Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.
Una boda.
Un hombre de ojos color malva.
Una noche de terror.
Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.
Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.
Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.
Es un acuerdo simple.
Un año de matrimonio.
Sin amor.
Sin sentimientos.
Sin interferir en la vida del otro.
Pero convivir con Damien resulta mucho m
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Capitulo 4
Damien
La residencia Blackwood estaba inusualmente silenciosa aquella tarde.
Había terminado una reunión con los directivos de la compañía ferroviaria y me disponía a revisar unos contratos cuando escuché voces en el vestíbulo principal.
Mi madre había regresado.
No venía sola.
Mi hermano mayor caminaba a su lado.
Observé la escena desde el despacho mientras ambos avanzaban hacia mí.
—Qué agradable sorpresa —comenté dejando la pluma sobre el escritorio.
Mi madre ignoró el sarcasmo.
—Necesitamos hablar.
Aquella frase nunca traía nada bueno.
Mi hermano tomó asiento sin siquiera pedir permiso.
—El testamento del abuelo tiene un pequeño inconveniente.
—¿Ah, sí?
Mi madre cruzó los brazos.
—Un inconveniente que nos afecta a todos.
Levanté una ceja.
—Ahora tengo curiosidad.
—Si tú no te casas, Damien, habrá problemas.
Solté una breve carcajada.
—¿Problemas?
—Problemas muy costosos —intervino mi hermano.
Tomó uno de los documentos de mi escritorio y comenzó a leerlo sin ningún derecho para hacerlo.
—Si ninguno de los herederos cumple las condiciones matrimoniales establecidas por el abuelo...
—Ya conozco esa parte.
—Entonces sabes que gran parte de la herencia terminará en instituciones benéficas.
Finalmente comprendí a dónde quería llegar.
Sonreí.
—El abuelo siempre fue un hombre interesante.
—Era un tirano —gruñó mi hermano.
—Un tirano inteligente.
Mi madre suspiró.
—Arthur Blackwood sabía exactamente cómo obligarlos a sentar cabeza incluso después de muerto.
—Lamentablemente.
Mi hermano se dejó caer sobre el sofá.
—Si no nos casamos, millones terminarán en la maldita caridad.
—Qué tragedia.
Me observó con irritación.
—¿Te parece gracioso?
—Un poco.
Mi madre me lanzó una mirada de advertencia.
—Damien.
—Madre.
—Tus hermanos y tú poseen empresas, propiedades e inversiones, pero eso no significa que deban renunciar a lo que les corresponde.
Mi hermano asintió.
—Por una vez estoy de acuerdo con ella.
—Eso sí que es preocupante.
Mi madre ignoró el comentario.
—¿O es que planean mantenerme durante el resto de mi vida?
Tanto mi hermano como yo respondimos al mismo tiempo.
—Claro que no.
Ella sonrió satisfecha.
—Entonces los veo buscando esposa.
Mi hermano se acomodó la corbata.
—Yo ya estoy trabajando en ello.
—¿En serio?
—Voy a pedir la mano de una joven de muy buena familia.
Observé a mi hermano con interés.
—¿La amas?
—No.
—Entonces será un matrimonio feliz.
Mi madre cerró los ojos.
—No sé cómo pude criarlos a ambos.
Mi hermano sonrió.
—Con mucha paciencia.
Volví a revisar algunos documentos.
—Yo también estoy trabajando en ello.
El silencio fue inmediato.
Mi madre y mi hermano me observaron como si acabara de anunciar que pensaba convertirme en sacerdote.
—¿Qué?
—Repite eso —pidió mi hermano.
—Estoy buscando esposa.
—No te creo.
—Yo tampoco —añadió mi madre.
Me apoyé contra el respaldo de la silla.
—La señora Victoria Sterling me está ayudando.
Mi madre parecía horrorizada.
—¿La esposa de Héctor Sterling?
—Sí.
—¿Y no crees que sería mejor si yo te ayudara?
—No.
—Damien...
