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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El negocio de las tortas Cap 4

—Hija, si no pagamos el recibo de la luz, no vas a poder cargar ese teléfono.

Mi madre dijo eso un domingo, mientras amasaba harina en la mesa de la cocina. La vi detenerse por un segundo, las manos blancas de polvo, la mirada perdida en algún punto de la pared descascarada. En ese momento supe que estábamos mal. Muy mal.

No teníamos plata para el colectivo del mes siguiente. Tampoco para las fotocopias de los tres libros obligatorios que el profesor había anunciado la semana anterior. Y el teléfono —ese teléfono miserable que se apagaba con el sol— necesitaba una batería nueva que costaba lo mismo que una semana de comida.

Mi madre no dijo nada más. Siguió amasando. Pero yo conocía esa pose. Era la misma que ponía cuando mi padre se fue y ella se quedó en la puerta mirando la calle vacía. La misma que ponía cuando no había para el pan y me decía "ya comí, comé tú"

Fue entonces que se me ocurrió. La idea llegó como un latigazo.

—Mamá, ¿y si vendemos las tortas?

Ella levantó la vista. Parpadeó dos veces.

—¿Las tortas que hacemos para nosotras?

—Sí. Las cortamos en porciones, las envolvemos en papel film y las vendemos en la parada del colectivo. La gente va al trabajo apurada, con hambre. Les va a gustar.

Mi madre se quedó en silencio un largo rato. Después sonrió. Una sonrisa chiquita, de esas que apenas mueven los labios pero iluminan toda la cara.

—Probemos —dijo.

Esa noche no dormimos casi nada. Preparamos la primera tanda. Bizcocho de vainilla con dulce de leche, la receta de mi abuela, la que mi madre había aprendido de niña en un pueblo del que casi no habla. La harina volaba por la cocina. El azúcar crujía bajo nuestros dedos. El horno, ese viejo horno a gas que había que golpear para que prendiera, calentó la casa entera con un olor a infancia y a esperanza.

A las cinco de la mañana estábamos listas. Cortamos la torta en doce porciones. Cada una envuelta en papel film, prolija, como si fuera un producto de supermercado. Yo hice un cartel con un marcador rojo sobre un cartón de pizza: "Tortas caseras — Ayudamos a una estudiante universitaria".

Mi madre me miró y negó con la cabeza.

—No pongas eso, hija. Da vergüenza.

—No es vergüenza, mamá. Es la verdad.

Discutimos un rato. Al final quedó el cartel, pero sin la frase de la universidad. Solo decía: "Tortas caseras — $500 la porción".

Nos paramos en la parada del colectivo a las seis y media. Yo llevaba la canasta, mi madre el cartel. El sol recién empezaba a asomar, pero ya se sentía su amenaza. Los primeros colectivos pasaban llenos de gente con sueño, con carteras apretadas, con el ceño fruncido. Nadie compró.

Pasó media hora. Una hora. Las tortas empezaban a sudar el papel film.

—Vámonos —dijo mi madre.

—Esperá —rogué.

Y entonces llegó ella. Una señora con uniforme de enfermera, corriendo hacia la parada porque el colectivo ya asomaba a la vuelta. Alcanzó a ver el cartel, frenó en seco, sacó un billete y dijo:

—Deme dos.

Mi madre la atendió con manos temblorosas. Le dio dos porciones. La señora las metió en la cartera, subió al colectivo y se fue. Nosotras nos quedamos mirando las monedas en la palma de mi madre. Mil pesos. No era mucho. Pero era algo.

Esa tarde vendimos seis porciones más. La gente del barrio empezó a conocer nuestro puesto. Doña Nelly compraba todas las semanas. El señor de la ferretería nos dejaba poner la canasta afuera de su local. Los colectivos a veces nos daban el vuelto de más.

A la noche, mi madre contó la plata sobre la mesa de la cocina. Separó las monedas en montoncitos. Sumó. Volvió a sumar.

—Alcanza para los pasajes de dos semanas —dijo, con la voz rara—. Y sobra para la batería del teléfono.

Nos abrazamos en la cocina. Olía a harina, a azúcar, a triunfo. Por primera vez en meses, sentí que el sol no iba a ganarme. No del todo. Porque tenía a mi madre amasando a mi lado. Y una canasta de tortas. Y un teléfono que pronto dejaría de apagarse.

Esa noche me dormí con las manos aún pringosas de dulce de leche. Y soñé con colectivos llenos de gente que compraba mis sueños por rebanadas.

 

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