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BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Mujer poderosa / Villana / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA SOMBRA DEL PASADO Y EL PRIMER GRAN CONTRATO

​Los años pasaron no como un río apacible, sino como un torrente furioso que esculpió la piedra. A sus cuarenta años, Amelia Castañeda era una fuerza de la naturaleza imposible de ignorar. En el mundo corporativo, sus oficinas en el centro financiero brillaban con el acero y el vidrio de los imperios modernos; allí era la impecable, analítica y astuta "Tiburón", una ejecutiva que dominaba los mercados bursátiles y reestructuraba corporaciones al borde de la quiebra con una precisión quirúrgica. En el bajo mundo, operando en las sombras con la lealtad ciega de Bruno Ríos como su mano derecha, era "El Demonio", la estratega implacable que había unificado a los clanes del puerto bajo una sola regla: los negocios limpios o la extinción.

​Su mansión privada se había convertido en un santuario blindado donde la protección de su familia era la ley absoluta. Teresa, su madre, caminaba por los jardines con una paz que jamás conoció en su juventud; Diego, a sus diecisiete años, heredaba la agudeza mental de su madre y su característico sentido del humor ácido, mientras que Martina, de dieciséis, combinaba la audacia de Amelia con un talento nato para la seguridad informática, protegiendo las redes de la familia de cualquier intromisión externa. Rosario seguía siendo el alma cálida del hogar, asistida por Marta y Luisa, quienes cuidaban cada detalle de la residencia con una devoción inquebrantable.

​Sin embargo, el destino, caprichoso y retorcido, decidió sacudir las aguas tranquilas justo cuando Amelia estaba a punto de dar el golpe maestro que consolidaría su dominio absoluto en el sector energético.

​Una tarde de llovizna persistente, en el piso ejecutivo de su corporación, Amelia revisaba los informes preliminares para la licitación del año. El proyecto más codiciado era la renovación y suministro del conglomerado internacional de refinerías dirigido por Sebastián Ferrer. En los círculos de poder, Ferrer era conocido universalmente como "La Bestia": un magnate implacable, de mirada glacial, carácter amargado y un historial implacable que jamás sonreía ante los medios. Su imperio petrolero era el pez gordo que todos los tiburones querían devorar.

​—El equipo de Ferrer ha convocado a una reunión preliminar para la próxima semana —anunció Bruno, colocando una carpeta de cuero sobre el escritorio de caoba de Amelia—. Pero hay un detalle, jefa. Entre los socios minoritarios que participan en la mesa de enlace se encuentra una cadena de joyería de alta gama muy conocida. Su director, Héctor Medina, es un hombre respetado, pero...

​—Pero su esposa es Natalia —completó Amelia con una sonrisa ligera, levantando la vista—. Descuida, Bruno. Que Héctor esté en esa mesa es una ventaja. Natalia ya me confirmó entre copas de vino que su esposo admira nuestra eficiencia corporativa. Lo que me preocupa no es "La Bestia", sino las sabandijas que intentan colarse por la puerta trasera.

​Y no se equivocaba. Esa misma noche, mientras asistía a una gala benéfica de alto copete para tantear el terreno entre la élite empresarial, el pasado la golpeó sin previo aviso.

​Mientras caminaba por el salón principal enfundada en un vestido de alta costura color vino tinto que realzaba su elegancia felina, sintió una mirada clavada en la nuca. Al girarse, sus ojos se cruzaron con dos figuras que creía enterradas en el fango del tiempo.

​Ahí estaban Carlos Vargas, su exmarido, con un traje caro pero ligeramente desaliñado que intentaba disimular sus deudas recientes, y a su lado Patricia Montero, su actual esposa, cuya fachada de superioridad social se resquebrajó al ver la deslumbrante presencia de la mujer a la que habían dejado en la ruina quince años atrás. A pocos pasos, con el ceño fruncido por la sorpresa y la altivez de siempre, estaba Gloria, su exsuegra.

​Carlos parpadeó varias veces, incrédulo. La joven demacrada, vestida con harapos en una acera helada, se había transformado en una diosa magnética que acaparaba todas las miradas de la sala. La codicia y la obsesión brillaron instantáneamente en los ojos de Carlos; su mente mezquina no vio a una empresaria poderosa, sino a un trofeo perdido que ahora deseaba recuperar a toda costa para solventar sus propios fracasos financieros.

​—Amelia... —balbuceo Carlos, acercándose con una sonrisa torpe y una copa de champaña temblando en la mano—. Dios mío, estás... estás increíble. No sabía que habías logrado... bueno, sobrevivir.

​Amelia se detuvo en seco. No sintió dolor ni nostalgia; solo un frío desprecio, idéntico al que se le muestra a una cucaracha que se cruza en el suelo limpio. Detrás de ella, Bruno Ríos dio un paso al frente, con los hombros tensos y una mirada capaz de congelar el fuego, aunque Amelia levantó una mano sutil para detenerlo.

​—Carlos —respondió Amelia con una voz suave, perfectamente modulada, que cortaba como el cristal más fino—. Qué sorpresa tan desagradable. Veo que el tiempo no ha mejorado tu gusto para vestir, ni tu lamentable costumbre de aparecer donde no te llaman.

​Patricia, sintiéndose desplazada y furiosa, intervino con su tono más chillón: —¡A quién le hablas con ese tonito, muerta de hambre! Tú no eres nadie aquí, solo una advenediza que...

​—Cierra la boca, Patricia —le cortó Amelia sin siquiera dignarse a mirarla a los ojos, clavando su mirada calculadora en Carlos—. Si estás aquí buscando limosnas o intentando jugar al empresario exitoso, te sugiero que te largues por donde viniste. La última vez que me quitaste algo, sobreviví. Si intentas acercarte a mí o a mi familia otra vez, te aseguro que no habrá corte de divorcio que te salve de lo que te voy a arrancar.

​Dicho eso, le dio la espalda con absoluta elegancia y se alejó hacia la barra, dejando a Carlos paralizado por una mezcla humillante de deseo y terror. No sabía que esa misma noche, en el otro extremo del salón, Sebastián Ferrer "La Bestia" había observado toda la escena desde las sombras, sintiendo por primera vez en años una chispa de genuina curiosidad hacia la mujer que acababa de aplastar a un par de parásitos sociales sin inmutarse un solo segundo.

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