
—¿Es suficiente?
Seraphine observó la flor.
Durante un instante, sintió una extraña familiaridad.
No con la magia.
Con el gesto.
Como si alguien le hubiera ofrecido una rosa semejante mucho tiempo atrás.
Extendió la mano.
—¿Puedo tocarla?
Kaelith vaciló.
—No deberías.
—¿Por qué?
—Porque no sé cómo reaccionará ante ti.
Seraphine retiró la mano.
—Entonces no la tocaré.
Pero la rosa comenzó a moverse.
Uno de sus pétalos se desprendió y flotó lentamente hacia ella.
Kaelith intentó deshacer el hechizo.
Demasiado tarde.
El pétalo rozó los dedos de Seraphine.
La rosa se deshizo en pequeñas partículas luminosas.
Y el mundo desapareció.
El sonido de la lluvia.
Un jardín de flores blancas.
Una terraza suspendida sobre una ciudad imposible.
Seraphine estaba de pie junto a una fuente de piedra.
No llevaba su ropa habitual.
Vestía una túnica oscura bordada con hilos de plata.
Frente a ella había un hombre.
Kaelith.
Pero no era el soberano distante que acababa de conocer.
Sonreía.
Una sonrisa despreocupada, casi juvenil, que transformaba por completo su rostro.
—Has vuelto a hacerlo —decía ella.
—¿Hacer qué?
—Entrar en mis jardines sin permiso.
Él levantaba una rosa negra.
—Curiosa acusación, considerando que fui yo quien te concedió estos jardines.
—Y yo quien consiguió que dejaran de parecer un cementerio.
Kaelith soltaba una carcajada.
Ella intentaba arrebatarle la flor.
Él la apartaba de su alcance.
—Pídela correctamente.
—Dámela.
—Eso ha sonado como una orden.
—Lo era.
El hombre inclinaba la cabeza.
—Entonces tendremos un problema.
Seraphine sonreía.
Y, sin previo aviso, lo tomaba por el cuello de la túnica para acercarlo.
Sus labios quedaban separados por apenas unos centímetros.
—¿Y ahora?
Kaelith dejaba de sonreír.
Sus ojos descendían brevemente hacia su boca.
—Ahora —murmuraba— creo que estás negociando de manera injusta.
La imagen comenzó a desvanecerse.
Seraphine intentó aferrarse a ella.
Pero antes de que desapareciera, escuchó una voz diferente.
Una voz femenina.
Lejana.
Desesperada.
«No permitas que recuerde la última noche».
Seraphine regresó a su habitación con un grito ahogado.
Sus rodillas cedieron.
Kaelith la sostuvo antes de que golpeara el suelo.
—¡Seraphine!
Ella se aferró instintivamente a su abrigo.
Su respiración era irregular.
El corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía escuchar sus propias palabras.
—El jardín...
Kaelith se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Las rosas...
Vael dio un paso hacia ellos.
Su expresión había perdido todo rastro de diversión.
—Kaelith, apártate.
El soberano no lo escuchó.
—¿Qué viste?
Seraphine levantó lentamente la mirada.
Durante un instante, sus ojos parecieron reflejar una luz plateada.
—Tú...
Kaelith sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.
—¿Me recuerdas?
Ella lo observó.
Su expresión cambió.
La confusión fue reemplazada por una tristeza tan profunda que él dejó de respirar.
—Estabas sonriendo —susurró.
Kaelith cerró los ojos.
De todos los recuerdos que ella podía haber recuperado, jamás habría imaginado aquel.
Un jardín.
Una rosa.
Una tarde que había considerado insignificante hasta que la eternidad le arrebató la posibilidad de vivir otra semejante.
—Sí —respondió.
Seraphine apartó lentamente las manos de su abrigo.
Kaelith la soltó y retrocedió, respetando nuevamente la distancia que ella había exigido.
—Pero había otra voz —murmuró Seraphine.
La expresión de Kaelith cambió.
—¿Qué voz?
—Una mujer.
Vael se tensó.
Seraphine miró a ambos.
—Dijo que no debían permitirme recordar la última noche.
El silencio fue inmediato.
Kaelith se incorporó lentamente.
Vael retrocedió un paso.
Y Seraphine comprendió que acababa de mencionar algo que ninguno de los dos esperaba escuchar.
—¿Qué ocurrió aquella noche? —preguntó.
Kaelith no respondió.
—¿Qué me pasó?
El soberano apartó la mirada.
Seraphine sintió que la rabia comenzaba a reemplazar su miedo.
—¡Respóndeme!
—Moriste.
Una sola palabra.
Pronunciada con una frialdad que no conseguía ocultar el dolor.
Seraphine permaneció inmóvil.
—¿Cómo?
Kaelith la observó.
