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BUSCA MI FELICIDAD

BUSCA MI FELICIDAD

Status: En proceso
Genre:ABO
Popularitas:640
Nilai: 5
nombre de autor: Tumiult

Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.

NovelToon tiene autorización de Tumiult para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

18

Las semanas siguientes se acomodaron en una rutina que Paulo aprendió a sostener con una disciplina fría, casi mecánica, como quien construye una rutina sobre terreno que sabe inestable pero no tiene otro lugar donde pararse todavía. Se levantaba antes que Henry, preparaba el desayuno de Lucas con un cuidado excesivo en los detalles, el pan tostado justo al punto que le gustaba, la fruta cortada en las formas que Lucas insistía que sabían mejor así. Lo llevaba al colegio, y pasaba el resto del día en el taller sumergido en el trabajo con una concentración que Octavio, sin comentar nada directamente, notó y respetó sin hacer demasiadas preguntas.

El taller, con su olor familiar a tela nueva y el zumbido constante de las máquinas de coser en el piso de abajo, se convirtió en el único lugar donde Paulo lograba, por horas enteras, dejar de pensar en todo lo que estaba pasando con Henry. Cortaba patrones con una precisión casi obsesiva, revisaba cada costura dos veces más de lo necesario, y encontraba, en ese ritmo repetitivo y exigente, una forma de anestesia que ningún otro momento del día lograba ofrecerle.

—¿Estás bien? —le preguntó Octavio una tarde, encontrándolo todavía inclinado sobre un patrón mucho después de la hora en que normalmente se iba a casa.

—Solo mucho trabajo acumulado.

Octavio se quedó mirándolo un momento más de lo necesario, con esa mirada precisa que parecía atravesar cualquier excusa a medias, pero no insistió, limitándose a dejar una taza de café tibio sobre el escritorio antes de volver a su propia oficina. Paulo se lo agradeció en silencio, sin necesitar que nadie indagara más de lo que él mismo estaba dispuesto a compartir.

En casa, la convivencia con Henry se había convertido en algo que Paulo todavía no sabía nombrar del todo, no era frialdad completa, porque frente a Lucas seguían funcionando con la misma normalidad de siempre, cenas familiares, tardes de fin de semana en el parque, ninguna grieta visible que el niño pudiera detectar. Pero cuando Lucas se dormía y quedaban solo los dos, algo se apagaba entre ellos de una forma que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.

Dormían en la misma cama todavía, por costumbre más que por elección consciente, pero Paulo había empezado, sin planearlo del todo, a acostarse de espaldas a Henry, ocupando el borde más alejado del colchón, con un espacio entre los dos que crecía cada noche apenas un poco más, sin que ninguno mencionara nunca esa distancia creciente.

—Te extraño —le dijo Henry una noche, con la voz baja en la oscuridad, sin llegar a tocarlo—. Sé que no tengo ningún derecho a decir eso, pero es verdad.

Paulo no contestó. Se quedó con los ojos abiertos, mirando la pared, escuchando su propia respiración hacerse más pesada con el esfuerzo de mantenerla controlada, hasta que finalmente escuchó a Henry darse vuelta también, aceptando el silencio como la única respuesta que iba a recibir esa noche.

...***************...

El embarazo avanzaba con una normalidad médica que contrastaba, de forma casi cruel, con todo lo demás que se había desmoronado a su alrededor. Cada control prenatal confirmaba que todo iba bien, que el crecimiento era el esperado, que no había ninguna razón para preocuparse, y Paulo salía de cada cita con una mezcla extraña de alivio y de una tristeza que le costaba entender del todo, este bebé, que debería haber sido pura alegría sin ninguna sombra, ahora llegaba envuelto en tantas capas de dolor que a veces le costaba sentir la emoción pura que sí había sentido, brevemente, aquella mañana en la clínica antes de que todo cambiara.

Se lo confesó a la doctora en una de esas citas mientras se vestía después del chequeo.

—¿Es normal sentir esto? Estar feliz por el bebé, pero también... no sé. Como si la felicidad no me llegara completa.

La doctora, una mujer de mediana edad con una calidez profesional que no exigía explicaciones adicionales, se sentó frente a él con una paciencia genuina.

—Es completamente normal, Paulo. El embarazo no ocurre en el vacío. Todo lo que estás cargando emocionalmente afecta cómo lo vives, y eso no significa que quieras menos a este bebé. Solo significa que eres humano.

Paulo asintió, sin poder explicarle más, se guardó, como tantas otras cosas últimamente, la magnitud completa de lo que llevaba dentro, mostrando solo la superficie manejable, la fachada de un futuro padre nervioso pero feliz, mientras por dentro seguía procesando, sin ninguna prisa por terminar de hacerlo, una traición que todavía no lograba nombrar completa.

...***************...

Lucas, ajeno por completo a todo lo que pasaba entre sus padres, atravesaba esos meses con la emoción simple y pura de un niño esperando un hermano o hermana, llenando las paredes de su cuarto con dibujos de bebés con proporciones imposibles, insistiendo cada noche en tocarle el vientre a Paulo aunque todavía no hubiera nada que sentir desde afuera.

—¿Ya puede escucharme? —preguntó una noche, con la oreja pegada contra el vientre de Paulo, absolutamente serio en su investigación.

—Todavía es muy pequeño para eso, cariño.

—Pero algún día sí, ¿verdad?

—Algún día sí.

Lucas se acomodó satisfecho con esa respuesta, quedándose ahí un rato más, con la oreja pegada, tarareando algo sin melodía clara "para que el bebé se acostumbre a mi voz", según explicó con toda la seriedad de sus seis años. Paulo le acarició el cabello, sintiendo, en medio de todo lo demás que cargaba, una calidez genuina y sin ninguna sombra que solo su hijo mayor lograba darle en esos días, un ancla pequeña de normalidad en medio de todo lo que se había vuelto tan complicado de sostener.

Fue unas semanas después, con el embarazo ya visiblemente avanzado y Paulo empezando a sentirse, por primera vez desde aquella tarde devastadora, algo más cercano a una paz frágil pero real, que el teléfono sonó una tarde con un número que no reconocía.

—¿Paulo? —La voz del otro lado era femenina, con un tono que le sonó vagamente familiar aunque no lograba ubicarlo del todo—. Soy Valeria. Necesito que hablemos. Es importante.

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