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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 4
Al cruzar las inmensas y pesadas puertas de la fortaleza, fabricadas con madera de roble negro y reforzadas con gruesos herrajes de hierro forjado, el ambiente cambió de manera drástica. El gélido y despiadado viento de la montaña quedó fuera, reemplazado de inmediato por el reconfortante calor que emanaba de las gigantescas chimeneas de piedra que ardían a los costados del gran vestíbulo. El aire aquí dentro estaba impregnado de un olor a leña quemada, asado, resina de pino y un sutil rastro animal que Alondra todavía no lograba comprender del todo. Un murmullo constante de voces profundas y risas resonaba por los altos techos apuntalados, pero todo ese bullicio se extinguió en un segundo, cayendo en un silencio sepulcral, en el mismísimo instante en que Caleb dio el primer paso dentro del recinto.
Hombres, mujeres y algunos jóvenes que se encontraban esparcidos por el lugar se congelaron en sus sitios. Alondra se encogió instintivamente bajo su pesada capa de pieles, sintiendo el peso abrumador de docenas de miradas fijas en ella. Los rostros de los habitantes de la fortaleza reflejaban un asombro genuino, casi reverencial. Aquellos hombres y mujeres lobo —que en su forma humana lucían fuertes, esbeltos y de facciones decididas— no daban crédito a lo que veían sus ojos. El Alfa de la temida Manada Roja no regresaba de las tierras bajas con una simple ofrenda de paz inanimada, ni con el botín habitual que el pueblo de Oakhaven entregaba para calmar su furia. Regresaba sosteniendo firmemente de la mano a una hermosa joven humana de cabello tan dorado como los primeros rayos del sol de la mañana, cuyos ojos azules denotaban un miedo profundo, pero también una dignidad inquebrantable.
Caleb no se detuvo a dar explicaciones ni permitió que nadie se acercara lo suficiente como para incomodar a su invitada. Con un semblante serio y una mandíbula rígida que denotaba su autoridad incuestionable, guió a Alondra a través de los amplios pasillos de piedra, manteniéndola siempre a su lado, casi resguardada por su imponente y musculoso cuerpo. Los miembros de la manada abrían paso a su paso, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto hacia su líder y, para sorpresa de Alondra, hacia ella también.
Finalmente, llegaron a un ala apartada de la estructura principal. Caleb empujó una puerta de madera tallada y la condujo al interior de un gran salón privado, un espacio amplio pero acogedor, decorado con gruesas alfombras de piel, muebles de madera maciza y un ventanal inmenso que ofrecía una vista panorámica del espeso bosque iluminado por la luna. En cuanto la pesada puerta se cerró a sus espaldas, aislando por completo las miradas curiosas del resto de la manada, la tensión en el aire cambió de forma drástica. Ya no era la tensión del peligro exterior, sino una atmósfera densa, cálida y profundamente íntima que hizo que a Alondra se le secara la boca.
—Sé que todo esto es demasiado rápido para ti, Alondra —dijo Caleb, rompiendo el silencio. Su voz, habitualmente imponente, adquirió un matiz de suave terciopelo mientras se despojaba de su abrigo y se acercaba lentamente a ella.
El calor que emanaba de su cuerpo esculpido y cubierto de tatuajes era casi febril, una energía palpable que parecía magnetizar el espacio entre ambos. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad renovada bajo la tenue luz de las velas que iluminaban el salón.
—Hace apenas unas horas estabas atada a un altar esperando la muerte, y ahora estás en el corazón de una manada de lobos —continuó el Alfa, deteniéndose a escasos pasos de ella, respetando su espacio pero sin apartar su mirada devoradora—. Pero debes entender que el vínculo de los mates, los compañeros de alma que los dioses eligen para nosotros, es algo que no se puede ignorar, ni se puede retrasar. Mi lobo te reconoció en el mismísimo instante en que te olió en el claro, y mi cuerpo entero responde a tu presencia.
Alondra retrocedió un paso de manera instintiva, sintiendo que sus piernas temblaban levemente, hasta que la parte posterior de sus talones chocó suavemente contra la pared de madera tallada del salón. Caleb no intentó acorralarla ni presionarla; se detuvo justo a la distancia correcta, pero lo suficientemente cerca como para que ella pudiera percibir con total claridad su aroma a tormenta, bosque y esa esencia masculina tan embriagadora que emanaba de su piel. Una extraña y desconocida corriente eléctrica recorrió la columna vertebral de la joven cuando la mirada del Alfa descendió lentamente, deteniéndose por un segundo en la curva de sus labios antes de volver a encontrarse con sus ojos azules.
—Yo... yo no sé qué significa ser tu compañera, Caleb —susurró ella, con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho, atrapada en un dilema interno entre el miedo racional a las leyendas de Oakhaven y una atracción magnética, abrasadora y completamente desconocida que jamás había sentido por ningún hombre de su pueblo—. En mi mundo, los matrimonios se pactan por conveniencia o por oro. Nadie habla de almas conectadas, ni de vínculos que te queman la piel.
Caleb esbozó una sonrisa de una ternura infinita, una expresión que suavizó por completo las facciones duras y salvajes de su rostro de guerrero. Dio el último paso que los separaba y extendió su mano grande y tatuada, levantándola con extrema delicadeza para acariciar suavemente un mechón suelto de su largo cabello dorado, apartándolo de su rostro. Sus dedos rozaron la línea de su mandíbula, y Alondra no pudo evitar soltar un leve suspiro ante el contacto ardiente.
—Significa que nuestras almas están entrelazadas desde antes de nacer, Alondra —explicó él con voz ronca y pausada, inclinándose ligeramente hacia ella—. Significa que eres mía para protegerte, amarte y venerarte, y que yo soy tuyo en cuerpo y alma para acatar tus deseos. Mi fuerza te pertenece ahora. No tienes que entenderlo todo esta noche, mi pequeña luna. Te daré todo el tiempo que necesites para adaptarte, para conocerme y para descubrir que aquí, al lado de este lobo, estás más segura que en cualquier otro lugar del mundo.
Alondra miró los ojos dorados de Caleb y, por primera vez en toda su vida, sintió que el peso del desamparo desaparecía de sus hombros. Estaba en la guarida de la bestia, pero se sentía extrañamente en casa.