Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 7
Una mano se posó sobre el hombro de Rebecca confirmando lo que sospechaba... que su madre se volvía a sumir en el sueño con rapidez, con demasiada rapidez para una mujer que vivió con la fuerza de un titán.
-Déjala descansar ahora, Rebecca- le aconsejó Jay-. Sólo resiste cinco minutos por visita. Regresaremos mañana.
- ¿Jay?... -el susurro desde la cama los obligó a volverse
-Sí, aquí estoy, Lina -contestó, con calma.
-Cuida a mi Becky hasta salga de aquí. Cuídala como antes.
Algo cruel la sacudió y se movió para zafarse de esa mano, impulsada por la antigua amargura.
-Puedo cuidarme sola, mamá -le informó, con voz fría-. Soy una mujer hecha y derecha, ¿recuerdas?
-Sin embargo -Intervino Jay con rapidez, lanzándole una mirada de advertencia-, Rebecca se quedará en el Hall, Lina, así que no te preocupes por ella. -
-Tráemela mañana -le ordenó la enferma.
-Sí, señora -sonrió y Rebecca resintió el gesto de travesura que distendió la boca de su madre. Ni siquiera cuando era niña le sonreía de esa manera. Guardaba su buen humor para Jay.
Como tú, le recordó una vocecilla en su cerebro.
En el corredor empezó a temblar por la reacción. La impactó ver a su madre tan enferma y vulnerable y el proceso de envejecer ni siquiera le pasó por la cabeza durante el viaje.
- ¿De qué? -lo miró de reojo, rencorosa-. Es mi madre. Supongo que hasta debo agradecerte que te hayas tomado la molestia de cuidarla,
-Supongo que sí -repuso, seco.
Rebecca se volvió, abrupta, y fue hasta los ascensores, sofocando la respuesta vengativa que preparaba. No quería informarle que no había cuidado a su hijo ni un instante, durante los últimos diez años.
-Rebecca... -su mano descansó sobre el hombro de la joven y ella se aparto con violencia de él.
- ¡No me toques! -siseó, ronca. Y él retrocedió, asombrado por el odio profundo que descubrió en sus ojos-. No... Me toques -repitió, pensando en lo que su hijo había perdido con una amargura imposible de ocultar.
Caminaron al exterior en silencio. Ya afuera, Rebecca aspiró una bocanada de aire frío, tratando de calmarse y dominar la guerra de emociones que la sacudía.
-Traeré el coche. Tú espérame aquí -le dijo y ella obedeció igual que un perro obediente, mientras el frío estremecía su cuerpo sin que se diera cuenta. -
Jay se estacionó frente a la joven y le abrió la puerta. Rebecca se sentó sin murmurar ni una palabra y él le abrochó el cinturón en silencio, antes de partir. -
-Necesito hablar por teléfono -comentó de pronto, recordando la promesa que le hizo a Kit.
-Puedes usar el del Hall -le ofreció Jay-. Llegaremos en veinte minutos. -
-No quiero quedarme en el Hall -repitió, necia-. Si te niegas a que me hospede en el Swan, entonces dormiré en mi cuarto, en la casa del conserje.
-Imposible -replicó, concentrándose en el tráfico-. Mandamos reparar la casa, aprovechando la estancia de tu madre en el hospital. Por el momento está llena de andamios.
-Entonces, llévame al hotel -insistió.
- ¡Maldita sea! ¡Te quedarás en el Hall! -ordenó, furioso, sobresaltándola-. Tu madre así lo espera y se vería muy mal si no te recibiéramos; así que deja de discutir y trata de aceptar mi invitación con cierta cortesía.
-Con la debida humildad, más bien -se mofó-. La hija de la sirvienta debe mostrarse agradecida porque los nobles Lorence la aceptan bajo su techo.
-No me parece gracioso -le advirtió- y no insultes la manera en que te tratamos, Rebecca. No recuerdo ni un solo ejemplo en que te hayamos hecho sentir inferior a mi familia.
- ¿Cómo está tu padre? -preguntó, obligándolo a volverse para verla.
- ¿No lo sabías? -Indagó con genuina sorpresa y luego agregó, seco-: Claro que no, no lo sabías; puesto que te preocupaste porque nadie se pusiera en contacto contigo desde que te fuiste -fijó los ojos de nuevo en el camino, endureciendo el tono de voz al agregar-: Mi padre murió hace varios años.
Cedric Lorence... ¿muerto? -
-Lo... lo siento -la condolencia se le atoró en la garganta y Jay debió adivinarlo porque apretó la boca-. Así que ahora eres el rey del imperio Lorence ¿verdad? -añadió con un desprecio mortal hacia todo lo que el representaba.
La ironía estableció un silencio helado durante el resto del trayecto y, como Rebecca no deseaba hablar con Jay, concentró su atención en el paisaje familiar que se extendía ante la ventana. Diez años, reflexionó, al atravesar el pintoresco pueblecillo de Thornley, y nada parece haber cambiado... excepto yo.