Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.
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Preparaciones
Tres semanas después de que Rame llegara a la mansión, la investigación de Ino no encontró nada relevante.
No encontró nada porque no había nada que encontrar — o al menos eso era lo que parecía. Un niño sin papeles, sin familia registrada, sin nadie que lo buscara o lo reclamara. Nacido probablemente en algún punto del camino entre una ciudad y otra, criado por la calle desde que tenía memoria.
El duque lo escuchó. Asintió. Y al día siguiente Rame se incorporó a las clases de Sheins.
«Lo que Ino no encontró», pensaría Nazaria mucho más adelante, «no era porque no existiera.»
«Era porque alguien se había asegurado muy cuidadosamente de que no se pudiera encontrar.»
Pero eso era una historia para otro momento.
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Lo que ocupaba la mansión en esos días era una llegada diferente.
Los modistos y joyeros que su padre había mencionado aparecieron un martes por la mañana — cuatro personas con cajas enormes, telas de colores que Nazaria no sabía que existían, y una energía colectiva que sugería que consideraban este encargo el proyecto más importante de sus vidas profesionales.
«El vestido para la corte imperial.»
«El cumpleaños del Emperador Malvyn.»
«La primera vez que la hija del duque diabólico aparece en sociedad.»
Nazaria estaba de pie en el centro de su vestidor con los brazos extendidos mientras la modista principal — una señora de mediana edad con voz autoritaria y dedos de precisión milimétrica — medía, ajustaba y murmuraba cosas en un idioma técnico que Nazaria no terminaba de descifrar.
—¿Qué color prefiere la señorita?
—Lo que mi padre considere apropiado.
La modista la miró por encima de su cinta de medir.
—El duque nos dijo que la señorita decidiera.
«Por supuesto que lo hizo.»
«El hombre que elige todo con una precisión quirúrgica me deja elegir el vestido para el evento más importante del año.»
«O confía completamente en mi criterio.»
«O quiere que yo cargue con la responsabilidad si algo sale mal.»
«Probablemente ambas.»
—Azul oscuro —dijo Nazaria—. Con detalles dorados. Pero discretos. No quiero que los detalles sean lo primero que la gente vea.
La modista anotó algo.
—¿Qué quiere que sea lo primero que vean?
Nazaria pensó un momento.
—El vestido tiene que hacer que la persona que lo lleva se vea como alguien que pertenece exactamente al lugar donde está. Sin esfuerzo. Como si siempre hubiera estado ahí.
La modista la miró con una expresión que era nueva — algo entre evaluación profesional y sorpresa.
—La señorita tiene muy claro lo que quiere.
—Tengo muy claro lo que necesito —corrigió Nazaria—. Es diferente.
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Rame apareció en la puerta del vestidor veinte minutos después con el pretexto de devolverle un libro que le había prestado y la expresión de alguien que está siendo completamente transparente sobre el hecho de que en realidad tenía curiosidad por lo que estaba pasando.
Se detuvo en la puerta al ver a las cuatro personas con telas y cintas y cajas abiertas por todas partes.
—¿Qué es todo esto?
—Preparaciones para un evento en la corte —dijo Nazaria, con los brazos todavía extendidos porque la modista no había terminado.
—¿La corte imperial?
—Sí.
Rame procesó eso.
—¿El cumpleaños del Emperador?
«Es rápido. No necesita que le expliquen las implicaciones.»
—Sí.
—¿Y tú vas?
—Voy con mi padre.
Rame miró el caos organizado del vestidor. Luego la miró a ella.
—¿Es peligroso?
La pregunta fue directa. Sin adornos. Del tipo que hace alguien que prefiere la respuesta real a la tranquilizadora.
Nazaria lo consideró.
—Puede serlo —dijo con la misma honestidad—. El Emperador no aprecia mucho al ducado Ainsworth. Pero mi padre sabe lo que hace.
—¿Y tú?
—Yo también.
