Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
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Capítulo 2: El hombre perfecto no existe
Habían pasado tres semanas desde aquella gala benéfica.
Valeria no era una mujer que entregara su confianza con facilidad. Había aprendido que las personas muestran su mejor versión cuando desean conquistar a alguien, pero el verdadero carácter aparece con el tiempo.
Por eso, cuando Adrián le escribió por primera vez, no respondió de inmediato.
Adrián:"Fue un gusto conocerte. Espero que hayas llegado bien a casa."
Ella leyó el mensaje durante el desayuno y dejó el teléfono sobre la mesa.
No era una estrategia.
Simplemente estaba ocupada.
Horas después respondió.
Valeria:"Gracias. Llegué bien. Espero que tú también."
Cinco minutos después llegó otra respuesta.
Adrián:"¿Te invito un café esta semana?"
Valeria sonrió levemente.
Era directo.
Eso le agradaba.
Aceptó.
La cafetería donde se encontraron era pequeña, elegante y tranquila.
Adrián llegó diez minutos antes.
Cuando Valeria apareció, él ya la esperaba con una mesa reservada.
—Puntual —comentó ella mientras tomaba asiento.
—Mi padre decía que llegar tarde es decirle a la otra persona que su tiempo vale menos que el tuyo.
Valeria levantó una ceja.
—Me gusta esa frase.
—Él también admiraría la puntualidad.
Pidieron café y comenzaron a conversar.
Hablaron durante casi dos horas.
Descubrieron que ambos disfrutaban leer novelas históricas, caminar por la montaña y viajar sin itinerarios demasiado rígidos.
Había algo que llamaba la atención de Valeria.
Adrián no monopolizaba la conversación.
Escuchaba.
Preguntaba.
Se interesaba genuinamente por lo que ella decía.
Cuando terminó la reunión, él no intentó besarla ni tomarle la mano.
Solo dijo:
—Gracias por regalarme parte de tu tiempo.
Valeria respondió con una sonrisa.
—Gracias por hacer que valiera la pena.
Las semanas siguientes transcurrieron con naturalidad.
No había promesas exageradas.
No había declaraciones de amor precipitadas.
Solo dos personas que comenzaban a conocerse.
Adrián enviaba mensajes para preguntarle cómo había ido su día.
Le llevaba café cuando sabía que tenía reuniones importantes.
Recordaba pequeños detalles que ella mencionaba.
Una tarde apareció en su oficina con un libro.
—Lo vi en una librería y recordé que dijiste que era tu autor favorito.
Valeria recibió el regalo sorprendida.
—¿Te acordaste?
—Las personas importantes merecen atención.
Aquellas palabras tocaron una parte de ella que llevaba años protegida.
Un sábado, Adrián la invitó a conocer a su familia.
—Solo si tú quieres.
Valeria dudó unos segundos.
—Está bien.
La casa de los Montenegro era amplia, elegante y tradicional.
Su madre, Elena, la recibió con un abrazo cálido.
—¡Qué gusto conocerte! Adrián no deja de hablar de ti.
Valeria sonrió con discreción.
Durante el almuerzo todo transcurrió con tranquilidad.
Hasta que apareció el padre de Adrián.
Don Ricardo Montenegro era un empresario reconocido.
Tenía una presencia imponente y una costumbre muy marcada: necesitaba tener siempre la razón.
Observó a Valeria de arriba abajo antes de preguntar.
—¿A qué te dedicas?
—Soy directora de una consultora financiera.
—¿La empresa es tuya?
—Sí.
Él soltó una pequeña risa.
—¿Y cómo haces para dirigir un negocio siendo mujer?
El silencio cayó sobre la mesa.
Valeria sostuvo su mirada.
Respondió con serenidad.
—Supongo que igual que un hombre.
Trabajando.
La madre de Adrián sonrió discretamente.
Pero Don Ricardo insistió.
—No me malinterpretes. Solo creo que los hombres solemos tener más facilidad para tomar decisiones difíciles.
Valeria tomó un sorbo de agua antes de responder.
—Las decisiones no dependen del género.
Dependen del criterio.
El ambiente se volvió tenso.
Entonces Adrián intervino.
—Papá, Valeria dirige una empresa con más de ciento cincuenta trabajadores.
