Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.
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15
La puerta no estaba cerrada. Cedió apenas Paulo giró la manija, abriéndose lo suficiente como para que la escena del otro lado le cayera encima de golpe, sin ningún aviso, sin ningún segundo de gracia para prepararse; Henry, con la camisa a medio desabotonar, y está chica, Valeria, sentada sobre el borde del escritorio, con las piernas alrededor de su cintura, ambos tan absortos que ninguno de los dos notó la puerta abrirse hasta que ya era demasiado tarde.
Por un instante que se sintió infinitamente más largo de lo que en realidad duró, Paulo no logró procesar del todo lo que tenía delante. El cerebro se le quedó atascado en detalles pequeños y absurdos, el reloj de pared marcando las cinco y veinte, el olor dulce del perfume de Valeria mezclado con las feromonas de quién era su alfa, la corbata de Henry tirada sobre el respaldo de la silla, doblada con un descuido que nunca hubiera tenido en cualquier otra circunstancia. Fue el sonido de sus propios latidos, retumbándole en los oídos con una fuerza que ahogaba cualquier otro pensamiento, lo que finalmente lo hizo reaccionar.
La caja y el ramo de flores se le cayó de las manos, esparciéndose sobre la moqueta con un sonido apagado que, en el silencio repentino que siguió, sonó ensordecedor.
Henry se separó de golpe, con los ojos muy abiertos, tropezando con sus propias palabras antes de lograr articular nada coherente.
—Paulo, esto no es—
—No te atrevas. —La voz le salió extrañamente calmada, casi ajena, como si perteneciera a otra persona—. No te atrevas a decirme que no es lo que parece.
Valeria, en cambio, no mostró ninguna prisa por recomponerse. Se bajó del escritorio con una lentitud casi provocadora, acomodándose la ropa sin ningún apuro real, y se quedó mirando a Paulo con una expresión que no tenía absolutamente nada de vergüenza, algo mucho más cercano a la curiosidad distante de quien observa un problema ajeno resolviéndose frente a ella.
—Así que tú eres Paulo. —Lo dijo casi con diversión, ladeando la cabeza—. Henry habla de ti todo el tiempo, aunque nunca imaginé que fueras a aparecer así.
—Valeria. —Henry le lanzó una mirada de advertencia que ella ignoró por completo.
—¿Qué? Ya nos encontramos, es mejor decir todo ahora, no pudo escoger mejor momento para evitar explicaciones innecesarias.
Paulo sintió que el suelo se movía bajo sus pies, con una sensación de irrealidad tan absoluta que por un momento pensó, con una esperanza desesperada y ridícula, que quizás estaba soñando, que en cualquier momento iba a despertar en su propia cama con Henry dormido a su lado, ajeno por completo a esta pesadilla.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó, con la voz todavía extrañamente controlada, aunque las manos le temblaban a los costados—. Necesito saber cuánto tiempo lleva esto.
Henry no contestó de inmediato, con la cara pálida y una expresión de pánico genuino que no lograba disimular. Fue Valeria quien respondió, con esa misma frescura desconcertante que no parecía entender, o quizás simplemente no le importaba, el peso real de lo que estaba diciendo.
—Talvez... un poco más de seis años. ¿verdad Henry?
El número le cayó a Paulo encima como un golpe físico, mucho más devastador que la escena misma que acababa de presenciar. Seis años. Lucas tenía casi seis. Eso significaba que esto había empezado casi desde el principio, desde que su hijo era apenas un bebé, quizás incluso antes, durante los meses en que Paulo cargaba a Lucas en el vientre, talvez incluso desde el principio de su matrimonio, una mentira construida sobre otra mentira.
—Paulo. —Henry dio un paso hacia él, con las manos extendidas en un gesto de súplica—. Déjame explicarte, por favor, no es lo que—
—¿No es lo que parece? —La voz se le quebró, finalmente, la calma helada resquebrajándose de golpe—. Seis años, Henry. ¿Qué otra explicación podría cambiar eso?
—Te amo. Te sigo amando, esto no cambia—
—No te atrevas a decirme eso ahora. —Retrocedió un paso, con una repulsión física que no lograba controlar, alejándose de la mano que Henry todavía tenía extendida hacia él—. No te atrevas.
Se quedó parado un momento, sin saber bien qué hacer con su propio cuerpo, todavía guardaba la confirmación de un embarazo que hacía apenas unas horas se había sentido como la mejor noticia del mundo y que ahora, en este momento exacto, le pesaba como una crueldad adicional que el universo entero parecía haber diseñado específicamente para lastimarlo más.
No dijo nada de eso en voz alta. No en ese momento, no frente a Valeria, no con Henry todavía mirándolo con esa desesperación que Paulo no tenía ninguna capacidad de procesar todavía.
Se dio vuelta y salió de la oficina, caminando por el pasillo de moqueta silenciosa con pasos que no sentía del todo propios, ignorando a Henry cuando lo llamó desde atrás, ignorando las miradas curiosas de los empleados que probablemente ya habían escuchado algo del alboroto, hasta llegar al ascensor y presionar el botón repetidamente, con una urgencia que no lograba controlar, necesitando salir de ese edificio antes de que algo dentro de él terminara de romperse por completo frente a testigos.
No llegó a salir del edificio. A mitad de camino hacia la cochera subterránea, con las piernas empezando a fallarle de una forma que ya no podía disimular, se metió en el primer baño que encontró, cerrando la puerta del cubículo con manos que le temblaban tanto que le costó correr el pestillo.
Ahí, solo, con la espalda apoyada contra la puerta fría y las piernas ya sin fuerzas para sostenerlo de pie, se dejó caer al piso, y el llanto que había estado conteniendo desde el pasillo le salió de golpe, entero, sin ningún control, sacudiéndole el pecho con sollozos que le costaba respirar entre uno y otro. Se llevó las manos a la cara, apretando los dedos contra los ojos como si eso pudiera detener algo, mientras afuera el ruido lejano de la cochera seguía funcionando con una normalidad que le pareció casi obscena, autos entrando y saliendo, voces distantes de gente que no tenía idea de que su mundo entero acababa de derrumbarse a unos metros de distancia.
Cuando finalmente logró calmarse lo suficiente como para pensar con algo de claridad, sacó el teléfono con manos todavía inestables y llamó a Karla, con la voz que se obligó a mantener firme, aunque le costó cada palabra.
—¿Puedes recoger a Lucas hoy? Algo surgió, necesito resolver un asunto.
—Claro, mi amor, sin problema. ¿Está todo bien?
—Sí. Solo necesito un poco de tiempo. Te lo explico después.
Colgó antes de que Karla pudiera preguntar más, guardando el teléfono con manos que ya empezaban a calmarse, aunque el peso entero de lo que acababa de descubrir seguía instalado en el pecho como una piedra que no tenía forma de aligerar todavía. Se quedó sentado en el piso del baño un rato más, respirando despacio, tratando de reunir la fuerza suficiente para levantarse y caminar hasta su propia casa, donde tendría que enfrentar, tarde o temprano, todo lo que quedaba por resolver de esta noche que apenas empezaba.