Solo había amado una vez en la vida, solo a ella, y después de mucho tiempo lo descubrí, verlos juntos causó en mi desesperación y debo ganar esta lucha.
Debo ganar su amor.
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Cap 4
Al salir del edificio, por pedido de nuestras hijas, fuimos a un centro comercial. Las gemelas tenían un poder de persuasión insuperable.
—¡Esas son las que queremos! —dijeron al unísono. Verónica intentaba que eligieran conjuntos diferentes, pero ellas se empeñaban en vestirse igual.
Al mirarlas correr con sus nuevos vestidos y alas, recordé el día que, sentados en aquella habitación, vimos la prueba positiva.
—Mierda, ¿qué voy a hacer? Mis padres me van a matar —fueron las palabras de Verónica.
—Vero, cálmate. Siempre puedes abortar —dije sin pensarlo mucho.
Ella me miró con odio e ira.
—Jamás, escúchame bien, jamás haré una cosa así.
—Entonces, ¿qué piensas hacer? O más bien, ¿qué vamos a hacer? ¿Tener a ese bebé?
—No sé, tengo mucho miedo.
—Vamos, cálmate. Tenemos tiempo para pensarlo. Podemos planear qué hacer, ¿sí?
Después de ese día, el ánimo de Verónica se fue al piso. Su madre me llamaba para pedirme ayuda y yo huía; saber que había embarazado a una mujer, la ex de uno de mis amigos —así Cristopher fuese una persona cruel—, me hacía sentir como un maldito completo. Eso sin contar que no sentíamos nada el uno por el otro, no más que cariño; y deseo por mi parte, pero, vamos, deseo podría sentir por cualquiera.
Los meses pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Vero lloraba aún más desconsolada. Su ruptura con Cris no se comparaba con su sensación de pérdida. ¿Qué le diría a sus padres? Ella no estaba de acuerdo con el aborto, así que solo tenía la opción de tenerlo.
—¿Y si nos casamos? —le dije en medio de la desesperación. Ante las cero ideas viables, solo una locura nos sacaría de donde estábamos.
—Estás loco. Tú no me quieres, Mark. Y yo... yo a ti te aprecio mucho, ¿pero casarnos?
—Piénsalo así: podemos tener al bebé y les diremos a tus padres que lo perdimos. Que tú no soportaste la pérdida, o que yo no la soporté, y nos separaremos. Así no le rompes el corazón a nadie.
—Mañana tengo una cita para ver cómo sigue el bebé. ¿Vas a ir conmigo?
—Iría hasta el fin del mundo contigo, Vero.
La travesía comenzó. Acompañaba a Vero a todas las citas que tenía. La verdad, yo veía su vientre y lo encontraba enorme. «¿Serán tres bebés?», le decía a modo de broma, y ella se asustaba. Hasta que en una de las citas nos confirmaron que dentro de su vientre venían dos.
—Casémonos —le dije ese día en la sala médica—. Es la única opción.
—No, no puedo. Le diré a mis padres la verdad.
—Vero, ya se te nota. No puedes seguir usando esa ropa ancha para ocultar tu vientre. Ya hablé con mis padres y están de acuerdo.
—¿Qué? —su rostro se puso rojo y comenzó a llorar.
—Sí, están de acuerdo, así que, por favor, dile a tus padres que nos vamos a casar, que nos iremos de la ciudad y ya dirás lo que se te ocurra —la verdad era que, después de ver en la pantalla a mis dos hijos, no estaba dispuesto a perderlos. Yo lo había pensado antes y no me retractaría.
—¿Y si mejor le digo la verdad a mis padres? Es mejor.
—¿Piensas perder comunicación con tu familia cuando puedes quedarte conmigo, al menos un tiempo?
—Lo quiero pensar —y fue allí donde no soporté.
—No quiero que lo pienses, dime ahora: ¿sí o no? Es un bebé, y si te quedas con tus padres sufrirás, y el niño también. Lo mejor es que nos casemos. Nos podemos ir de la ciudad; ya mi familia lo sabe, saben lo que hice, saben del bebé.
—¿Les dijiste todo?
—No, pero mis padres creen que eres mi novia. Eso les dije. Les dije que nos cuidamos, que estás embarazada, les expliqué todo esto... Vamos, acepta, ¿sí?
Sé que había sido cruel e insistente, pero no podía permitir que ella y los niños vivieran mal. Y Vero aceptó. Nos mudamos de ciudad y nos casamos a la velocidad de un rayo, una boda discreta, casi secreta.
Al llegar a la ciudad, Vero comenzó a buscar padres adoptivos. Ninguno de los programas le gustaba, y yo sentía tranquilidad; no quería darle mis hijos a nadie. Verónica dormía en su habitación y yo en otra. La casa que mis padres nos habían regalado era enorme. Ya sabían de las gemelas e habían insistido en mudarse a la ciudad, pero al final decidieron que no, que no era el momento.
