Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Acusado
El olor a desinfectante impregnaba cada rincón del hospital.
El cielo seguía cubierto por nubes oscuras y la lluvia golpeaba los ventanales con suavidad.
Adrián permanecía recostado en una cama de observación.
La donación de sangre había terminado hacía apenas unos minutos.
Una enfermera le había recomendado descansar al menos media hora antes de levantarse.
—Señor Montenegro, algunas personas sienten mareos después de donar. No intente levantarse todavía.
Adrián sonrió con amabilidad.
—Gracias. Lo haré.
La enfermera salió de la habitación.
El silencio volvió a reinar.
Adrián apoyó la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos.
Sentía el cuerpo pesado.
No era la primera vez que donaba sangre, pero aquella mañana apenas había desayunado. El cansancio de los últimos días y las noches sin dormir hacían que la debilidad fuera mucho más intensa.
Respiró lentamente.
Lo único que esperaba era recuperarse para volver a la empresa.
No quería preocupar a nadie.
Mucho menos a Valeria.
Aunque sabía que ella apenas había preguntado cómo se encontraba.
...
Mientras tanto...
En otra habitación.
Damián ya estaba sentado sobre la cama.
El médico acababa de confirmar que la transfusión había salido bien.
—Debe guardar reposo un par de días —dijo antes de retirarse.
En cuanto la puerta se cerró, la expresión frágil de Damián desapareció por completo.
Una sonrisa torcida apareció en sus labios.
—Qué hombre tan idiota...
Miró la bolsa de sangre vacía.
—Hasta me salva la vida.
Tomó su teléfono y vio que Valeria había bajado a la cafetería a comprarle algo de comer.
Estaría fuera unos minutos.
Más que suficiente.
Se levantó despacio y salió de la habitación.
...
Frente a la sala de observación.
Damián abrió la puerta sin llamar.
Adrián giró la cabeza al escuchar el ruido.
—¿Damián?
El otro sonrió con aparente amabilidad.
—Vine a agradecerte.
Adrián intentó incorporarse.
—No era necesario...
—Claro que sí.
Damián cerró la puerta detrás de él.
Esperó unos segundos.
Luego...
La sonrisa desapareció.
Sus ojos se volvieron fríos.
Completamente distintos.
—Debes estar muy orgulloso de ti.
Adrián frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Damián soltó una risa baja.
—Salvarme la vida.
Se acercó lentamente a la cama.
—¿Crees que por esto Valeria va a enamorarse de ti?
Adrián permaneció en silencio.
—No doné sangre por eso.
—¿Ah, no?
Damián inclinó un poco el rostro.
—Entonces eres más ingenuo de lo que imaginaba.
Adrián respiró hondo.
—Si viniste solo para decir esto, puedes irte.
—¿Molesto?
Damián sonrió con arrogancia.
—¿Sabes qué me divierte?
Que basta con que la llame una sola vez para que deje todo y venga corriendo.
Mientras tú...
Hizo una pausa.
Miró alrededor de la habitación.
—...te quedas esperándola como un perro fiel.
Aquellas palabras atravesaron el pecho de Adrián.
Aun así...
No respondió.
Damián siguió hablando.
—¿Sabes qué hizo anoche mientras tú preparabas su aniversario?
Adrián levantó lentamente la mirada.
Damián sonrió con malicia.
—Cenó conmigo.
Y se veía feliz.
Mucho más feliz que contigo.
Las manos de Adrián se cerraron lentamente sobre la sábana.
No por rabia.
Sino por dolor.
Damián lo notó.
Y disfrutó verlo.
—Pobre Adrián...
Tres años de matrimonio...
Y ella sigue enamorada de mí.
Qué humillante.
Adrián habló por fin.
Su voz era tranquila.
—¿Ya terminaste?
Damián soltó una carcajada.
—No.
Me falta decirte algo.
Se inclinó hasta quedar muy cerca de él.
—Mientras yo exista...
Valeria jamás te amará.
Jamás.
En ese momento...
Se escucharon pasos acercándose por el pasillo.
Damián reconoció inmediatamente el sonido de los tacones.
Valeria.
Sus ojos brillaron.
En una fracción de segundo cambió su expresión.
Retrocedió un paso y levantó las manos, como si intentara calmar una discusión.
Adrián apenas alcanzó a verlo.
—¿Qué...?
Antes de que pudiera terminar la frase...
Damián dio dos pasos hacia atrás de forma exagerada, perdió el equilibrio a propósito y cayó sentado al suelo con un golpe seco.
La puerta se abrió de inmediato.
—¡Damián!
Valeria dejó caer la bolsa que llevaba en las manos y corrió hacia él.
—¿Qué pasó?
Damián tenía los ojos húmedos.
Miró a Adrián con expresión de tristeza.
—Yo... solo vine a agradecerle por salvarme...
Bajó la cabeza.
—Pero parece que mi presencia le molestó.
Valeria giró lentamente hacia su esposo.
Su rostro estaba lleno de indignación.
—¿Qué hiciste?
Adrián permanecía sentado en la cama.
Todavía estaba débil.
Incluso tenía la vía intravenosa conectada a su brazo.
Lo ocurrido había sido tan rápido que apenas lograba entenderlo.
—Valeria...
Ella no le permitió hablar.
—¡Te hice venir para ayudarlo y vienes a tratarlo así!
—Yo no...
—¡Basta!
Su voz resonó en toda la habitación.
Damián fingió intentar detenerla.
—Valeria... no lo regañes...
Quizá fue un malentendido...
Ella negó con fuerza.
—Siempre lo justificas todo.
Damián suspiró con aparente tristeza.
—No importa.
Tal vez yo no debería haber venido.
Solo quería darle las gracias.
Adrián observó la escena en silencio.
No sentía rabia.
Solo una inmensa decepción.
Valeria no le había preguntado qué había pasado.
No había escuchado su versión.
Había decidido creerle a Damián desde el primer segundo.
Como siempre.
La mujer que había prometido confiar en él frente al altar...
Ni siquiera le concedía el beneficio de una explicación.
Valeria ayudó a Damián a levantarse con infinita delicadeza.
Lo sostuvo del brazo con una ternura que Adrián conocía muy bien...
Porque nunca había sido para él.
Antes de salir de la habitación, Valeria volvió a mirar a su esposo.
Su mirada era fría.
Decepcionada.
—Cuando regreses a casa... hablaremos.
La puerta se cerró.
El silencio volvió a envolver la habitación.
Adrián dejó escapar un largo suspiro.
Luego apoyó la cabeza sobre la almohada y cerró lentamente los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo...
Se preguntó si, sin importar cuánto hiciera por Valeria, alguna vez ella elegiría creer en él antes que en Damián.