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Azúcar Amargo

Azúcar Amargo

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Reencuentro
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Sarita King

Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.

NovelToon tiene autorización de Sarita King para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Samantha contra Viktor

Viktor D'Angelo

Mi abuelo solía decir que el poder se reconocía por una sola cosa.

Control.

Control sobre los negocios.

Control sobre las emociones.

Control sobre las personas.

Durante años seguí esa filosofía al pie de la letra.

Funcionó.

Construí empresas.

Multipliqué fortunas.

Convertí mi apellido en una marca temida y respetada.

Aprendí a no confiar en nadie.

Aprendí a no necesitar a nadie.

Y sobre todo...

Aprendí a mantener mis emociones encerradas donde nadie pudiera alcanzarlas.

Entonces apareció Samantha Torres.

Y en menos de cuarenta y ocho horas consiguió algo que miles de personas jamás habían logrado.

Hacerme perder el control.

No completamente.

Todavía.

Pero lo suficiente para resultar molesto.

Muy molesto.

—Te ves terrible.

Levanté la vista.

Ian acababa de entrar a mi oficina sin tocar la puerta.

Como siempre.

—Buenos días para ti también.

—No, en serio.

Pareces cansado.

—Tengo trabajo.

—Tienes ojeras.

—Tengo reuniones.

—Tienes una obsesión.

—Tengo ganas de despedirte.

Ian tomó asiento sin invitación.

—¿Ya volviste a la pastelería?

Silencio.

—Eso es un sí.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

—Ian...

—Viktor...

—Eres insoportable.

—Y tú estás sonriendo otra vez.

Maldición.

Porque tenía razón.

Otra vez.

Era irritante lo mucho que me conocía.

—No estoy sonriendo.

—Lo estás haciendo ahora mismo.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—¿Cuántos años tienes?

—Los suficientes para saber cuándo mi mejor amigo está interesado en una mujer.

Tomé una carpeta.

La lancé.

La atrapó sin esfuerzo.

Idiota.

—No estoy interesado.

—Entonces dime por qué sabes el nombre de su hermana.

No respondí.

—¿Y?

—Porque la conocí.

—¿Y?

—Porque estaba ahí.

—¿Y?

—Ian.

—¿Y?

—Quiero trabajar.

—Y yo quiero conocer a la mujer que logró sobrevivir a una conversación contigo.

Lo ignoré.

Era la única forma de mantener mi cordura.

O lo que quedaba de ella.

Mi teléfono vibró sobre el escritorio.

Agradecí la interrupción.

Contesté inmediatamente.

—Habla.

—Señor D'Angelo.

Era Clara, mi asistente.

—Su abuelo lo espera.

Perfecto.

Mi humor empeoró instantáneamente.

—Voy para allá.

La llamada terminó.

Ian hizo una mueca.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—Buena suerte.

—La necesitaré.

Me puse de pie.

Tomé mi saco.

Y me dirigí hacia el despacho de la única persona capaz de arruinarme el día con una sola frase.

Alessandro D'Angelo.

Mi abuelo.

Patriarca de la familia.

Dueño de medio país.

Y experto en recordar constantemente que yo nunca fui el nieto que él quería.

Cuando entré en su oficina, ni siquiera levantó la vista de los documentos.

—Llegas tarde.

—Llegué puntual.

—Dos minutos tarde.

—Dos minutos.

—Sigue siendo tarde.

Nada nuevo.

Tomé asiento frente a él.

Esperé.

Finalmente levantó la cabeza.

Sus ojos fríos se clavaron en mí.

—Hay rumores.

—Siempre los hay.

—Esta vez te involucran.

—Interesante.

—Te han visto frecuentando una pequeña pastelería.

Parpadeé.

Una vez.

Dos veces.

No porque estuviera sorprendido.

Sino porque no podía creer que hubiera investigado eso.

—¿Me está vigilando?

—Te estoy protegiendo.

—No necesito protección.

—Todos la necesitan.

Ahí estaba.

La diferencia entre nosotros.

Él veía debilidad en cualquier emoción.

Yo simplemente estaba cansado de vivir rodeado de gente incapaz de sentir algo real.

—Es una empleada.

—Eso dicen todos al principio.

Apreté la mandíbula.

—No hay nada entre Samantha Torres y yo.

—Aún.

Lo dijo con una seguridad irritante.

Como si pudiera ver el futuro.

Como si supiera algo que yo no.

—¿Terminamos?

—Todavía no.

Por supuesto que no.

Nunca era tan fácil.

Mi abuelo abrió una carpeta.

La deslizó sobre el escritorio.

La reconocí inmediatamente.

