Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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una promesa cumplida
natalia
Cuando volvía camino a casa, lo único en lo que podía pensar era en él.
Lo había vuelto a ver después de trece años.
Había cambiado muchísimo físicamente. Era más alto, más maduro, mucho más atractivo... pero había algo que seguía exactamente igual: su manera de hablar, la tranquilidad con la que sonreía y esa calidez que siempre transmitía.
Lo primero que hice al llegar fue darme un baño largo en la tina.
Mientras el agua caliente caía sobre mi piel, su voz no dejaba de resonar en mi cabeza.
"De ahora en adelante vamos a vernos mucho más seguido."
No sabía si realmente cumpliría esa promesa.
Después de todo...
Ya me había prometido una vez que volvería.
Y nunca lo hizo.
No iba a permitirme volver a pasar por lo mismo.
Sin darme cuenta terminé quedándome dormida dentro de la tina.
Cuando desperté, ya era de noche.
Me cambié, me acosté y caí en un sueño profundo.
A la mañana siguiente hice exactamente la misma rutina de todos los días.
Desayuné.
Leí un rato en la biblioteca.
Y cuando estaba completamente concentrada en mi libro...
Mi teléfono vibró.
Miré la pantalla.
Marcos.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
Abrí el mensaje.
"Buenas tardes. Me preguntaba si te gustaría salir a tomar un té... o simplemente caminar un rato junto al mar."
Me quedé observando la pantalla unos segundos.
No sabía qué responder.
Una parte de mí quería aceptar de inmediato.
La otra...
Tenía miedo.
Miedo de volver a acostumbrarme a alguien que podía desaparecer otra vez.
Finalmente escribí.
—Buenas tardes, señor. Le agradezco la invitación, pero me temo que mi padre no acostumbra dejarme salir con cualquier persona.
La respuesta llegó enseguida.
—Lo sé, señorita. Por eso primero hablé con él. Ya tengo su autorización. Solo falta saber si usted desea acompañarme. La última decisión es completamente suya.
Me quedé inmóvil.
Había hablado con mi padre.
Eso significaba mucho.
Respiré hondo antes de responder.
—De acuerdo. Cuando tenga un día libre le avisaré.
Pasaron tres días.
Tres días pensando si realmente debía hacerlo.
Hasta que reuní el valor suficiente y lo llamé.
—¿Hola... Marcos?
—Hola, Natalia.
Su voz sonaba igual de tranquila que siempre.
—¿Cuándo quieres ir?
Hubo un pequeño silencio.
—¿Te parece este jueves?
—Sí.
—¿A las ocho?
—Está bien.
—Entonces pasaré por ti.
—Nos vemos.
—Nos vemos, Natalia.
Colgué.
Y aunque la conversación había durado menos de un minuto...
No pude dejar de sonreír.
Los días pasaron rápido.
Cuando finalmente llegó el jueves me desperté con una emoción que hacía muchísimo tiempo no sentía.
Nunca salía de casa.
Mis días eran siempre iguales.
Biblioteca.
Jardines.
Lectura.
Silencio.
Pero esa noche sería diferente.
Iba a salir con mi mejor amigo de la infancia.
El mismo que había desaparecido trece años atrás.
Eran las seis de la tarde.
Abrí el armario una y otra vez sin saber qué ponerme.
Después de cambiarme varias veces decidí vestir algo sencillo.
Un jean claro.
Una remera blanca.
Un suéter color chocolate.
Zapatillas blancas.
Unos pequeños aretes dorados y un collar fino que hacía juego.
Nada exagerado.
Solo yo.
Cuando faltaba una hora para que llegara...
Los nervios empezaron a ganarme.
Así que hice lo que siempre hacía cuando necesitaba tranquilidad.
Fui a la biblioteca.
Tomé mi libro favorito.
Me senté en el sillón de siempre, frente a la ventana.
Y sin darme cuenta...
Me quedé dormida.
marcos narrando
Llegó el jueves.
Y por primera vez en muchos años estaba nervioso por algo que no era trabajo.
Revisé mi armario varias veces.
Terminé eligiendo una camisa celeste, un pantalón claro y zapatillas blancas con detalles grises.
Simple.
Pero prolijo.
Salí una hora antes.
No pensaba llegar tarde.
Jamás volvería a fallarle.
Cuando llegué a la mansión envié un mensaje.
No respondió.
Esperé unos minutos.