Los meses comenzaron a correr. El vientre de Verónica era cada día más grande.
—Se están moviendo, ven —me decía. Yo acariciaba su panza enorme—. Parezco un tanque.
—Un tanque hermoso —le respondía.
—No digas tonterías —y nos reíamos de nuestras ocurrencias.
La verdad es que no amaba a Vero. Nunca la he amado; le tengo un cariño inmenso, es la madre de mis hijas y una mujer maravillosa, pero amarla es un fracaso seguro. Ella aún ama a Cristopher y yo no he sido precisamente un santo. El día del nacimiento de mis hijas casi me desmayo de la dicha: dos bolitas rosadas, hermosas y mías. Bellas como Verónica; eso, al menos, lo había hecho bien.
Jamás imaginé casarme y tener un hogar; no había amado a ninguna mujer y no creo que lo haga. Es más, le dije a Vero que cuando las niñas crecieran, si conocía a alguien, tal vez me daría la oportunidad... Nada más falso que eso, solo que no quiero que se sienta culpable. Sé que se ha sentido así, me lo ha dicho a su manera cuando nos sentamos en el sofá y hablamos.
Mis niñas me sacan de mis pensamientos.
...****************...
—Papi, mamá se ve hermosa, ¿no lo crees?
Y ¡wow!, mis niñas tenían razón. Verónica se veía hermosa; el vestido acentuaba su figura, se veía como toda una diosa.
—Estás hermosa, mi vida —dije, y le di un beso en los labios.
Verónica se sonrójo y, vaya, se veía hermosa. Jamás se había sonrojado ante mí; es más, tenía tiempo sin ver ese color en sus mejillas.
—¿Vamos?
Salimos de la suite. Amanda, la niñera, cuidaría a mis niñas, y mi esposa y yo iríamos a la reunión que teníamos programada por haber ganado el concurso. Cuando llegamos al salón, miré a mi alrededor. Si había bellezas esta noche, yo estaba acompañado de la mujer más hermosa.
Cada uno tomamos una copa y dimos un sorbo. La reunión consistía en nombrar a los seleccionados para la colaboración empresarial; se haría una cena y después de eso se daría el aviso. Asumimos que al estar invitados seríamos los afortunados, así que estábamos nerviosos y felices. Nuestras empresas también tenían un contrato y haríamos este proyecto juntos. Si ganábamos.
Verónica miraba a todos lados; parecía buscar a alguien. ¿Sería a él? ¿Por qué? ¿Por qué simplemente no lo olvida y sigue con su vida? Veíamos a las personas interactuar mientras nosotros estábamos apartados; nos sentíamos fuera de lugar ya que ninguno de los anfitriones se acercó a saludar. Sin embargo, debíamos mantener la calma.
Paseamos por el salón y al fondo vimos a Susana sumida en pensamientos. ¿Algo estaba mal? ¿Qué sucedía? La mujer levantó su cabeza y nos sonrió; su sonrisa no iluminó sus ojos, así que supe que fingía. Aprendí a leer a las personas, así que sabía que algo no estaba del todo bien. Sin embargo, ella nos saludó e hizo señas para que nos trajeran algo de beber, cosa que aceptamos con gusto.
—Oh, te ves hermosa, querida. De verdad son afortunados de tenerse el uno al otro.
—Gracias, señora Toledo, usted también se ve hermosa —dijo Vero. Ella siempre transmitía luz con sus palabras. Susana sonrió, y esta vez su sonrisa sí alcanzó sus ojos.
—Podemos reunirnos mañana —dijo mirando a Verónica con interés—. No tengo muchas amigas y me gustaría tener su amistad —Verónica se tensó a mi lado.
—Señora Toledo, estaríamos encantados, pero la familia de Vero está esperando nuestra visita —la interrumpí.
—Oh, es una lástima, pero podremos acordar una reunión después. Si las cosas salen bien hoy, ustedes nos visitarán más seguido —todo quedó en silencio. Él había llegado, y sentí a Vero tensarse de nuevo—. Llegó mi esposo, vengan.
Ella avanzó y, cuando me dispuse a girar para seguirla, Verónica no se había movido un centímetro. La miré y estaba pálida.
—¿Sucede algo? —tomé su barbilla con mis dedos—. Sé que te importa —una punzada de dolor me atravesó; ¿qué mierda era esto?—. Quiero que hoy seas mi esposa de verdad. Sé que nos va a atacar, así que por hoy quiero que finjas más amor que nunca. Me amas con todo tu ser, soy el hombre más importante en tu vida, el padre de tus hijas y el hombre que amas. ¿De acuerdo?