Entre secretos prohibidos y un vínculo imposible, ¿será el amor su única salida… o la razón de su caída eterna?
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El Café de la Esquina
La mañana siguiente amaneció despejada.
Los primeros rayos de sol atravesaban las cortinas del apartamento de Caleb, iluminando la pequeña sala donde los libros ocupaban casi cada rincón. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el de la vainilla que siempre parecía acompañarlo.
Caleb desayunó con tranquilidad mientras repasaba el horario de sus clases.
Antes de salir, guardó cuidadosamente en un cajón la tarjeta de la Fundación Helix y el sobre que había recibido días atrás.
Todavía no estaba listo para acudir a aquella reunión.
Pero tampoco pensaba ignorarla.
Cerró la puerta del apartamento y descendió por las escaleras del edificio.
Apenas había avanzado una cuadra cuando decidió detenerse en una pequeña cafetería que solía visitar antes de ir a la universidad.
El local era acogedor y aún estaba casi vacío.
Pidió un café y un pan dulce.
Mientras esperaba su pedido junto a la ventana, la campanilla de la puerta volvió a sonar.
Caleb levantó la vista.
Entró un hombre vestido con un elegante abrigo negro.
Era Draven.
Los dos se quedaron inmóviles durante un instante.
Ninguno esperaba encontrar al otro allí.
Draven fue el primero en romper el silencio.
—Buenos días.
Caleb respondió con una sonrisa educada.
—Buenos días.
El dueño de la cafetería se acercó con entusiasmo.
—Señor Draven, como siempre, ¿el café negro?
—Sí, gracias.
Caleb arqueó ligeramente una ceja.
Así que era un cliente habitual.
Draven tomó su taza y, tras un breve momento de duda, se acercó a la mesa donde estaba sentado Caleb.
—¿Puedo?
Caleb señaló la silla frente a él.
—Adelante.
Durante unos segundos solo se escuchó el tintinear de las cucharillas contra las tazas.
Draven observó el libro que Caleb había dejado sobre la mesa.
—¿Te gusta leer novelas de misterio?
—Me gusta intentar resolver los secretos antes que los protagonistas.
Draven sonrió.
—¿Y lo consigues?
—La mayoría de las veces.
Aquella respuesta despertó un brillo de interés en los ojos del Enigma.
—Entonces debes ser una persona muy observadora.
Caleb dio un pequeño sorbo a su café.
—Observar suele enseñar más que hablar.
Draven asintió lentamente.
Por primera vez en muchos años, estaba disfrutando una conversación en la que nadie intentaba impresionarlo ni temerle.
Con Caleb todo era diferente.
Había una calma difícil de explicar.
Y eso hacía que quisiera conocerlo más.
Después de unos minutos, ambos salieron de la cafetería.
Caminaron juntos por la acera en dirección a la universidad.
No había silencios incómodos.
Solo una conversación sencilla sobre libros, arquitectura y los rincones más tranquilos de la ciudad.
Al llegar a la entrada del campus, Draven se detuvo.
—Supongo que aquí nuestros caminos se separan.
Caleb inclinó ligeramente la cabeza.
—Por ahora.
Draven sonrió.
—¿Te molestaría si volvemos a tomar un café otro día?
Caleb permaneció unos segundos pensativo.
Después respondió con naturalidad.
—No me molestaría.
Aquellas pocas palabras bastaron para dibujar una discreta sonrisa en el rostro de Draven.
—Entonces esperaré ese día.
El Enigma se alejó lentamente mientras Caleb observaba cómo desaparecía entre los árboles que rodeaban la avenida principal.
No muy lejos de allí, Ian acababa de llegar al campus para continuar con su investigación.
Desde la distancia alcanzó a ver a Caleb despidiéndose de un hombre vestido de negro.
No pudo distinguir su rostro.
Solo vio el vehículo oscuro que lo esperaba.
Una inquietud difícil de explicar se instaló en su pecho.
No sabía quién era aquel hombre.
Pero tenía la certeza de que volvería a cruzarse en su camino.
Caleb ajustó la correa de su mochila y sonrió apenas.
—Pregunta número trece...
Su voz fue tan suave que solo él pudo escucharla.
—¿Puede una simple taza de café cambiar el rumbo de dos destinos... o apenas es el comienzo de una historia mucho más grande?
Continuará...