A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 4
Capítulo 4: Cinco días de mensajes
Pasaron cinco días.
Cinco días de sentarme frente a Lisandro Sotomayor en el comedor sin que él me dirigiera más de tres palabras por comida. Cinco días de mensajes de WhatsApp en los que yo escribía párrafos y él respondía con monosílabos. Cinco días de Catalina mirándome como si me hubiera unido a una secta.
El lunes le escribí: "¿Qué libro estás leyendo?"
Respuesta: "Uno."
El martes: "¿De qué trata?"
Respuesta: "De cosas."
El miércoles cambié de estrategia. En vez de preguntas personales, le mandé una foto de mi cuaderno de matemáticas con un problema que no podía resolver. Era mentira —podía resolverlo perfectamente, lo había hecho diez años atrás—, pero necesitaba un pretexto que él no pudiera rechazar.
Respondió en tres minutos. Dos líneas de explicación. Claras, precisas, sin una palabra de más.
El jueves le mandé otro problema. Respondió en dos minutos. Esta vez, tres líneas.
El viernes, cuatro líneas y un "¿entendiste?" al final.
Esas dos palabras —¿entendiste?— me hicieron más feliz que cualquier declaración de amor. Porque significaban que le importaba si yo aprendía o no. Que, debajo de toda esa armadura, había alguien que de verdad quería ayudarme.
En el comedor, la rutina se fue estableciendo sin que ninguno de los dos la nombrara. Yo llegaba, me sentaba frente a él, comía en silencio. A veces hacía un comentario sobre la comida —"hoy los frijoles están buenos", "el agua de jamaica sabe rara"— y él no respondía, pero tampoco se iba. Seguía leyendo, comiendo, pasando páginas.
Al tercer día, noté que había pedido un huevo revuelto además de los frijoles y las tortillas.
Al cuarto, agua de jamaica en vez del vaso de agua simple de siempre.
No dije nada. Pero por dentro llevaba la cuenta de cada cambio microscópico como si fuera un inventario de tesoros.
Catalina, por su parte, había pasado de la incredulidad a la resignación.
—No entiendo qué le ves —me dijo el jueves, mientras caminábamos de regreso al dormitorio—. Literalmente no te habla.
—Sí me habla.
—Sol, dos palabras por día no cuentan como hablar.
—Para él, sí.
Ella se detuvo. Me miró con esa expresión que ponía cuando estaba a punto de decir algo serio.
—¿Te gusta?
La pregunta me tomó desprevenida. No porque no supiera la respuesta, sino porque la respuesta era tan grande, tan complicada, tan llena de capas que no cabía en un "sí" o un "no".
¿Me gustaba Lisandro Sotomayor? Me gustaba, me dolía, me quitaba el sueño, me partía el alma. Lo amaba con la fuerza de una mujer que ya lo había perdido una vez y que sabía exactamente lo que significaba un mundo sin él. Pero eso no se lo podía decir a Catalina.
—Es interesante. —Fue lo que dije.
—Interesante —repitió ella, con el tono de alguien que acaba de escuchar la excusa más ridícula del universo—. Sol, un documental de historia es interesante. Un tipo que usa cartas de amor como separadores de libros no es interesante, es raro.
—Tal vez me gustan los raros.
—Te conozco desde los seis años y nunca te han gustado los raros.
No, pensé. Pero la Sol que tú conoces tiene diecisiete años. La Sol que soy por dentro tiene veintisiete y está enamorada del hombre más raro del mundo.
—Las personas cambian, Cat.
—¡Catalina!
—Las personas cambian, Catalina.
El sábado amaneció nublado.
No llovía todavía, pero el cielo tenía ese color gris plomizo que promete tormenta. El aire olía a tierra húmeda y los pájaros se habían callado, que es la forma que tiene la naturaleza de decir "busca un techo".
Yo no busqué un techo. Estaba cruzando el patio central hacia la biblioteca, quería revisar un libro de historia del arte que había visto en la vida anterior y que me sirvió para un ensayo de la universidad, cuando las primeras gotas cayeron.
No fueron gotas normales. Fueron de esas que caen como si alguien hubiera volteado una cubeta desde el cielo. En tres segundos estaba empapada.
