Ariana Montero es, a los ojos de todos, una esposa insignificante.
Su suegra la humilla en cada cena. Su esposo, Simón Valverde, la exhibe como un adorno inútil mientras pasea a su amante del brazo frente a la familia. Nadie le pregunta adónde va por las noches. Nadie sospecha que debajo del vestido sencillo y el silencio calculado se esconde una de las cirujanas cardíacas más brillantes del país.
Cuando un misterioso inversionista llamado Santiago Guerrero la recluta para dirigir un ambicioso proyecto médico, los dos mundos de Ariana comienzan a colisionar. En el hospital es la "Doctora Genio", una leyenda anónima cuyos dedos han salvado vidas que otros daban por perdidas. En casa sigue siendo la mujer a la que nadie toma en serio.
Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
A medida que su identidad se resquebraja, Ariana descubre algo mucho más peligroso que un matrimonio roto: la muerte de sus padres —dos médicos célebres que perecieron en un supuesto accidente automovilístico— fue un asesinato orquestado por las mismas familias que hoy la rodean. Un hombre con el rostro marcado por cicatrices, un tío político con las manos sucias y una suegra cuya elegancia esconde complicidad van tejiendo un rompecabezas que lleva veinticinco años enterrado.
Entre conspiraciones familiares, traiciones inesperadas, bisturís y balas, Ariana deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para honrar la memoria de quienes le dieron la vida... y si el hombre que le ofrece protección merece también su confianza.
Porque en esta historia, ser subestimada no es una debilidad.
Es una ventaja.
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Capítulo 6
Simón jamás había pisado aquel edificio de apartamentos. Ahora se encontraba de pie en el vestíbulo, con el saco perfectamente ajustado y el rostro cubierto por una calma fabricada.
La recepcionista llamó al piso de arriba, a la unidad de Ariana.
Minutos después, ella bajó. Su apariencia seguía siendo sencilla, pero esta vez su rostro no mostraba expresión alguna.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó con voz plana.
Simón inspiró hondo.
—¿Podemos hablar? —Bajó el tono, deliberadamente más suave de lo habitual.
—Me parece que ya hablamos a través de los abogados —replicó Ariana, y el rechazo en su voz fue inequívoco.
—No seas así, Ariana. —La miró fijamente, tratando de leer algo que antes siempre había podido controlar—. Este divorcio… es demasiado precipitado. Los medios empiezan a especular, los inversionistas cuestionan la estabilidad de la empresa. No me arrastres a un problema por culpa de las noticias de nuestro divorcio.
Finalmente, Simón reveló el verdadero motivo de su visita. No había venido a reparar la relación, sino a proteger su imagen y su buen nombre.
Ariana esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Así que no viniste a salvar el matrimonio… sino a salvar tu reputación.
Simón enmudeció una fracción de segundo.
—En cuanto a lo nuestro… podemos empezar de nuevo. Lo reconozco, tal vez no te valoré lo suficiente. Pero todo tiene arreglo. Si estás celosa por Mariana, voy a limitar el trato con ella. Entre ella y yo no hay nada. Sé que actúas así porque me amas demasiado, mientras yo te descuidé.
Hizo una pausa breve y luego irguió los hombros con absoluta convicción.
—Te lo prometo: a partir de hoy voy a aprender a amarte. Voy a asegurarme de que seas la señora de Valverde, respetada por todos.
Su gesto rebosaba seguridad, como si esas palabras bastaran de sobra para ablandar a Ariana y traerla de vuelta a su lado.
Ya verás, seguro me acepta otra vez, pensó con arrogancia.
Pero en lugar de hallar un destello de felicidad en los ojos de Ariana, lo que encontró fue una sonrisa tenue —afilada e indescifrable—. Los labios de ella se curvaron de lado y soltó una risa queda. No era una risa de emoción, sino de pura diversión.
—Qué generoso eres, señor Simón —dijo Ariana con serenidad—. Lástima que yo solo aspiro a ser una mujer corriente. Ese título de señora de Valverde… dáselo a la doctora Mariana, esa de la que tanto te enorgulleces.
Lo miró sin un ápice de vacilación.
—¿Dices que estoy celosa de Mariana? Te equivocas. Para sentir celos, primero hay que sentir amor. Y yo, desde que me casé contigo… lo hice únicamente por un acuerdo con tu abuelo. Tenlo por seguro: nunca te amé.
Simón se quedó inmóvil; la mandíbula se le tensó.
—¿Quieres saber qué decía ese acuerdo? Pregúntaselo tú mismo a él. Lo que sí te queda claro es que jamás te amé. Y ahora solicito el divorcio… porque los tres años del pacto entre tu abuelo y yo ya se cumplieron.