—Madre.
—Conozco a todas las familias importantes del país.
—Precisamente por eso prefiero evitar tu ayuda.
Mi hermano soltó una carcajada.
Mi madre lo fulminó con la mirada.
—¿Y quién es la candidata?
—Aún no lo sé.
—Eso es muy poco propio de ti.
—Lo averiguaré pronto.
Consulté mi reloj.
—Ahora, si me disculpan, tengo una reunión.
Era una mentira.
Pero una mentira necesaria.
Mi madre podía organizar cinco compromisos matrimoniales antes de terminar el día si le daba la oportunidad.
En cuanto ambos abandonaron el despacho llamé a Mariano.
Mi mano derecha llevaba más de diez años trabajando conmigo.
Era eficiente.
Discreto.
Y rara vez hacía preguntas.
—¿Señor?
—Comunícate con la señora Victoria Sterling.
—Sí, señor.
—Dile que acepto su propuesta.
Mariano no mostró sorpresa.
—¿La propuesta matrimonial?
—Exactamente.
—Muy bien, señor.
Dos horas después volvió a entrar.
—La señora Sterling respondió.
Levanté la vista.
—¿Y bien?
—Desea invitarlo a cenar esta noche. Dice que allí podrá hablarle de la señorita.
Tomé mi reloj de bolsillo.
—¿A qué hora?
—Siete de la noche.
—Perfecto.
Me puse de pie.
—Dile que estaré allí.
A las siete en punto mi automóvil se detuvo frente a la residencia Sterling.
La puntualidad era una forma de respeto.
Y también una forma de demostrar poder.
Las personas importantes hacían esperar a los demás.
Las verdaderamente importantes no necesitaban hacerlo.
Victoria Sterling me recibió personalmente.
—Sabía que vendrías.
—Entonces ya conoces mi respuesta.
Ella sonrió.
—Mucho mejor de lo que cree.
Me condujo hasta el comedor.
La cena ya estaba servida.
Tomé asiento.
Victoria parecía disfrutar de aquello más de lo necesario.
—La joven de la que te hablé es mi mejor amiga.
—Eso ya lo sé.
—Se llama Rosalind Lancaster.
Conocía perfectamente ese apellido.
Los Lancaster formaban parte de las familias más influyentes de la alta sociedad.
Dinero antiguo.
Prestigio.
Tierras.
Conexiones políticas.
Todo lo que una familia tradicional podía desear.
Tomé un bocado de la cena.
—Pensé que estaba casada.
Victoria soltó una carcajada.
—Todo lo contrario.
—¿No tiene pretendientes?
—Tiene demasiados.
Eso llamó mi atención.
—Entonces, ¿por qué sigue soltera?
Victoria sonrió como si acabara de descubrir un secreto divertido.
—Porque los rechaza a todos.
Dejé los cubiertos sobre la mesa.
—Interesante.
—Muchísimo.
—¿Y espera que acepte casarse conmigo?
—No.
Fruncí el ceño.
—¿No?
—Espero que ambos se nieguen primero.
La observé.
Victoria estaba claramente divirtiéndose.
—Explíquese.
—Rosalind detesta la idea del matrimonio.
Aquello sí logró despertar mi curiosidad.
—¿Y aun así cree que aceptará?
—Cuando descubra la alternativa, sí.
—¿Qué alternativa?
Victoria tomó una copa de vino.
—Un hombre de sesenta y nueve años llamado Viktor Wordwood.
Por primera vez en toda la noche sonreí.
Una sonrisa auténtica.
Breve.
Peligrosa.
Porque comenzaba a entender por qué aquella propuesta tenía posibilidades de funcionar.
Y porque, por primera vez, sentí curiosidad por conocer a la mujer que llevaba años desafiando a toda la alta sociedad.
Rosalind Lancaster.
Un nombre que, sospechaba, estaba a punto de complicar mi vida mucho más de lo que imaginaba.
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
esto está de Lokos 😰😱
hay no que 💩😰😱