NovelToon NovelToon
En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16

El viaje

El lunes por la mañana, Alejandro le dijo que se preparara una maleta.

—Tengo una reunión en Monterrey el miércoles. Necesito una traductora. Tú vienes.

Valentina estaba sentada en su mesa de la oficina, con la laptop abierta y un documento de traducción a medio terminar. Levantó la vista.

—¿Cuántos días?

—Tres. Miércoles, jueves y viernes. Reuniones con un grupo de inversión coreano. Toda la negociación es en inglés.

—¿No tienes traductores en la empresa?

—Sí. Pero mi abuela quiere que viajemos juntos. Y tú traduces mejor que ellos.

La segunda razón era la que importaba. Valentina lo supo por la forma en que Alejandro volvió a mirar la pantalla después de decirlo: sin énfasis, como quien menciona un dato meteorológico. "Tú traduces mejor que ellos" era un cumplido enterrado en una orden, y Alejandro enterraba los cumplidos como un perro entierra huesos: rápido y sin mirar atrás.

Valentina cerró la laptop.

—Voy a necesitar ropa.

—Pídele a Bruno que te lleve a comprar lo que necesites. La tarjeta está en el cajón de la entrada.

Esa tarde, Valentina le mandó un mensaje a Mariana. La respuesta llegó en dos minutos.

"Perfecto. Ve. Necesito que averigües quiénes son esos coreanos y qué están negociando. Y no se te ocurra dormir en su cuarto."

La última instrucción le picó el estómago. No por lo que implicaba, sino por lo que asumía: que Valentina necesitaba que le dijeran que no se acostara con su supuesto marido en un viaje de negocios. Como si ella fuera el problema. Como si Mariana no tuviera el nombre de Joaquín Carrasco guardado en su teléfono con un emoji de fuego.

El miércoles a las seis de la mañana, Bruno los recogió para ir al aeropuerto. Alejandro iba en el asiento de atrás, leyendo un informe en su tablet. Valentina llevaba un vestido gris de punto, zapatos planos —como él le había ordenado—, y una maleta pequeña con tres cambios de ropa, un vestido formal para la cena de negocios, y el arpa plegable que Mariana tenía guardada en un clóset de la residencia.

Alejandro no había pedido que llevara el arpa. Ella la llevó porque llevaba tres semanas tocando para él cada noche y no sabía si podría dormir sin hacerlo.

El avión era privado. Seis asientos de cuero, una mesa con frutas y café, y una ventanilla que mostraba la Ciudad de México achicándose hasta convertirse en un mapa de juguete. Valentina nunca había volado en un avión privado. Valentina Reyes nunca había volado en un avión privado. "Mariana" sí, así que se sentó con la naturalidad de quien ya lo ha hecho y se sirvió café con las manos firmes.

Alejandro la miró por encima de la tablet.

—¿Nerviosa?

—¿Por qué iba a estar nerviosa?

—Porque te serviste el café sin preguntar si había crema. Siempre preguntas.

Valentina bajó la taza.

—Hoy me lo tomo solo.

Alejandro volvió a la tablet. Valentina se tomó el café negro con la mandíbula apretada. Otro detalle que él archivaba sin comentar. La lista de cosas que Alejandro Quirós notaba y callaba debía ser tan larga como la columna derecha de su libreta.

Monterrey los recibió con calor seco y un cielo sin nubes. El hotel estaba en el centro de la ciudad: un edificio de cristal y acero con un lobby de mármol blanco que olía a gardenias artificiales. Mientras Bruno hablaba con la recepción y Alejandro revisaba su teléfono, Valentina observó el lobby y contó las cámaras de seguridad por reflejo.

—Señor Quirós, su suite está lista. Piso doce.

Suite. Una. Valentina miró a Alejandro. Él no la miró.

La suite tenía dos habitaciones separadas por un salón central con sillones, una mesa de trabajo, y un ventanal que daba a las montañas de la Sierra Madre. La habitación de la izquierda tenía una cama king size con sábanas blancas. La de la derecha, una cama queen con las mismas sábanas. Las dos puertas tenían cerradura.