Corrí.
El edificio de aulas quedaba a unos treinta metros. Los crucé saltando charcos que se formaban en tiempo real, con la mochila rebotándome en la espalda y el cabello pegándoseme a la cara. Llegué al pasillo techado sin aliento, con la blusa del uniforme transparentándose y agua escurriéndome por todos lados.
Me detuve. Me recargué contra la pared. Intenté recuperar el aire mientras me apartaba el cabello de los ojos con ambas manos.
Y entonces lo sentí.
Esa sensación que tienes cuando alguien te mira. No la sensación vaga de "creo que alguien me está viendo", sino la certeza física, animal, de que unos ojos están fijos en ti con una intensidad que casi puedes tocar.
Levanté la vista.
Lisandro estaba al otro extremo del pasillo, a unos quince metros de distancia. Venía caminando en dirección opuesta, con un paraguas negro perfectamente cerrado bajo el brazo, porque claro, él siempre estaba preparado para todo, y el libro de siempre en la mano.
Pero no estaba caminando. Estaba detenido.
Completamente quieto. Como si alguien le hubiera presionado pausa.
Y sus ojos, esos ojos oscuros detrás de los lentes gruesos, estaban fijos en un punto de mi cara. No en mis ojos. No en mi boca. En mi mejilla.
Seguí la dirección de su mirada y entendí.
Una gota de agua me resbalaba lentamente desde el nacimiento del cabello, por la sien, a lo largo de la mejilla, trazando una línea brillante sobre mi piel. Una sola gota, separada de las demás, bajando con la parsimonia de algo que sabe que está siendo observado.
Él la estaba mirando.
No a mí. A la gota.
A la forma en que bajaba. A la curva que trazaba al bordear el pómulo. Al camino que seguía hacia la mandíbula, donde se detuvo un instante, como si dudara, antes de caer al vacío.
Duró un segundo. Quizás dos. El tiempo suficiente para que yo lo viera mirar y para que él se diera cuenta de que yo lo había visto.
Apartó la vista.
Apretó la mandíbula, ese gesto que yo conocía tan bien, el de apretar los dientes cuando algo lo incomodaba, ajustó el libro bajo el brazo y siguió caminando. Pasó junto a mí sin detenerse, sin mirarme, sin decir una sola palabra. Sus pasos resonaron en el pasillo húmedo, regulares, controlados, como si el último segundo y medio no hubiera existido.
Pero existió.
Lo vi.
La primera grieta.
Me quedé recargada contra la pared durante un rato largo, con la lluvia cayendo a centímetros de mis pies y una sonrisa que no tenía nada que ver con el agua o con el frío. Una sonrisa que me nacía del fondo del pecho, de ese lugar donde guardaba los recuerdos de la vida anterior como quien guarda cartas viejas en una caja de zapatos.
En otra vida, me tocaste el cabello mientras yo dormía y nunca te lo dije.
En esta, te vi mirarme y no voy a fingir que no pasó.
Pero tampoco te voy a presionar. Porque sé cómo funciona esto. Sé que si avanzo demasiado rápido, te vas a cerrar como una ostra y voy a perder todo el terreno que gané.
Así que voy a esperar.
Voy a ser tan paciente como tú fuiste conmigo durante catorce años.
Aunque me mate.
Esa noche, en la litera, abrí WhatsApp. Le mandé la foto de un problema de física que ni siquiera intenté resolver.
"No entiendo este ejercicio. ¿Me puedes explicar el procedimiento?"
Los dos palomitas azules aparecieron casi de inmediato. Él estaba conectado. Estaba leyendo mi mensaje en ese mismo momento.
Pasó un minuto.
Luego empezó a escribir.
El indicador de "escribiendo…" apareció y desapareció tres veces, como si estuviera redactando, borrando, volviendo a redactar. Finalmente, el mensaje llegó.
Era un párrafo completo. Siete líneas. Con la fórmula, el procedimiento paso a paso, y al final: "Si no te queda claro, revisa la página 142 del libro de texto. Tiene un ejemplo parecido."
Siete líneas.
Casi lloré.
No porque siete líneas fueran una declaración de amor o un gesto romántico. Sino porque conocía el punto de partida. "Uno." "De cosas." Y ahora, una semana después, siete líneas completas con información útil y una referencia bibliográfica.