Cada frase siguiente de Ariana empujó aún más el límite de la paciencia de Simón. Cada oración que brotaba de los labios de aquella mujer caía como una bofetada, tiñéndole el rostro de rojo mientras la furia se le desbordaba, golpeando su orgullo sin piedad. La mandíbula se le endureció y la mirada le ardió con una emoción que ya no era capaz de ocultar.
Sin embargo, detrás de la ira había algo que lo perturbaba más. Por primera vez, descubrió algo distinto en los ojos de esa mujer… control.
—Cambiaste desde la noche de la gala —murmuró—. ¿Quién eres realmente, Ariana?
—Sigo siendo la misma persona —contestó ella, impasible—. Solo que ahora no voy a quedarme callada cuando me humillen, ni tú ni tu madre.
Se dio la vuelta sin titubear.
—No vuelvas a buscarme. Entre nosotros, todo terminó.
Simón permaneció clavado en su sitio. En tres años de matrimonio, sentía por primera vez que estaba frente a una mujer a la que no conocía en absoluto.
Ya no era la Ariana que solía agachar la cabeza y optar por ceder, sino una mujer erguida, con palabras firmes e irrebatibles.
Tuvo que admitirlo: la noche de la Gala fue la primera vez que la vio hablar con semejante determinación. El pecho le retumbó. Si lo que Ariana decía sobre aquel acuerdo era cierto, entonces había vivido todo ese tiempo sumido en una ignorancia vergonzosa. Necesitaba ver a su abuelo y comprobar por sí mismo la verdad de esas palabras.
Pero cuando Simón llegó a la casona de los Valverde, no encontró a quien buscaba. Don Eduardo se hallaba fuera de la ciudad descansando, lejos de los asuntos familiares y de negocios. La visita de Simón resultó en vano. Sin explicaciones, sin respuestas. Seguía sin saber cuál era realmente el pacto entre Ariana y su abuelo.
Casi al mismo tiempo, la auditoría de la fundación médica de Simón concluyó su primera fase.
Transferencias de fondos operativos desviadas a empresas fantasma; varios proyectos de adquisición de equipos médicos sobrefacturados en casi el doble de su valor.
El informe llegó al escritorio de Santiago Guerrero, quien lo leyó con calma.
—Malversación de fondos médicos bajo el nombre de la caridad —murmuró.
Su asistente preguntó:
—¿Lo reportamos de inmediato?
—Todavía no.
—¿Por qué, señor?
—Deja que crea que aún le queda tiempo. —Santiago dirigió la mirada hacia la ventana—. Gente como Simón solo se derrumba… cuando descubre que todas las puertas ya se cerraron y no queda camino de regreso.
Mientras tanto, Mariana enfrentaba una presión de naturaleza distinta. Su nombre aún no había salido a la luz en el caso de manipulación de dosis, pero la investigación no había concluido. Necesitaba algo: una gran victoria. Una prueba contundente de que merecía estar en el proyecto del Centro Cardíaco Integral.
La oportunidad apareció rápido: un paciente VIP con un caso complejo de aneurisma. La cirugía era de alto riesgo, pero Mariana se ofreció de voluntaria para demostrar su valía.
—Es tu oportunidad —le dijo Simón cuando ella le habló de la operación—. No falles.
Mariana lo miró con firmeza.
—No lo haré.
Pero un quirófano no es un escenario, y la confianza en uno mismo no sustituye la pericia. Cuatro horas dentro de la sala de operaciones y la presión arterial del paciente no se estabilizaba. La hemorragia se volvió difícil de controlar; el equipo quirúrgico empezó a inquietarse.
—Doctora, estamos perdiendo demasiada sangre —advirtió su asistente.
—¡Lo sé! —cortó Mariana; la voz ya se le quebraba.
Tomó una decisión rápida. Y esa decisión fue errónea.
El monitor emitió un pitido largo y continuo.
Silencio.
El paciente no pudo ser salvado.
La noticia de la muerte llegó a los medios en cuestión de horas; la familia del paciente era una figura pública. El nombre del hospital quedó salpicado. Y el de la empresa inversora —el Grupo Valverde— también fue mencionado.
Simón estaba de pie en su despacho, el rostro gélido.
—¿Qué pasó? —preguntó cuando Mariana entró; la expresión del hombre era sombría.
—Era un caso difícil, de alto riesgo desde el principio.
—¡Alto riesgo no significa imprudencia! —estalló Simón, por primera vez, contra ella.
—¡No fui imprudente!
Simón la taladró con una mirada cargada de furia.
—¿Sabes qué? Cada fracaso tuyo ahora arrastra mi nombre consigo. No dejas de decepcionarme. Al parecer, el equivocado fui yo… por tenerte en un concepto demasiado alto.
Esas palabras dolieron más que cualquier grito. La relación entre ambos se resquebrajó en ese mismo instante.
Mariana comprendió algo que no quería admitir: Simón nunca había estado verdaderamente de su lado. Aquel hombre… solo estaba del lado de su propia conveniencia.