Por primera vez desde su llegada, parecía incapaz de encontrar una respuesta.
—Sé lo que vi aquella noche —murmuró—. Lo que ya no sé es si ocurrió como lo recuerdo.
Seraphine sintió que aquellas palabras eran más aterradoras que cualquier explicación anterior.
—Entonces ni siquiera tú sabes la verdad.
Kaelith no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
En las profundidades del Palacio de Nocthar, Darius permanecía frente a la puerta de la habitación sellada.
Había esperado hasta asegurarse de que su soberano abandonara el reino.
Después había regresado.
No para contemplar los recuerdos.
Sino para comprobar algo que llevaba tres mil años temiendo.
Extendió una mano sobre los sellos dorados.
Las marcas se iluminaron.
Darius observó el símbolo central.
Kaelith había sellado aquella estancia mediante una lengua anterior a los reinos. Sin embargo, existía una segunda forma de abrirla.
Una que el soberano desconocía.
El general extrajo de su armadura una pequeña pieza metálica, marcada con el emblema de una corona atravesada por una espada.
La sostuvo contra la puerta.
Los sellos temblaron.
Después se apartaron lentamente, reconociendo una autoridad que no debería haber sobrevivido a la primera guerra.
Darius murmuró una palabra antigua.
La puerta se abrió.
Atravesó la estancia sin detenerse frente a las rosas.
Sin mirar el manto blanco.
Sin acercarse al cofre que contenía el fragmento de corona.
Se dirigió directamente a la biblioteca.
Allí, oculto detrás de varios manuscritos, había un compartimento que Kaelith nunca había descubierto.
Darius lo abrió.
En su interior descansaba una pequeña caja de piedra.
Sobre la tapa aparecía el mismo símbolo de la pieza metálica.
El general cerró los ojos.
—Perdóname —murmuró.
No estaba claro a quién dirigía aquellas palabras.
Abrió la caja.
Estaba vacía.
Darius retrocedió.
Durante tres mil años había protegido aquel escondite.
Durante tres mil años había creído que su contenido permanecía a salvo.
Y ahora había desaparecido.
Una voz resonó detrás de él.
—Buscas esto, ¿verdad?
Darius se volvió bruscamente.
Una mujer permanecía junto a la ventana.
Su figura estaba envuelta en un manto oscuro y su rostro permanecía oculto bajo una capucha.
Entre sus dedos sostenía un fragmento de obsidiana atravesado por diminutos símbolos plateados.
Las marcas parecían moverse bajo su superficie.
Darius sintió que la sangre se le helaba.
—Imposible...
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Qué palabra tan curiosa para alguien que ha presenciado el nacimiento de los dioses.
El general llevó una mano hacia su espada.
—¿Quién eres?
La desconocida sonrió bajo la capucha.
—Alguien que recuerda lo que ustedes decidieron olvidar.
Los símbolos de la obsidiana comenzaron a iluminarse.
Y antes de desaparecer, la mujer pronunció una última frase:
—Dile a tu soberano que la primera mentira ya ha comenzado a romperse.
En Vespera, Seraphine permanecía frente a Kaelith.
Había dejado de temblar.
Su expresión era distinta.
Más fría.
Más decidida.
—Quiero saberlo todo.
Kaelith sostuvo su mirada.
—No puedo contártelo todo esta noche.
—Entonces comienza por lo que sí puedes contarme.
Vael observó al soberano.
Por una vez, no parecía dispuesto a intervenir.
Kaelith respiró profundamente.
—Hace tres mil años, el Cielo y el Infierno estuvieron a punto de destruirse mutuamente.
Seraphine no apartó la mirada.
—¿Y yo?
El soberano guardó silencio.
Después respondió:
—Tú intentaste detenerlos.
—¿Lo conseguí?
Kaelith contempló sus ojos.
Aquellos mismos ojos que lo habían perseguido durante milenios.
—Eso fue lo que creímos.
Seraphine frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que la guerra terminó aquella noche. Pero no sé si fue por tu sacrificio o porque alguien consiguió lo que realmente buscaba.
Seraphine sintió que el alivio que había comenzado a experimentar desaparecía.
—¿Y qué te ocurrió a ti?
Kaelith bajó la mirada.
—Sobreviví.
—¿Y yo?
El silencio se volvió insoportable.
—Tú no.
Seraphine respiró profundamente.
Después formuló la pregunta que Kaelith había temido durante tres mil años.
—¿Y tú qué hiciste para salvarme?
El soberano no respondió.
Porque, en algún lugar de sus recuerdos, todavía podía escucharla suplicándole que no confiara en lo que había visto.
Y porque existía una posibilidad que jamás se había atrevido a considerar.
Que la verdadera traición no hubiera sido la de Seraphine.
Sino la suya.