Rame la miró durante un momento. Luego asintió, una vez, con esa manera que tenía de dar por cerrado un tema cuando consideraba que tenía suficiente información.
—Devuélveme el libro cuando lo termines —dijo Nazaria.
—Ya lo terminé. Por eso vine.
—¿Lo terminaste? Te lo presté ayer.
—Era interesante.
«Cuatrocientas páginas de historia del Imperio. Interesante.»
«Este niño.»
Nazaria lo miró con una expresión que no logró controlar del todo.
—Toma el segundo tomo. Está en la biblioteca, tercera estantería desde la ventana, quinto libro desde la izquierda.
Rame asintió y se fue sin más ceremonias.
La modista lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo.
—¿Ese es el joven que el duque incorporó a la mansión?
—Sí.
—¿Es siempre así?
—¿Cómo así?
La modista consideró la pregunta.
—Serio.
«Serio. Sí. Esa es exactamente la palabra.»
—Está aprendiendo que puede ser de otra manera —dijo Nazaria—. Le lleva tiempo.
La modista asintió como si eso tuviera todo el sentido del mundo, y volvió a sus medidas.
......................
Esa noche, Nazaria estaba sentada en su escritorio repasando mentalmente lo que sabía del evento en la corte imperial cuando escuchó pasos lentos en el pasillo — no los pasos rápidos y precisos de Crista, ni los silenciosos de Kein, sino algo diferente, más tentativo.
Se detuvieron frente a su puerta.
Una pausa.
Luego dos golpes suaves.
—Pasa —dijo.
Rame abrió la puerta lo suficiente para asomarse. Tenía el segundo tomo bajo el brazo — evidentemente ya iba a la mitad, porque el marcador estaba en algún punto del centro — y una expresión que Nazaria tardó un segundo en leer.
«Quiere preguntar algo pero no sabe si debe.»
—¿Qué pasa? —dijo Nazaria.
—Nada. Solo... —Una pausa—. En el libro habla del poder que tiene el Emperador. El poder de la sangre imperial.
—Sí.
—¿Eso es real? ¿La gente puede tener poderes así de verdad?
«Ah.»
«La pregunta tiene dos capas. Una es curiosidad académica. La otra es personal.»
—Sí es real —dijo Nazaria—. En este mundo hay personas que nacen con capacidades extraordinarias. El linaje imperial es uno de los más conocidos, pero no el único.
Rame asimiló eso.
—¿Y tú? ¿Tienes algo así?
«La pregunta directa. Sin rodeos.»
«Ya confía lo suficiente para hacerla.»
Nazaria lo miró durante un momento.
—Sí —dijo—. Aunque todavía no sé exactamente qué es ni cómo usarlo.
—¿Te da miedo?
La pregunta fue tan directa y tan genuina que Nazaria tardó un segundo en responder.
—A veces —admitió—. Cuando pienso en lo que podría hacer si algo sale mal.
Rame asintió lentamente. Como si eso tuviera sentido para él de una manera que iba más allá de la conversación.
«Tú también tienes algo», pensó Nazaria, mirándolo. «Todavía no lo sabes. O lo sabes y no sabes qué hacer con eso.»
«Pero está ahí.»
«Lo veo.»
—El libro no explica bien los límites —dijo Rame, volviendo al tomo—. ¿Sheins sabe más?
—Sheins sabe más de casi todo —dijo Nazaria—. Pregúntale mañana en clase.
Rame asintió. Dio media vuelta.
—Rame.
Se detuvo.
—Me alegra que te hayas quedado.
Una pausa larga.
—Yo también —dijo finalmente, en voz baja.
Y salió.
Nazaria se quedó mirando la puerta cerrada.
«¿Este es mi final?»
La pregunta llegó suave esta vez. Sin urgencia. Como alguien que ya sabe la respuesta pero le gusta escucharla de vez en cuando.
«No.»
«Este es apenas el principio de todo.»