—Elige —dijo Alejandro, dejando su maleta en el salón.

—La derecha.

—Bien. La reunión es a las dos. Cámbiese y repase los documentos. Están en el folder azul.

Le había dicho "cámbiese." Usted. Valentina notó el cambio de registro: cuando estaban solos, usaba tú. Cuando había instrucciones de trabajo, volvía al usted, como si el idioma le sirviera para trazar una línea entre lo personal y lo profesional.

Valentina entró a su habitación, cerró la puerta, y se apoyó contra ella. La cama era enorme, el silencio todavía más. Entre su puerta y la de Alejandro se extendían ocho metros de salón y una vida entera de mentiras.

Abrió el folder azul. Dentro había veintidós páginas de documentos en inglés: informes financieros, proyecciones de mercado, cartas de intención. Los leyó dos veces en cuarenta minutos. Subrayó las frases que iba a necesitar traducir en la reunión y anotó los términos técnicos en una hoja aparte.

A la una y media se cambió: vestido azul marino, tacones bajos, el pelo recogido en un moño que Mariana usaba para eventos formales. Se miró en el espejo del baño y vio a la señora Quirós, la intérprete del director general, la mujer que entraría a la reunión a su lado con un folder en las manos y la espalda recta.

La reunión fue en la sala de conferencias del piso catorce. Tres ejecutivos coreanos, dos asesores legales, y Alejandro al centro de la mesa con Bruno de pie junto a la puerta. Los coreanos hablaban inglés con acento cerrado y usaban términos financieros que Valentina tradujo sin pestañear.

A las tres y media, el líder del grupo coreano hizo una pregunta sobre la estructura fiscal del proyecto. Valentina la tradujo. Alejandro respondió. El coreano replicó con una contraoferta. Valentina la tradujo otra vez, pero añadió una precisión que el coreano no había dicho explícitamente, pero que estaba implícita en el contexto.

—Señor Park dice que acepta la estructura, pero quiere garantía de que el margen de operación no baje del dieciocho por ciento en los primeros dos años. Lo dice como pregunta, pero es condición.

Alejandro la miró. Los ojos se le estrecharon un segundo, no de molestia sino de reconocimiento: ella había leído entre líneas y se lo había puesto en la mesa como un informe.

—Dile que el margen está garantizado por contrato. Y que si baja del dieciocho, la penalización es nuestra.

Valentina tradujo. El señor Park asintió. La reunión terminó media hora después con un acuerdo preliminar.

En el elevador de regreso, Alejandro se aflojó la corbata y dijo:

—¿Dónde aprendiste a leer lo que no dicen?

—En la misma escuela donde aprendí a decir lo que no pienso.

Alejandro la miró. La comisura de los labios se le movió un milímetro hacia arriba, lo más cercano a una sonrisa que Valentina le había visto en contexto profesional.

—Mañana hay otra reunión a las diez. Repasa el folder verde.

—De acuerdo.

Las puertas del elevador se abrieron. Alejandro salió primero. Valentina lo siguió hasta la puerta de la suite, donde él pasó la tarjeta y la sostuvo abierta para que entrara.

El salón central estaba bañado por la luz anaranjada del atardecer regiomontano. Las montañas se veían recortadas contra un cielo que pasaba del azul al violeta. Alejandro fue directo a la mesa de trabajo, abrió la laptop, y empezó a teclear sin quitarse el saco.

Valentina fue a su habitación, se quitó los tacones, y se sentó en la cama. Le dolían los pies —el tobillo izquierdo todavía protestaba con los tacones— y le pulsaba una satisfacción que no tenía nada que ver con Mariana ni con la misión ni con la libreta. Había traducido para Alejandro Quirós frente a tres ejecutivos coreanos y él le había dicho "¿Dónde aprendiste a leer lo que no dicen?" con esa media sonrisa que valía más que un aplauso.

Se acostó de espaldas y miró el techo. Ocho metros de salón separaban su puerta de la de él. Y en algún lugar de su maleta, el arpa plegable esperaba que llegara la noche.

1
Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play