Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
NovelToon tiene autorización de CrisCastillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
04
La sede de los Caballeros Imperiales era una fortaleza de piedra gris en el corazón de la capital, un edificio que inspiraba respeto y temor por igual. Valeria llegó al amanecer, el aire frío del mañana rozando su rostro mientras las primeras luces del día teñían el cielo de tonos violetas y naranja. Su corazón martilleaba con cada paso que daba hacia la imponente entrada.
Un guardia la escoltó a través de pasillos silenciosos y lujosos, hasta un despacho adornado con mapas y armas ceremoniales. Aurelius estaba de espaldas, observando un gran mapa del imperio que cubría toda una pared. Se giró cuando ella entró, sus ojos grises inexpresables pero penetrantes.
—Gracias por venir, señorita Montrose—dijo con voz neutra, indicándole una silla. —Tomo que tienes preguntas.
—¿Por qué registraste mi casa?—exigió Valeria, omitiendo pleasaneces. —¿Qué buscabas?
Aurelius se sentó frente a ella, sus manos reposando sobre el escritorio de madera oscura. —Buscaba respuestas. Al igual que tú. Y necesitaba asegurarme de que no eras una amenaza para la línea temporal.
—¿Una amenaza?—replicó Valeria, incredulidad en su voz. —Fui ejecutada injustamente. Regresé para evitar que la misma conspiración que me mató destruya el imperio. ¿Cómo puedo ser una amenaza?
—Porque no eres la única que ha regresado—respondió Aurelius, su tono grave. —Y no todos comparten tus objetivos. Algunos buscan poder, otros venganza, y unos pocos... deseo de caos.
Valeria sintió un escalofrío. —¿Quiénes son? ¿Cuántos?
—Al menos cinco que hemos identificado. Quizás más—dijo Aurelius, pasando un papel sobre el escritorio hacia ella. —Cassian, por ejemplo. ¿Sabías que él también es un renacido?
La revelación golpeó a Valeria con la fuerza de un golpe físico. Lord Cassian. El arquitecto de su caída. Uno de los hombres más poderosos del imperio. También había regresado.
—¿Desde cuándo lo sabes?—preguntó, su voz apenas un susurro.
—Desde su regreso, hace aproximadamente dos años—respondió Aurelius. —Fue el primero en manifestar cambios significativos en el comportamiento. Inmediatamente comenzó a consolidar poder, a eliminar rivales, a posicionarse estratégicamente. Es por eso que te ofreció ese puesto en el círculo de estudiosos. Quiere controlarte, usarte como pieza en su juego.
Valeria sintió náuseas. Su instinto le había dicho que la oferta era una trampa, pero no había imaginado que fuera tan peligrosa.
—¿Y el príncipe?—preguntó. —¿Es él también...?
—No—respondió Aurelius rápidamente. —Kaelan es exactamente quien parece: un noble privilegiado con poco interés en el poder real pero fascinado por lo que no puede tener fácilmente. Tu rechazo lo intrigó porque nunca antes le había sucedido. Pero no es un renacido.
Valeria respiró aliviada, aunque solo por un momento. —¿Quiénes más? ¿Quiénes son los otros renacidos?
Aurelius vaciló por un instante. —No puedo revelar todas mis fuentes. Pero puedo decirte que dos de ellos están en posiciones de poder militar. Otro es un erudito que ha comenzado a difundir teorías peligrosas sobre la historia del imperio. Y el último... ese es el más preocupante. Creemos que busca activamente acelerar la guerra.
La idea la heló hasta los huesos. Alguien que no solo no quería evitar la guerra, sino que deseaba que ocurriera antes y de manera más destructiva.
—¿Por qué no los detienes?—exigió Valeria. —Si sabes quiénes son, tienes el poder para arrestarlos.
—No es tan simple—respondió Aurelius. —Arrestar a un renacido sin pruebas sólidas podría crear un caos político que, irónicamente, aceleraría la misma guerra que intentamos evitar. Además, algunos de ellos tienen influencia en círculos que ni yo puedo penetrar fácilmente.
—¿Entonces qué propones?—preguntó Valeria, frustración creciendo en su pecho. —¿Dejamos que sigan manipulando el destino del imperio?
—Propongo una alianza—dijo Aurelius, sus ojos fijos en los suyos. —Tienes acceso a la nobleza, a los círculos de poder femeninos donde se discuten muchos secretos. Yo tengo acceso a la información militar y a los recursos de los Caballeros Imperiales. Juntos, podríamos identificar a los otros renacidos y neutralizar sus planes antes de que sea demasiado tarde.
Valeria lo observó con escepticismo. ¿Por qué debía confiar en el hombre que la había ejecutado? —¿Y por qué ayudarme? En la línea de tiempo original, fuiste tú quien sentenció mi muerte.
—Fuí yo quien ejecutó la sentencia, sí—admitió Aurelius. —Pero también fui quien intentó detener el juicio. Quien investigué las acusaciones contra ti y descubrí que eran falsas. Quien luché para que te dieran un juicio justo, incluso cuando todos los demás ya te habían condenado.
