Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
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Capítulo 4: Las burlas de mi hermano
Aquella tarde estaba ayudando a mi papá a organizar unas herramientas en el galpón de la finca. Habíamos terminado una jornada pesada y el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas del Quindío. Como siempre, después del trabajo nos sentamos un rato en el corredor de la casa para descansar.
Felipe estaba ahí tomando café mientras Sara conversaba con mi mamá y Melissa jugaba con unos cachorros en el patio.
Yo me senté en una silla de madera y me serví una taza de café.
—Uy, qué día tan largo —dije.
—Eso le pasa por ser tan lento trabajando —respondió Felipe riéndose.
—Vea pues quién habla.
Todos soltaron una carcajada.
La conversación siguió normalmente durante varios minutos. Hablamos de la finca, del embarazo de Sara y de algunas cosas que estaban pasando en la vereda.
De repente Felipe me miró con una sonrisa sospechosa.
—Oiga, Hernán.
—¿Qué pasó?
—¿Y usted cuándo piensa conseguir novia?
Yo casi me atraganto con el café.
—¿Otra vez con eso?
—Pues sí. Tiene veinte años y nunca ha traído una muchacha a la casa.
Sara se comenzó a reír.
—Es verdad.
—No empiecen ustedes también —contesté.
Felipe se acomodó en la silla.
—No, hablando en serio. ¿No le gusta nadie?
—Claro que sí me han gustado muchachas.
—¿Y entonces?
—Nada.
Mi hermano me quedó mirando.
—Oe... ¿usted sí será muy raro?
—¿Cómo así?
—Pues hermano, uno a los veinte años ya anda enamorado o hablando con alguien.
—No necesariamente.
Felipe comenzó a reírse.
—No me diga que salió tímido.
—No soy tímido.
—Entonces explíqueme.
Sara ya estaba riéndose a carcajadas.
—Déjelo tranquilo.
—No, no, no. Esto es importante —dijo Felipe.
Yo ya sabía que cuando se ponía así no iba a dejar el tema.
—¿Importante para quién?
—Para la ciencia.
Todos se rieron.
Entonces Felipe soltó la frase que me hizo poner rojo.
—Oe, ¿será que usted es marica?
La carcajada de Sara se escuchó por toda la finca.
—¡Felipe!
Mi mamá le dio un golpe suave en el brazo.
—Respete a su hermano.
—Estoy preguntando.
—Pues no —respondí inmediatamente.
—¿Seguro?
—Claro que seguro.
—Porque ya me estaba preocupando.
—No diga bobadas.
Felipe seguía muerto de la risa.
—Entonces explíqueme cómo un muchacho de veinte años no tiene novia.
—Porque no quiero.
—Ajá.
—En serio.
—Ajá.
—¿Qué parte no entiende?
Sara trataba de contener la risa.
—Déjelo, Felipe.
—No. Necesito respuestas.
Yo negué con la cabeza.
—Hermano, simplemente quiero estar solo por ahora.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Y eso existe?
—Claro que existe.
—No sabía.
—Pues ahora ya sabe.
Felipe tomó otro sorbo de café.
—¿Y no le da envidia verme tan feliz con Sara?
—No.
—¿Ni un poquito?
—No.
—Mentiroso.
—Le juro que no.
—Entonces está peor de lo que pensaba.
Todos volvieron a reírse.
Mi papá, que había estado escuchando en silencio, decidió intervenir.
—Déjenlo tranquilo. Cada persona tiene su tiempo.
—Gracias, papá.
—Pero sí está raro —dijo Felipe.
—¡Felipe!
—Bueno, bueno.
Melissa, que estaba escuchando todo sin entender mucho, se acercó.
—¿De qué hablan?
—De que su hermano no tiene novia —respondió Sara.
—Ah.
Melissa me miró.
—Yo tampoco tengo.
Toda la familia estalló en carcajadas.
—Pues claro, porque tiene ocho años.
—Entonces estamos iguales —dijo ella.
Yo aproveché la oportunidad.
—¿Ve? Melissa me entiende más que ustedes.
—No compare esas cosas —respondió Felipe.
La conversación siguió durante varios minutos.
—Hernán, hablando en serio —dijo Sara—. ¿Nunca ha tenido novia?
—No.
—¿Ni una?
—No.
—¿Y por qué?
Pensé durante unos segundos antes de responder.
—La verdad no sé. Nunca se ha dado.
—¿Nunca le gustó alguien?
—Claro que sí.
—¿Y?
—Pues nada.
—¿Nada?
—Nada.
Felipe volvió a reírse.
—Definitivamente este muchacho necesita ayuda.
—No necesito ayuda.
—Sí necesita.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Parecíamos dos niños pequeños discutiendo.
Mi mamá volvió a intervenir.
—Ya dejen de molestar.
—Yo solamente quiero que mi hermano sea feliz.
—Soy feliz.
—Pero con novia sería más feliz.
—¿Quién dijo?
—Yo.
—Pues está equivocado.
Felipe sonrió.
—Ya veremos.
La noche comenzó a caer sobre la finca. El cielo se llenó de estrellas y una brisa fresca recorrió el corredor.
Poco a poco la conversación cambió de tema.
Sin embargo, antes de levantarse de la silla, Felipe me señaló.
—Escuche bien lo que le voy a decir.
—¿Qué?
—Le doy máximo un año.
—¿Para qué?
—Para que aparezca una muchacha.
—No va a pasar.
—Sí va a pasar.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Sara soltó una carcajada.
—Parecen niños pequeños.
—Cuando aparezca me va a dar la razón —dijo Felipe.
—Y cuando no aparezca usted me deja de molestar.
—Trato hecho.
Nos dimos la mano mientras todos se reían.
Esa noche me fui a dormir pensando en la conversación. La verdad no me molestaban las burlas de Felipe. Desde pequeños siempre habíamos sido así. Él me molestaba y yo terminaba respondiéndole.
Sin embargo, había algo en lo que sí tenía razón.
Nunca había tenido novia.
No porque no me gustaran las mujeres ni porque fuera tímido. Simplemente no había encontrado a alguien que realmente llamara mi atención.
Por ahora estaba bien así. Tenía mi familia, mis amigos y la finca. No sentía que me faltara nada.
Lo que ninguno de los dos sabía era que el destino tenía otros planes preparados para mí.
Porque mientras Felipe se burlaba diciendo que jamás conseguiría novia, en algún lugar una persona que todavía no conocía estaba a punto de aparecer en mi vida y cambiar absolutamente todo.
Pero eso sería una historia para otro día.