Para cualquier otra persona, eso no significaba nada.
Para mí, era como ver florecer un cactus en el desierto.
Le respondí: "Gracias. Eres el mejor tutor del mundo. Te debo otra comida."
Dos palomitas azules. Sin respuesta.
Iba a guardar el teléfono cuando apareció un último mensaje:
"No me debes nada."
Tres palabras. Las mismas que me había dicho en el pasillo cuando le pedí su número. Pero esta vez, escritas a las once de la noche, solas, después de un párrafo de siete líneas, tenían un peso completamente diferente.
No me debes nada.
En otra vida, eso fue literalmente cierto. Me lo diste todo, tu nombre, tu casa, tu vida, y no me pediste nada a cambio. No me pediste ni siquiera que te quisiera.
En esta, pensé mientras apagaba la pantalla, no te voy a dejar salirte con la tuya.
Me acurruqué bajo la sábana. Catalina dormía en la litera de abajo, ajena al universo entero. La lluvia seguía golpeando el techo del dormitorio con un ritmo constante que se parecía al latido de un corazón.
Cerré los ojos y estuve a punto de dormirme cuando vibró el teléfono una última vez.
Catalina. Un mensaje de voz a las once y cuarto de la noche, porque Catalina Ríos consideraba que los mensajes de texto eran para gente sin personalidad.
Lo abrí con el volumen al mínimo.
—Sol, se me olvidó decirte. Fernanda Prado le preguntó a Tomás si es cierto que te estás sentando con el primer lugar en el comedor. Tomás le dijo que sí. Fernanda se puso como loca. Dice que tú "no tienes derecho". Te aviso para que te cuides, esa vieja es una víbora. Bueno, ya, duérmete. Adiós.
Fernanda Prado.
El nombre me cayó como un balde de agua helada.
En la vida anterior, Fernanda había sido una sombra constante. Una chica de familia acomodada que se obsesionó con Lisandro desde primero de preparatoria y que, al ser ignorada sistemáticamente, desarrolló un rencor hacia cualquier mujer que se le acercara. En la universidad, esa obsesión escalaría hasta convertirse en algo peligroso: acoso, agresión a Isabela Prieto, y la contratación de Kevin Ramos para un ataque que casi me costó la vida.
Todo eso estaba por delante. Meses, años de conflicto.
Pero ahora yo lo sabía. Sabía quién era Fernanda Prado, sabía de qué era capaz, y sabía exactamente cómo neutralizarla.
No esta vez, pensé, apretando el teléfono contra el pecho. Esta vez estoy preparada.
Me dormí con la lluvia de fondo, pensando en gotas de agua, en párrafos de siete líneas, y en la forma en que Lisandro Sotomayor se había quedado paralizado en un pasillo mirando mi mejilla como si fuera lo más fascinante que hubiera visto en su vida.
A la mañana siguiente, Catalina me despertó sacudiéndome el hombro.
—¡Sol! ¡Despierta!
—¿Qué hora es…?
—Las siete, pero eso no importa. ¡Escucha! —Se sentó en el borde de mi cama con la energía de alguien que acaba de descubrir un chisme de proporciones históricas—. ¿Te acuerdas que Tomás dijo que el fin de semana hay un karaoke en el centro comercial?
—Más o menos.
—Bueno, resulta que va a ir un chico de otra escuela que dicen que canta increíble. Como increíble de verdad, no de "canta bien para la prepa". Dicen que su voz es de esas que te ponen la piel chinita. Tomás lo conoce de un campamento de verano o algo así.
Me senté en la cama. El nombre llegó antes que ella terminara de hablar.
Rafael Coronel.
En la vida anterior, Rafael se convirtió en uno de los artistas más grandes del país. Su primer sencillo rompió récords. Su gira agotó estadios. Las revistas lo llamaban "la voz de una generación".
Pero a los diecisiete años, Rafael Coronel era un chico que cantaba en karaokes baratos porque nadie le daba una oportunidad.
—¿Quieres ir? —preguntó Catalina, con los ojos brillándole.
La miré. Sonreí.
—Sí. Quiero ir.