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Cámara Encendida

Cámara Encendida

Status: Terminada
Genre:Romance / Malentendidos / Yaoi / Completas
Popularitas:892
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.

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CAPÍTULO 4 EL MOMENTO DE DEJAR CAER LA MÁSCARA

El reloj de la mesita de noche marcaba las cuatro y media de la tarde, y su tic-tac constante parecía el sonido más ruidoso de toda la habitación. Damián se sentó al borde de la cama, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Llevaba más de una hora así: se levantaba para caminar hasta el armario, pasaba los dedos por las prendas una y otra vez, volvía a sentarse sin lograr decidirse por nada.

Durante toda su vida cada cosa que elegía tenía que cumplir una regla invariable: que fuera apropiado, que causara la mejor impresión, que estuviera siempre a la altura de lo que su padre, sus profesores y todo su entorno esperaban de él. Pero hoy la regla era diferente: no tenía que impresionar a nadie más que a sí mismo, y a Gael. Quería que lo viera tal cual era, sin capas, sin preparaciones, sin el papel que todos le obligaban a representar desde que era niño.

Respiró hondo varias veces, tratando de calmar la agitación que le recorría el pecho, y se acercó al escritorio. Con cuidado apartó unos libros que estaban en una esquina y abrió el pequeño compartimento secreto que él mismo había construido hacía años en la parte trasera del cajón más bajo. Allí seguía ella, envuelta en un paño suave: su máscara negra con finos bordes dorados que brillaban apenas con la luz tenue de la habitación.

La tomó entre sus manos y sintió el mismo frío suave que tantas veces le había dado seguridad. Durante mucho tiempo fue su único refugio: detrás de esa forma podía hablar sin miedo, decir lo que pensaba, sentir lo que realmente sentía sin que nadie lo juzgara ni esperara que fuera de otra manera. Nox era quien él quería ser, pero Damián también merecía ser visto. Acarició suavemente los detalles dorados y la dejó allí mismo, sobre el paño, sin volver a cerrar el compartimento. Por primera vez no necesitaba esconderse detrás de ella.

Pasó revista a su ropa una vez más: descartó las camisas muy formales que usaba para las cenas de su familia, los pantalones demasiado arreglados que siempre llevaba a clase. Finalmente eligió una camisa de algodón color gris suave, de mangas hasta los codos, unos pantalones de mezclilla oscura y sus zapatos más cómodos. Se miró al espejo largo que estaba apoyado en la pared del fondo y apenas pudo reconocerse: su postura no era tan rígida como siempre, sus hombros estaban relajados y en sus ojos brillaba algo que nunca antes había visto en su reflejo.

Tomó su mochila, guardó allí su propia cámara pequeña y salió de la habitación. Al cruzar el pasillo se encontró con su madre, que acomodaba unos documentos sobre la mesa del recibidor. Ella levantó la vista al verlo y se detuvo en seco, como si estuviera viendo algo que llevaba mucho tiempo esperando ver.

—Vas a encontrarte con esa persona que te ha cambiado la mirada, ¿verdad? —le preguntó con esa voz suave que siempre lograba llegar hasta lo más profundo.

Damián sintió que se le aceleraba el corazón, pero no bajó la vista ni intentó mentir.

—Sí, mamá. Creo que sí.

—Entonces vete tranquilo —le dijo acercándose para acomodarle un mechón de cabello que se le había caído sobre la frente—. Y recuerda lo que siempre te digo: no tienes que ser perfecto para merecer que te quieran de verdad.

Esas palabras se quedaron resonando en su mente durante todo el camino. Caminó despacio por las calles que conocía de memoria, pero todo parecía distinto, más brillante, más ligero. Llegó hasta la entrada del parque donde habían quedado: era un lugar apartado del centro, con senderos cubiertos por la sombra de árboles muy altos y un pequeño estanque en medio donde el agua corría tranquila. Él había llegado unos diez minutos antes de la hora acordada, pero no tuvo el valor de entrar de inmediato y se quedó esperando entre los arbustos, mirando hacia el banco de madera donde ya estaba sentado Gael.

Gael tenía su cámara apoyada sobre las rodillas y miraba hacia el camino por donde él debía aparecer, con una calma que parecía transmitirse hasta donde estaba Damián. Cuando finalmente dio el paso y salió a su vista, Gael se levantó de inmediato y una sonrisa enorme se dibujó en su rostro.

—Llegaste. Pensé que quizás el miedo te ganaría y te quedarías por ahí escondido un rato más —le dijo con un tono cariñoso y comprensivo.

—Casi lo hago —admitió Damián soltando una risa nerviosa—. Perdón si me retrasé.

—Ni un segundo estás tarde. Llegaste justo cuando tenías que llegar.

Se sentaron uno al lado del otro, dejando solo unos pocos centímetros entre ambos. El viento movía suavemente las ramas de los sauces y hacía caer pequeños pétalos de las flores que rodeaban el estanque. Gael levantó su cámara y la apuntó hacia él un instante, pero bajó el aparato de inmediato como si hubiera cometido un error.

—No pude evitarlo —explicó bajando un poco la mirada—. La luz del sol cayó justo sobre ti y parecías parte de la tarde. Pero si no quieres que te tome fotos, no lo haré. Las borro ahora mismo si quieres.

—No las borres —le respondió Damián sin dudar ni un segundo—. Es la primera vez que alguien quiere retratarme a mí, no al hijo de los Vera, ni al mejor alumno. A mí.

Gael asintió y se giró un poco más hacia él, apoyando el antebrazo sobre el respaldo del banco.

—Hace ya varias semanas que tenía la certeza absoluta de que tú eras Nox —empezó a contar con voz muy serena—. La forma en que eliges las palabras, lo que te duele, lo que te hace feliz, todo coincidía demasiado. Pero nunca quise decírtelo por los mensajes porque sabía que si yo te lo decía, sentirías que te han descubierto a la fuerza. Yo quería esperar a que tú mismo te sintieras listo para dármelo.

—¿Y por qué seguiste ahí todos los días? —preguntó Damián sintiendo que se le humedecían los ojos—. Sabiendo quién era en el fondo, pero sin saber quién era de verdad.

—Porque me importaba más quien eres por dentro que cualquier nombre o apariencia. Yo no me quedé hablando tanto tiempo con una máscara ni con un usuario de internet. Me quedé hablando contigo.

—Tenía mucho miedo —confesó Damián, dejando caer la cabeza un instante—. Miedo a que al conocerme tal como soy te dieras cuenta de que no soy tan interesante como parezco en las transmisiones. Que solo soy un chico asustado que no sabe cómo salir de lo que los demás han armado para él.

—Ese miedo es lo que más te hace real —le dijo Gael despacio, y extendió la mano hasta rozar suavemente los dedos de Damián—. Y quiero estar ahí para cuando te asustes, para cuando estés feliz, para cuando quieras gritar o quedarte callado. Quiero conocer todas tus partes, incluso las que tú crees que no valen la pena.

Damián miró su mano y luego levantó la vista hacia los ojos de Gael. Despacio, entrelazó sus dedos con los de él y sintió que todo el peso que llevaba sobre los hombros desde que era muy pequeño por fin se desprendía. Ya no había necesidad de separar las cosas, ya no había secretos entre ellos. Ya no había Damián y Nox, ni LenteClara y Gael. Solo estaban ellos dos, frente a frente, sabiendo todo el uno del otro, listos para empezar realmente su historia.

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