Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 4
Permanecí varios segundos observando mi reflejo sobre el cristal del ventanal. La ciudad seguía moviéndose con la misma indiferencia de siempre, como si no supiera que el mundo de alguien acababa de inclinarse unos cuantos grados sin hacer el menor ruido. Los automóviles continuaban avanzando por las avenidas, las personas entraban y salían de los edificios con la prisa habitual y el cielo, despejado a esa hora de la tarde, parecía burlarse de quienes atravesábamos tormentas que nadie más podía ver. Bajé lentamente la mirada hasta el teléfono que aún sostenía entre las manos. El nombre de Eiden Reyes seguía dando vueltas en mi cabeza, aunque no por algún motivo especial. Era simplemente uno de esos empresarios de los que todos hablaban en las reuniones, un hombre cuya reputación parecía precederlo allí donde fuera. Si Clara no me hubiera mencionado que estaba reunido con el director general, probablemente ni siquiera habría pensado en él un segundo más. Tenía preocupaciones mucho más urgentes ocupando cada rincón de mi mente.
Apoyé el teléfono sobre el escritorio y cerré la carpeta que llevaba varios minutos intentando leer sin éxito. Las cifras comenzaron a mezclarse unas con otras hasta convertirse en un conjunto incomprensible de números. Era inútil seguir fingiendo que podía concentrarme. Respiré hondo, masajeé el puente de mi nariz y me obligué a recordar algo que mi padre repetía desde que era una adolescente: los problemas personales jamás deben robarte la capacidad de hacer bien tu trabajo. Durante años había vivido siguiendo esa filosofía y no iba a romperla precisamente ahora.
Dos golpes suaves sonaron sobre la puerta.
—Adelante.
Clara asomó la cabeza con la misma sonrisa amable de siempre.
—Disculpe la interrupción, señora Sanz. El director general solicita que suba a la sala de juntas. El señor Reyes quiere revisar personalmente algunos puntos del informe financiero antes de cerrar la negociación.
Asentí de inmediato.
—Voy enseguida.
Ella cerró la puerta con cuidado y yo tomé la carpeta azul donde descansaban las últimas proyecciones del proyecto. Mientras caminaba hacia el ascensor intenté despejar la mente. No podía permitirme llegar distraída a una reunión tan importante. Aquella negociación llevaba meses preparándose y cualquier error podía costarle mucho dinero a la empresa.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el último piso, un asistente me indicó el camino hacia la sala principal. El ambiente era distinto al del resto de las oficinas. Allí todo parecía más silencioso, más solemne, como si incluso las conversaciones supieran que debían medir el volumen de su voz.
Toqué suavemente la puerta antes de entrar.
—Con permiso.
El director general levantó la vista y sonrió al verme.
—Perfecto, Naelia. Justo estábamos hablando de ti.
No pude evitar arquear ligeramente una ceja mientras ocupaba el único asiento libre.
—¿Espero que bien?
Varios de los presentes soltaron una risa discreta.
—Siempre bien —respondió el director—. El señor Reyes tenía algunas dudas respecto al análisis financiero y le dije que nadie podría responderlas mejor que tú.
Deslicé la carpeta sobre la mesa y entonces observé, por primera vez, al hombre sentado frente a mí.
Eiden Reyes era exactamente como lo describían los medios especializados: impecable, reservado y extraordinariamente sereno. No necesitaba hablar para llamar la atención. Había personas que imponían autoridad levantando la voz; él parecía hacerlo simplemente permaneciendo en silencio. Cuando nuestras miradas coincidieron, hizo una breve inclinación de cabeza a modo de saludo. Correspondí el gesto por simple cortesía antes de abrir mis documentos.
—Señora Sanz —dijo con tranquilidad—, gracias por venir.
—Es un gusto.
No hubo nada más, ni una conversación innecesaria, ni comentarios fuera del contexto de la reunión. El director cedió la palabra y Eiden abrió el informe exactamente por la página que le interesaba.
—Hay un punto que me llamó la atención. En la proyección correspondiente al tercer trimestre contemplan un crecimiento conservador, pero el margen de contingencia disminuye respecto al semestre anterior. Me gustaría entender el motivo.
Observé el documento apenas unos segundos antes de responder.
—Porque durante ese periodo comenzarán a ejecutarse tres contratos que ya están firmados. El riesgo disminuye considerablemente cuando el flujo de ingresos deja de depender únicamente de estimaciones.
Él siguió leyendo.
—¿Y si uno de esos contratos se cancela?
—El escenario ya fue contemplado.
Deslicé otra hoja hacia su lado de la mesa.
—En ese caso entrarían en funcionamiento las reservas proyectadas en el fondo operativo. La rentabilidad disminuiría, pero el proyecto seguiría siendo viable.
Permaneció en silencio mientras revisaba los datos, durante unos segundos la única cosa que se escuchó en la sala fue el sonido de las hojas al pasar, finalmente levantó la vista.
—Entiendo.—Hizo una pequeña anotación.—Gracias por la aclaración.
La reunión continuó durante casi una hora. Se discutieron porcentajes, fechas de implementación y estrategias de expansión. Respondí cada pregunta con la tranquilidad que solo da a conocer a profundidad el trabajo realizado. Poco a poco olvidé por completo el motivo por el que había llegado a la oficina con un nudo en el pecho. Siempre ocurría lo mismo cuando hablaba de proyectos importantes. Era como si durante unos minutos mi cabeza encontrara un lugar donde descansar.
Al finalizar, el director general estrechó la mano de los asistentes con evidente satisfacción.
—Excelente trabajo a todos.
Comencé a levantarme, organizando los documentos nuevamente en la carpeta, cuando escuché una voz a mi lado.
—Señora Sanz.
Levanté la vista. El señor Reyes permanecía de pie, sosteniendo su carpeta bajo el brazo.
—Quería felicitarla por el informe.
Parpadeé con cierta sorpresa.
—Gracias.
—Pocas veces encuentro análisis tan completos. Se nota que detrás hubo mucho trabajo.
No era un halago exagerado. Sonó más como una observación objetiva que como un intento de ser amable. Sonreí por educación.
—Agradezco el comentario.
Él hizo una leve inclinación de cabeza.
—Que tenga una buena tarde.
Y se marchó. Lo observé alejarse apenas un instante antes de continuar guardando mis cosas. Si algo podía decir de él era que entendía por qué tenía tanta fama en el mundo empresarial. Era directo, educado y parecía medir cada palabra antes de pronunciarla.
Cuando regresé a mi oficina encontré un vaso de café descansando sobre mi escritorio.
—Llegas justo a tiempo antes de que se enfríe.
Reconocería esa voz incluso en medio de una multitud. La silla frente a mi escritorio se giro y encontré a Karol Rubio cómodamente sentada, cruzada de piernas y hojeando distraídamente una revista económica que, estaba segura, no tenía el menor interés en leer.
No pude evitar sonreír.
—¿Desde cuándo entras a mi oficina sin pedir permiso?
—Desde que descubrí que tu secretaria me quiere más que a ti.
Solté una risa sincera, probablemente la primera de todo el día. Karol levantó la vista, sostuvo mi mirada apenas unos segundos y la sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—¿Qué pasó, Nae?
La conocía demasiado bien para intentar mentirle y ella me conocía demasiado como para creer cualquier mentira.
😅😅😅😅😅