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Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: MisterG028

Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.

Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.

Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.

Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.

Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.

NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La única que ve

Helena Fiallet tenía el cabello negro como la noche de invierno y los ojos verdes de su madre, aunque nunca había conocido a esa mujer. Solo existía en las fotografías que su padre, Robert, guardaba en el despacho de la firma Fiallet & Asociados, y en las historias que Louis, su hermano mayor, a veces contaba cuando el alcohol aflojaba su habitual severidad.

Desde que tenía memoria, el derecho había sido el aire que respiraba. Robert le había enseñado a leer con códigos civiles. Louis le corregía los ensayos de literatura con la misma precisión con que preparaba un alegato. No había otra opción. No había otro camino. Y Helena, de diecinueve años, fuerte, independiente y al mismo tiempo profundamente consentida, había aceptado ese destino con la misma determinación con que aceptaba los regalos caros y las protecciones excesivas de su familia.

Esa tarde de octubre, el sol se filtraba a través de los ventanales del departamento de Sebastian Scott en el piso cincuenta de una torre de cristal en el centro. Helena estaba sentada en el sofá de cuero blanco, con las piernas recogidas y el código de procedimiento civil abierto sobre las rodillas. No leía. Solo miraba las páginas sin verlas.

Sebastian entró desde la cocina con dos vasos de vino tinto. Tenía el cabello castaño ligeramente desordenado, la camisa blanca arremangada y esa sonrisa que siempre lograba que el estómago de Helena se contrajera.

—Vas a terminar odiando ese libro —dijo, dejándole el vaso en la mesa baja—. Odiándolo más de lo que ya lo odias.

Helena levantó la vista. Sus ojos verdes se suavizaron al verlo.

—No lo odio. Solo… no sé si es lo que quiero.

Sebastian se sentó a su lado, tan cerca que su rodilla rozó la de ella. Le apartó un mechón de cabello de la frente con una naturalidad que parecía cariño genuino.

—Entonces no lo hagas. Deja la universidad. Viaja. Haz lo que te dé la gana. Yo te apoyo.

Ella soltó una risa breve, casi triste.

—Mi padre se moriría. Louis también. Y yo… no sé hacer otra cosa, Seb. De verdad. No sé.

Él la miró en silencio unos segundos. Luego tomó su mano y la llevó a sus labios.

—Sabes amarme. Eso ya es algo.

Helena sintió el calor subir por su cuello. Apoyó la frente contra la de él.

—Te amo tanto que a veces me asusta —susurró—. ¿Tú también?

Sebastian no contestó de inmediato. Sus dedos dibujaron círculos lentos en el dorso de su mano. Cuando habló, su voz fue baja, casi perfecta:

—Eres la única mujer que veo cuando cierro los ojos, Helena. La única.

Ella sonrió, creyéndolo por completo.

Lo que no sabía —lo que nunca sabría si él podía evitarlo— era que esa misma mañana, a las once y media, Sebastian había estado en una suite del Four Seasons con una modelo de dieciocho años cuyo nombre apenas recordaba. Y la noche anterior, en el baño de un club exclusivo, con la hermana de un cliente de su padre. Para él eran momentos. Destellos. Nada que se comparara con la forma en que el pecho se le apretaba cuando Helena reía de verdad, o cuando lo miraba como si él fuera la única persona segura en un mundo que la asfixiaba.

Pero el cuerpo de Sebastian tenía hambre de novedad. Y él nunca había aprendido a decirse que no.

Helena cerró el libro de golpe y lo dejó a un lado.

—¿Qué pasa si un día descubro que no quiero ser abogada? ¿Qué pasa si quiero… no sé… pintar, o escribir, o desaparecer un tiempo?

Sebastian la rodeó con un brazo y la atrajo contra su pecho.

—Entonces desaparecemos juntos. O te espero. Como quieras. Pero no te voy a dejar sola, ¿me oyes?

Ella asintió contra su camisa. El perfume de él —sándalo y algo más oscuro— la envolvió. Por un instante, el peso de la familia Fiallet, de las expectativas, de la madre muerta que nunca conoció, se volvió más ligero.

—Quédate esta noche —murmuró—. No quiero volver a casa todavía. Louis va a preguntarme por el examen de derecho penal y no tengo ganas de mentirle.

Sebastian besó la coronilla de su cabeza.

—Quédate todas las noches que quieras. Esta casa es tuya también.

Helena levantó el rostro y lo besó. Fue un beso lento, profundo, de esos que ella guardaba como tesoros. Cuando se separaron, él sonrió con esa mezcla de ternura y posesión que siempre la desarmaba.

—Te amo, Helena Fiallet —dijo, y por primera vez en el día, las palabras no fueron una mentira completa. Eran verdad… a su manera imperfecta y egoísta.

Ella cerró los ojos y se dejó caer en esa verdad a medias.

Mientras tanto\, en el bolsillo de la chaqueta de Sebastian\, el teléfono vibró en silencio. Un mensaje de una tal Camila: *¿Hoy a las diez? La misma suite.*

Sebastian no lo miró. No todavía. Primero iba a dedicar tiempo a la única mujer que, de alguna forma retorcida, sí amaba. Después, cuando Helena se quedara dormida entre las sábanas de seda, respondería.

Porque así era él.

Y ella todavía no lo sabía.

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Kayra Villavicencio
Por cab*on calenturiento.
Kayra Villavicencio
Es un socio, ya me cae como patada en una tet*
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