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Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: MisterG028

Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.

Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.

Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.

Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.

Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.

NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Nulla prandium

Benjamin la vio aparecer entre los autos del estacionamiento y, por primera vez en días, una sonrisa genuina se dibujó en sus labios. No era la sonrisa cortés que usaba en las reuniones de directorio. Era algo más oscuro, más posesivo. Abrió la puerta del copiloto sin decir una palabra. Helena subió. El olor a cuero nuevo y a su colonia la envolvió de inmediato.

Arrancó en silencio. La ciudad quedaba atrás mientras el auto se deslizaba por avenidas menos transitadas. A mitad de camino, el teléfono de Helena vibró sobre su regazo. Ella miró la pantalla… y no contestó. Volvió a sonar. Benjamin apretó el volante.

—¿Quién es? —preguntó, la voz más tensa de lo que pretendía.

—Eso no te importa —respondió ella, guardando el aparato.

Él detuvo el auto de golpe en el arcén. El chirrido de las llantas fue breve. Sin pedir permiso, le quitó el teléfono de las manos. La pantalla seguía iluminada.

Gruñón.

—¿Quién demonios es Gruñón? —exigió.

Helena lo miró con desafío.

—Mi hermano.

—Contesta en altavoz. No te creo.

Ella bufó, pero desbloqueó el teléfono y pulsó el botón.

—¿Louis?

La voz de su hermano llenó el habitáculo del auto.

—Helena, papá y yo vamos a cenar al restaurante italiano de siempre. El tuyo. A las ocho. ¿Vienes o te quedas escondida en tu habitación otra noche más?

—Iré —respondió ella en voz baja—. No lleguen tarde.

—Bien. Nos vemos ahí.

Apenas cortó la llamada, Helena le arrebató el teléfono a Benjamin y abrió la puerta del auto.

—¿Contento? —escupió—. Ahora sabes que no era Sebastian.

Se bajó y levantó un brazo para detener un taxi que pasaba. Benjamin salió del vehículo en menos de dos segundos. Se interpuso entre ella y el conductor, sacó la billetera y le tendió un fajo de billetes —tres veces lo que costaba cualquier carrera—.

—No necesita el servicio —dijo con calma absoluta—. Disculpe la molestia.

El taxista miró el dinero, miró a Benjamin, y se marchó sin discutir. Benjamin se giró hacia Helena. Esta vez la voz le salió más suave, casi rogando.

—Sube. Por favor. Eso no volverá a suceder.

Helena lo miró largamente. El enojo todavía le ardía en el pecho, pero al final abrió la puerta y volvió a sentarse. Cruzó los brazos. No le dirigió la palabra el resto del camino.

El hotel era discreto, elegante, de esos que no hacen preguntas. Benjamin pidió una suite en el último piso. Subieron en silencio. En cuanto la puerta se cerró detrás de ellos, él se quedó de pie frente a ella, sin tocarla todavía.

—Perdóname —dijo—. Solo pensé que… que podía ser Sebastian. No debí quitarte el teléfono.

Helena levantó la barbilla.

—No voy a regresar con Sebastian. Eso es imposible.

Benjamin la observó un segundo. Luego sonrió de verdad, esa sonrisa lenta que le cambiaba todo el rostro. Le apartó un mechón de cabello negro de la frente con una ternura que contrastaba con todo lo que habían hecho hasta entonces.

—Eso me parece… estupendo.

La besó. Esta vez ella correspondió de inmediato. Fue un beso profundo, sin prisa, sin el desespero del baño del auditorio. Benjamin bajó la boca a su cuello, besando la piel sensible mientras sus manos buscaban el cierre del vestido. Lo deslizó por sus hombros. Luego el sujetador. Luego todo lo demás. Ella lo ayudó a quitarse la camisa, el cinturón, los pantalones. Cuando ambos estuvieron completamente desnudos, la luz de la tarde entraba dorada por las cortinas entreabiertas.

No había alcohol. No había prisa. Solo ellos dos y el día todavía claro.

Benjamin la acostó sobre las sábanas blancas y la miró un largo rato, como si quisiera memorizarla. Luego la besó otra vez, despacio, mientras entraba en ella con una lentitud deliberada. Helena arqueó la espalda. Esta vez no hubo dolor, solo una presión caliente y profunda que le arrancó un gemido suave. Se movieron juntos, sin prisa, aprendiendo el ritmo del otro. Cuando terminaron, ella se quedó abrazada a su pecho, la mejilla pegada a la piel caliente.

Fue entonces cuando lo vio.

El tatuaje. Pequeño, en tinta negra, justo sobre el lado izquierdo del pecho.

Nulla prandium.

Helena pasó el dedo por las letras.

—¿Qué significa?

Benjamin sonrió contra su cabello.

—Está en latín. “No hay almuerzo”.

Ella soltó una risa baja, sorprendida.

—¿En serio?

—En serio.

Él le quitó la sábana que ella había subido hasta el pecho y también el sujetador que todavía colgaba de un lado de la cama. La miró a los ojos.

—Quiero verte arriba.

Helena dudó solo un segundo. Nunca lo había hecho así. Se incorporó con torpeza, tomó el miembro ya erecto de Benjamin entre los dedos —caliente, duro— y lo guió hasta su entrada. Bajó despacio, mordiéndose el labio cuando lo sintió llenarla por completo. Puso ambas manos sobre su pecho, exactamente sobre el tatuaje, y empezó a moverse. Al principio insegura, luego con más confianza. Benjamin le sujetó las caderas, guiándola, gruñendo bajo cada vez que ella bajaba con más fuerza. La luz de la tarde dibujaba sombras suaves sobre sus cuerpos.

Cuando ambos llegaron al final, Helena se dejó caer sobre su pecho, jadeando. Él le acarició la espalda en círculos lentos.

Minutos después, ella levantó la cabeza y miró el reloj digital de la mesita.

5:00 p.m.

—Tengo que irme —susurró—. La cena con mi padre y Louis es a las ocho. Si llego tarde, harán mil preguntas.

Benjamin no la detuvo. Solo le besó la frente, todavía dentro de ella, y murmuró contra su piel:

—Entonces vete. Pero esta vez… no desaparezcas sin dejar rastro.

Helena se levantó en silencio, recogió su ropa y se dirigió al baño. Mientras el agua de la ducha corría, Benjamin se quedó mirando el techo, con el sabor de ella todavía en la boca y la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, algo se le estaba escapando de las manos… y no le importaba perder el control.

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Kayra Villavicencio
Por cab*on calenturiento.
Kayra Villavicencio
Es un socio, ya me cae como patada en una tet*
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