Valeria frunció el ceño. En su vida anterior, nunca había sabido nada de eso. Siempre había creído que Aurelius era simplemente otro enemigo, otro noble que la había traicionado.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?—preguntó, su voz más suave de lo previsto.
—¿Qué habría cambiado?—replicó Aurelius con una tristeza genuina en su voz. —Las decisiones ya estaban tomadas. El pueblo quería sangre, y los conspiradores un chivo expiatorio. Intenté salvarte, Valeria. Fallé. Por eso cuando tuve la oportunidad de asegurar tu segunda oportunidad, la tomé sin dudarlo.
Valeria se quedó en silencio, procesando esta nueva información. ¿Era posible que Aurelius no fuera el villano que siempre había creído? ¿Que su ejecución no hubiera sido personal, sino el resultado de fuerzas más grandes de lo que podía comprender?
—¿Qué necesitas de mí?—preguntó finalmente, su decisión tomada. —¿Qué haré exactamente en esta alianza?
—Acepta la oferta de Cassian—dijo Aurelius. —Conviértete en su confidente, en su aliada aparente. Infíltrate en su círculo, descubre quiénes son sus aliados, qué planes tiene. Mientras tanto, yo investigaré a los otros renacidos por mi lado. Nos encontraremos regularmente para compartir información.
—¿Y si descubro que él planeaba matarme de nuevo?—preguntó Valeria con media sonrisa.
—Entonces tendrás la excusa perfecta para distanciarte de él—respondió Aurelius con el primer destello de humor que había mostrado. —Pero intenta evitar esa situación. Necesitamos información, no un mártir.
Mientras se retiraba, Valeria sentía una mezcla de esperanza y temor. Tenía un aliado poderoso, pero también estaba entrando en un juego mucho más peligroso de lo que había imaginado. Cassian no era solo un noble ambicioso; era un renacido con conocimientos del futuro y un deseo de poder que podría destruir todo lo que ella intentaba salvar.
De vuelta en la mansión, encontró a su madre esperándola con una expresión preocupada.
—¿Estuviste con los Caballeros Imperiales?—preguntó Lady Montrose, su voz tensa. —¿Te hicieron daño?
—No, madre. Solo hicieron preguntas—mintió Valeria, aunque no del todo. —Y aceptaré la oferta de Lord Cassian.
La noticia pareció calmar a su madre, cuyo rostro se iluminó con una alegría genuina. —¡Oh, Valeria! ¡Es maravilloso! Pronto estarás en el centro del poder, donde siempre debiste estar.
Valeria sonrió débilmente, sabiendo que su madre nunca comprendería los verdaderos peligros que enfrentaba. Para Lady Montrose, esto era simplemente el cumplimiento de sus ambiciones sociales. Para Valeria, era una inmersión en un nido de serpientes renacidas.
Esa tarde, mientras se preparaba para responder a la carta del príncipe, Elena entró con un paquete.
—Esto llegó para ti, señorita. No hay remitente.
Valeria abrió el paquete con cuidado, encontrando un solo objeto dentro: una pequeña medalla de plata con un símbolo que reconocía instantáneamente. Era el emblema de los "Guardianes del Tiempo", la misma organización secreta mencionada en los libros de Alaric.
Dio la vuelta a la medalla, encontrando una inscripción en el reverso: "El tiempo fluye como un río. Algunos intentan cambiar su curso, otros simplemente navegan sus corrientes. ¿Eres una navegadora o una presa? -A".
La "A" podía ser Aurelius, pero algo le decía que no. La letra era diferente, más elegante, más deliberada. ¿Quién más podría saber sobre los Guardianes? ¿Quién más podría estar jugando este juego?
Esa noche, Valeria apenas pudo dormir. La medulla yacía sobre su mesita de noche, brillando bajo la luz de la luna como un ojo omnisciente. ¿Era una advertencia? ¿Una invitación? ¿O una amenaza?
Al día siguiente, mientras se preparaba para su primera reunión con el círculo de estudiosos del emperador, Valeria se miró en el espejo. La joven que le devolvía la mirada era la misma de dieciséis años, pero sus ojos reflejaban el conocimiento de una vida entera, el peso de un futuro que podía salvar o destruir.
—Estás lista para esto—se susurró a sí misma. —No fallarás esta vez.
Pero mientras pronunciaba esas palabras, no podía evitar preguntarse si estaba realmente preparada para el desafío que la esperaba. Cassian era un enemigo formidable, inteligente y sin escrúpulos. Los otros renacidos eran incógnitas peligrosas. Y en medio de todo esto, estaba ella, una chica de dieciséis años con el alma de una mujer ejecutada, tratando de cambiar el destino de un imperio.
Mientras el carruaje la llevaba hacia el palacio, Valeria ajustó la medalla de los Guardianes del Tiempo alrededor de su cuello, ocultándola bajo su vestido. Sea quien fuera el remitente, había decidido usarlo como recordatorio constante de que no estaba sola en este juego, y que cada paso que daba estaba siendo observado por fuerzas más allá de su comprensión.