El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.
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LA LÍNEA CRUZADA
El pasillo de urgencias pareció encogerse de golpe. La tensión flotaba en el aire tan espesa que se podía cortar con un bisturí, alimentada por el zumbido constante de los monitores cardíacos y el llanto ahogado de una enfermera que intentaba poner orden. Rubén Martínez se detuvo a escasos dos metros de Andrés. Su presencia exudaba una violencia latente, la de un hombre acostumbrado a que el mundo entero se doblegue ante su chequera o ante la boca humeante de una pistola.
—Apártate de mi camino, niñito de papá —siseó Rubén, con los ojos inyectados en una furia fría y calculadora mientras evaluaba la ropa fina y la postura erguida de Andrés—. No sé qué haces jugando a los salvavidas en un hospital de pobres, pero esa mujer que está ahí es mía. Pagué cada centavo por ella. Si no te quieres ir de aquí con los huesos rotos y una lección que te dure toda la vida, te sugiero que cierres la boca y te largues por donde viniste.
Andrés no se movió ni un solo milímetro. La sangre le zumbaba en los oídos, alimentada por una mezcla explosiva de indignación, incredulidad y una rabia visceral que jamás había experimentado en su cómoda vida. ¿Cómo era posible que en pleno siglo XXI, a pocas calles de los despachos gubernamentales y de la vida burguesa en la que creció, existiera un monstruo capaz de tratar a un ser humano como ganado? Recordó el rostro de Anastasia, los grilletes marcados en sus tobillos, la mirada de un animal acorralado que prefería la muerte antes que volver a los dominios de ese sujeto.
—No te vas a llevar a nadie —respondió Andrés con voz baja, pero firme, con un tono que denotaba una determinación inquebrantable—. Esa mujer no es una propiedad, y tú no vas a dar un solo paso más hacia esa camilla.
A pocos metros, Darío Monasterio, que intentaba estabilizar los signos vitales de Anastasia junto al equipo médico, alzó la voz con autoridad profesional, interrumpiendo el careo:
—¡Seguridad! ¡Llamen a la policía de inmediato! Este individuo está irrumpiendo en una zona restringida y amenazando a los pacientes y al personal médico. ¡Fuera de aquí!
Rubén soltó una carcajada seca, despectiva y gutural. Miró a Darío con desdén y luego volvió a posar sus ojos oscuros sobre Andrés, clavando una sonrisa cínica en su rostro.
—¿Policía? Aquí la única ley que existe es la mía, muchacho imbécil. Pero ya veo que te crees muy valiente. Quédate con la mercancía dañada si tanta manía le tienes a la caridad... pero te prometo que esto no se va a quedar así. Vas a desear no haber nacido jamás.
Con un gesto despectivo, Rubén dio media vuelta, flanqueado por sus matones, y abandonó el pasillo a zancadas pesadas, dejando tras de sí un rastro de intimidación y la certeza de que aquello no había sido una retirada, sino una declaración de guerra en toda regla.
En cuanto las puertas automáticas del hospital se cerraron tras el mafioso, Andrés exhaló un suspiro largo y tembloroso. Tenía las palmas de las manos sudorosas y el corazón galopándole en el pecho. Se giró lentamente hacia el interior del box de urgencias. Anastasia seguía en la camilla, hiperventilando, con las manos aferradas a las sábanas blancas y los ojos fijos en la puerta por donde había desaparecido su verdugo. Su cuerpo tembloroso era un catálogo de horrores.
—Ya se fue... Estás a salvo aquí —murmuró Andrés con voz trémula, acercándose con sumo cuidado, como quien teme espantar a un ave herida.
Anastasia levantó lentamente la vista. Por primera vez, en lugar de terror absoluto, un destello de profunda confusión cruzó sus pupilas magulladas. No entendía por qué un desconocido de buena cuna se había jugado el tipo de esa manera frente a un criminal despiadado. Nadie había hecho algo así por ella en toda su vida.
—No... no sabes quién es... Te va a matar... —logró articular Anastasia con la voz destrozada, cerrando los ojos con fuerza mientras una lágrima solitaria se abría paso entre los hematomas de su mejilla.
—No me importa —respondió Andrés con una convicción ciega, arrodillándose a la altura de la camilla para quedar frente a frente con ella, sin importarle mancharse el traje de diseñador con las manchas de sangre y suero—. Te prometo que de esta sales.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, en la apacible y elegante residencia de los Pineda-Castillo, la cena había terminado hacía rato, pero la atmósfera se había vuelto extrañamente densa. Marcela caminaba de un lado a otro de la sala de estar con el teléfono inalámbrico apretado contra la oreja, mientras Santiago la observaba desde el sofá con el ceño fruncido, intentando disimular su propia preocupación. Las bromas de Regina y los comentarios punzantes de Paulina habían quedado atrás, reemplazados por un silencio pesado.
—No contesta... Ni Andrés ni Jimena contestan las llamadas —murmuró Marcela con la voz quebrada, deteniéndose frente al ventanal que daba al jardín oscuro—. Santiago, tengo un presentimiento horrible. Siento que algo malo está pasando. Mi pecho no deja de latir con fuerza.
Santiago se levantó con paso firme, se acercó a su esposa y la tomó de los hombros con suavidad, intentando transmitirle la seguridad de toda una vida juntos.
—Tranquila, mi amor. Deben estar ocupados ayudando a Darío en la emergencia del hospital. Son muchachos jóvenes, no pasa nada —intentó calmarla, aunque su propia intuición política y paternal comenzaba a encender alarmas internas.
Sin embargo, el destino se encargaría de agrietar esa frágil calma de otra manera. Esa misma noche, mientras recogía el estudio de su esposo, los pensamientos de Marcela volvieron a centrarse en la repentina y extraña huida de su hijo hacia el hospital por una simple emergencia médica. Una opresión inexplicable le apretó el pecho, convenciéndola de que Andrés estaba ocultando algo peligroso, jugándose la vida en un terreno que desconocía por completo. La idea de que su muchacho, tan noble e impulsivo, se hubiera cruzado con criminales reales desató de golpe una crisis de nervios incontrolable. Las piernas le fallaron y el llanto la desbordó, dejándola sin aliento mientras las lágrimas inundaban su rostro ante la certeza de que una sombra oscura se acercaba a su familia.