Creo que sabe perfectamente lo que hace.
Por primera vez, Don Ricardo guardó silencio.
Cuando salieron de la casa, Adrián suspiró.
—Perdón por mi padre.
—No tienes que disculparte por las opiniones de otra persona.
—A veces es demasiado tradicional.
Valeria caminó unos pasos antes de responder.
—Mientras sus ideas no sean las tuyas...
No hay problema.
Adrián sonrió.
—No lo son.
Ella le creyó.
Los meses pasaron.
La relación se volvió más seria.
Valeria descubrió que podía confiar en Adrián.
Él conoció a la madre de ella.
La ayudaba cuando necesitaba trasladar muebles.
Jugaba con sus sobrinos.
Era amable con los meseros, con los vigilantes del edificio y con cualquier persona.
Eso impresionó profundamente a Valeria.
Porque siempre decía:
—La educación se demuestra con quien no puede darte nada a cambio.
Ella comenzó a enamorarse.
No del hombre elegante.
No del empresario exitoso.
Sino del hombre atento que parecía comprenderla.
Una noche, mientras caminaban por un parque iluminado por faroles antiguos, Adrián tomó su mano.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Por qué nunca te casaste?
Valeria soltó una risa suave.
—Porque nunca encontré una razón suficiente.
—¿Y si esa razón apareciera?
Ella lo miró fijamente.
—El matrimonio no hace fuerte una relación.
La relación hace fuerte al matrimonio.
Él sonrió.
—Cada respuesta tuya parece una lección.
—No.
Son cicatrices.
Adrián comprendió que había dolor detrás de aquellas palabras.
No insistió.
Dos meses después, oficializaron su relación.
Los amigos de ambos celebraban la noticia.
Todos coincidían en algo.
—Se ven felices.
Y realmente lo eran.
O al menos eso parecía.
Sin embargo, el amor tiene una extraña costumbre.
Cuando dos personas dejan de intentar impresionarse, comienzan a mostrarse tal como son.
Y fue entonces cuando aparecieron pequeños detalles.
Tan pequeños...
Que cualquiera los habría ignorado.
Una tarde, Valeria recibió un premio como Empresaria del Año.
Al bajar del escenario, varios periodistas la rodearon.
Uno de ellos preguntó:
—¿Cuál considera que ha sido la clave de su éxito?
Antes de que ella respondiera, Adrián dijo entre risas:
—Trabajar tanto que casi no tiene tiempo para mí.
Todos rieron.
Valeria también.
Parecía un comentario inofensivo.
Pero, por un instante, sintió que él había querido restar importancia a un logro que le había costado más de diez años conseguir.
Decidió no darle importancia.
Tal vez había sido solo una broma.
Días después ocurrió algo parecido.
Estaban cenando con unos colegas cuando uno de ellos felicitó a Valeria por un contrato millonario.
Adrián sonrió y comentó:
—Bueno... alguien tiene que trabajar duro en esta relación.
Las personas alrededor rieron nuevamente.
Ella también sonrió.
Pero esta vez algo dentro de ella se movió.
No era lo que decía.
Era la frecuencia.
Las bromas comenzaban a repetirse.
Siempre disfrazadas de humor.
Siempre delante de otras personas.
Nunca cuando estaban solos.
Aquella noche, mientras regresaban a casa, Valeria rompió el silencio.
—¿Puedo decirte algo?
—Claro.
—No me gustan esos comentarios.
Adrián frunció el ceño.
—¿Cuáles?
—Los que haces delante de la gente.
Él soltó una pequeña carcajada.
—Amor... solo son bromas.
—Lo sé.
Pero prefiero que no las hagas.
Él tomó su mano.
—Está bien.
No volverá a pasar.
Ella sonrió.
Confiaba en su palabra.
No imaginaba que ese sería apenas el comienzo.
Porque las faltas de respeto rara vez empiezan con un grito.
Comienzan con pequeñas bromas...
Con comentarios disfrazados de humor...
Con frases que hacen reír a todos...
Excepto a quien las recibe.
Y, aunque Valeria aún no lo sabía, el hombre que prometió respetarla todos los días estaba empezando a olvidar la promesa que hizo aquella noche, junto a su automóvil.
El mismo día en que creyó que el respeto era un reto fácil de superar.