Nada.
Entonces toqué el timbre.
Una empleada abrió la puerta.
—Buenas noches, joven Marcos.
—Buenas noches. ¿Se encuentra la señorita Natalia?
—Sí. Debe estar en la biblioteca. Permítame avisarle.
Sonreí.
—No hace falta. Si no le molesta, puedo buscarla yo.
La mujer asintió.
Conocía perfectamente esa casa.
Subí las escaleras.
Llegué hasta la biblioteca.
Golpeé la puerta.
Silencio.
Entré despacio.
Y ahí estaba.
Sentada exactamente en el mismo sillón de hace trece años.
Dormida.
Con un libro entre las manos.
Y la luz del atardecer iluminando su rostro.
No pude evitar sonreír.
"Siempre fue hermosa..."
Me acerqué lentamente.
—Señorita... creo que tenemos una salida pendiente.
Abrió los ojos lentamente.
Me miró unos segundos.
Y después sonrió apenas.
—Hola, Marcos...
Perdón.
Me quedé dormida.
—No importa.
Valió la pena esperar.
Se quedó observándome.
—Estás muy linda hoy.
Ella levantó una ceja.
—¿Eso significa que el resto de los días estoy fea?
No pude evitar reír.
—No.
Solo digo que hoy estás todavía más bonita de lo normal.
Rodó los ojos con una pequeña sonrisa.
—Vámonos antes de que sigas diciendo tonterías.
Hice una leve inclinación.
—Primero usted.
—No me digas "usted". Soy menor que vos.
—Como ordene... señorita.
Esta vez sí.
La escuché reír.
Y sentí que el peso de aquellos trece años empezaba, por fin, a desaparecer.
Mientras caminábamos hacia la salida habló sin mirarme.
—Pensé que no ibas a venir.
Su voz fue tan baja...
Que casi dolía.
Me detuve un segundo.
—Jamás volveré a irme sin despedirme.
Hubo silencio.
Seguimos caminando.
—Aquella vez...
No tuve elección.
Si volvía a verte antes de irme...
No habría podido marcharme.
Ella bajó la mirada.
—Lo entiendo.
Éramos niños.
No decidíamos nada.
Después levantó la vista.
Y, por primera vez desde que nos reencontramos...
Me regaló una sonrisa sincera.
—Al menos...
La promesa de hoy sí la cumpliste.
Sonreí.
—Y todavía me falta cumplir otra.
—¿Cuál?
—La de estar cerca de vos de ahora en adelante.
Ella no respondió.
Pero tampoco apartó la mirada.
Y por alguna razón...
Sentí que esta vez sí me había perdonado.
Natalia narrando
Esa noche fue distinta a cualquier otra.
Caminamos por las calles de Puerto Marina durante horas.
Me mostró rincones que nunca había visto.
Puestos de recuerdos.
Pequeñas cafeterías.
Artesanos.
Música callejera.
Y por un momento...
Sentí que conocía mi propia ciudad por primera vez.
También hablamos de Alex.
Marcos me contó que la última vez que lo había visto había sido tres años atrás.
Que seguía trabajando.
Que su trabajo era peligroso.
Y que casi nunca tenía tiempo libre.
Me alegró saber que estaba bien.
Aunque una extraña sensación quedó dando vueltas dentro de mí.
Como si supiera que tarde o temprano volveríamos a encontrarnos.
Antes de regresar, Marcos compró un pequeño llavero con el faro de Puerto Marina.
—Para que recuerdes esta salida.
Lo sostuve entre mis manos.
Era un detalle sencillo.
Pero significaba mucho más de lo que él imaginaba.
Cuando llegamos a la mansión nos detuvimos frente a la entrada.
—Natalia...
—¿Sí?
—La próxima semana llegará una feria a la plaza.
Dicen que viene gente de todas partes.
¿Te gustaría ir conmigo?
Lo miré unos segundos.
Y, sin darme cuenta, mi voz ya no sonaba tan fría como antes.
—Si mi padre vuelve a darte permiso...
Claro que sí.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces nos veremos la próxima semana.
—Hasta luego, Marcos.
—Hasta luego.
Entré en la casa sin mirar atrás.
Pero una pequeña sonrisa permaneció en mi rostro durante todo el camino.
En ese momento no podía imaginarlo.
No tenía idea de que aquella simple salida cambiaría el rumbo de nuestras vidas para siempre