Grupo Romano.

Otra vez.

—Se están moviendo.

—Ya lo sé.

—Entonces también sabes que una guerra se aproxima.

Sí.

Lo sabía.

Y no me gustaba.

Porque una guerra empresarial podía destruir fortunas.

Pero una guerra entre familias como las nuestras podía destruir vidas.

—Estoy preparado.

—Eso espero.

Sus ojos se endurecieron.

—Porque si llega el momento de elegir entre los negocios y cualquier distracción...

Supe exactamente a qué se refería.

—Elegiré a la familia.

Mentira.

No una mentira completa.

Pero tampoco la verdad.

Porque después de tantos años, ni siquiera estaba seguro de qué significaba realmente la palabra familia.

---

Salí del edificio dos horas después.

Necesitaba aire.

Necesitaba silencio.

Necesitaba cualquier cosa que no implicara reuniones.

Mi conductor abrió la puerta del automóvil.

—¿A dónde vamos, señor?

Miré por la ventana.

Pensé en mi agenda.

Pensé en los contratos.

Pensé en los Romano.

Y después pensé en Samantha.

Otra vez.

Maldita mujer.

—Conduce.

—¿A dónde?

Guardé silencio.

Porque ni yo mismo quería admitir la respuesta.

---

Treinta minutos después estaba entrando en Crema Chantilly.

Por tercera vez.

En dos días.

Absolutamente ridículo.

La campanilla sonó.

Y Samantha levantó la cabeza desde detrás del mostrador.

Sus ojos se abrieron ligeramente.

—No puede ser.

—Buenas tardes.

—¿Volvió?

—Parece que sí.

—¿Por el recibo otra vez?

—No.

—¿Por la demanda?

—Tampoco.

Ella cruzó los brazos.

—Entonces explíquese.

—Quiero un café.

—Mentirosa excusa.

—Es una cafetería.

—Hay miles de cafeterías en la ciudad.

Punto para Samantha.

No me gustó.

—Pero esta está cerca.

—Ajá.

—Y hacen buen café.

—Ajá.

—Y...

—¿Y?

Maldición.

Porque no tenía una respuesta lógica.

Samantha sonrió.

Y por primera vez entendí algo importante.

Ella estaba ganando.

Disfrutando cada segundo.

Y eso resultaba peligrosamente entretenido.

—¿Qué va a pedir?

—Lo mismo de ayer.

—¿El café más fuerte?

—Sí.

—Lo suponía.

Mientras preparaba la orden, observé el local.

Pequeño.

Acogedor.

Lleno del aroma de vainilla y canela.

Completamente distinto a mi mundo.

Y tal vez por eso resultaba tan atractivo.

Aquí nadie fingía.

Nadie intentaba impresionarme.

Nadie me trataba como a un apellido.

Excepto Samantha.

Ella parecía decidida a tratarme como un problema.

—Aquí tiene.

Tomé el vaso.

—Gracias.

—Milagro.

—¿Qué?

—Acaba de decir gracias.

La observé.

Ella sonrió.

Y antes de que pudiera responder, una voz infantil apareció detrás de mí.

—¡Villano millonario!

Cerré los ojos.

Conocía esa voz.

Evelyn.

Por supuesto.

La niña apareció corriendo.

Y se plantó frente a mí.

—Hola.

—Hola.

—Sigues pareciendo un villano.

Samantha casi se atragantó.

Yo intenté mantener una expresión seria.

Intenté.

Fracasé.

—Gracias.

—De nada.

—Evelyn.

—¿Qué?

—Compórtate.

—Estoy siendo amable.

Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme.

Aquella niña era imposible.

Y por alguna razón...

No me molestaba.

En absoluto.

Mientras observaba a las dos hermanas discutir, algo extraño ocurrió.

Algo que no sentía desde hacía muchos años.

Calma.

Simple y sencilla calma.

La sensación desapareció rápidamente.

Pero estuvo ahí.

Y eso fue suficiente para inquietarme.

Porque las personas como yo no podían permitirse distracciones.

Mucho menos mujeres sarcásticas.

Mucho menos niñas que me llamaban villano.

Mucho menos una familia que comenzaba a parecer peligrosamente agradable.

Y aun así...

Cuando salí de la pastelería unos minutos después, descubrí que estaba esperando volver.

Otra vez.

Porque Samantha Torres parecía haber declarado una guerra silenciosa.

Y por primera vez en mucho tiempo...

No estaba seguro de querer ganar.

Fin del capitulo 4...☕

1
Dany 🇨🇱🥰
jajajaja 🤣🤣
Náyade
pobre Samantha 😅
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