Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 13
Dani no la llevó hacia la salida principal.
Valentina entendió en los primeros tres segundos que él también había visto la trampa. Los disparos venían del pasillo derecho, demasiado ruidosos, demasiado teatrales. Los policías corrían hacia allá como si alguien les hubiera escrito el movimiento. La puerta lateral, en cambio, estaba abierta y sin guardias.
Un regalo.
Los regalos de esa casa siempre tenían dientes.
—¿A dónde? —jadeó Dani.
Valentina apretó su mano.
—No al aeropuerto.
Él la miró rápido, con alivio y orgullo mezclados.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Entonces corre más.
Salieron por una puerta de servicio a un patio interior lleno de nieve sucia. Dani conocía el camino hasta la calle mejor de lo que ella esperaba. Eso le dijo otra cosa: alguien le había dado instrucciones. Yelena, probablemente. O quien estuviera moviendo las piezas junto a ella.
Valentina no pensaba seguir ese tablero.
Un auto negro esperaba junto a la esquina.
Dani frenó.
—Nos dijeron que subiéramos ahí.
—Claro que sí.
El conductor bajó la ventanilla y dijo algo en ruso, impaciente. Dani tiró de ella hacia el auto, pero Valentina clavó los pies.
—No.
—Val, es nuestra salida.
—Es la salida que quieren que tomemos.
—¿Y cuál sugieres? ¿Caminar hasta México?
Ella miró la avenida, las luces, los letreros que no entendía, la ciudad enorme alrededor. El brazo le dolía. Los pulmones le ardían. Tenía a Nikolái detrás, a Yelena en algún lugar, a policías comprados y un amigo con el labio roto a su lado.
Pero también tenía memoria.
—Consulado mexicano.
Dani parpadeó.
—¿Sabes dónde está?
—No.
—Magnífico.
—Pero tú tienes teléfono.
Dani sacó el celular con manos temblorosas. Valentina se colocó de espaldas a una pared, vigilando la puerta por donde podían salir hombres armados en cualquier momento.
—Val...
—Busca.
—Si prendemos ubicación...
—Ya saben dónde estamos. La diferencia es que el consulado también puede saberlo.
Dani tragó saliva y buscó. El auto negro avanzó unos metros hacia ellos. Valentina levantó una piedra del suelo con la mano sana.
El conductor volvió a hablar, esta vez con tono más duro.
—No entiendo ruso —dijo ella—, pero entiendo secuestros. Váyase al diablo.
Le lanzó la piedra al parabrisas.
No lo rompió.
Pero el golpe fue suficiente para que Dani soltara una risa nerviosa.
—Sigues loca.
—Y tú sigues lento.
Corrieron hacia una avenida más amplia. Dani pidió un taxi desde una aplicación; Valentina le arrancó el teléfono de la mano antes de confirmar.
—No al frente. A dos cuadras.
—¿Desde cuándo sabes de contrainteligencia?
—Desde que un ruso psicópata me hizo expediente.
El taxi tardó cuatro minutos.
Parecieron cuarenta.
Se escondieron en la entrada de una tienda cerrada. Dani intentó revisar la quemadura de Valentina, pero ella apartó el brazo.
—Después.
—Te lastimaste por escapar de él.
—Me lastimé porque funcionó.
—Val...
—No hagas voz de funeral. Todavía no nos morimos.
Dani sonrió apenas. Luego la sonrisa se le cayó.
—Lo que dije allá...
—Sé que era mentira.
Él cerró los ojos.
—Nimitztlazohtla.
—Lo sé.
—Me obligaron. Una mujer rubia. Dijo que si no lo hacía, iban a mandar a mi mamá un video de mí confesando el robo. Que me dejarían aquí años. Que tú ibas a odiarme, pero viva.
Valentina sintió una punzada de rabia tan limpia que casi le aclaró la cabeza.
—Yelena.
—No sé su nombre.
—Yo sí.
El taxi llegó. Subieron.
Valentina no respiró hasta que el auto se mezcló con el tráfico.
—Consulado de México —dijo Dani al conductor, mostrando la dirección en la pantalla.
El hombre asintió.
Por primera vez en días, Valentina sintió una hebra de esperanza que no venía manchada de sangre.
No era ingenua. Sabía que Nikolái podía presionar policías, comprar silencios, mover hombres por una ciudad como si fueran sombras. Pero el consulado era otra cosa. No era una sala turca de madrugada. No era una comisaría rusa con un cáliz plantado. Era México, aunque fuera una oficina en territorio extranjero.
Pensó en Abuelita Carmen.
Pensó en decirle la verdad.
Pensó en volver a escuchar a Lupita gritarle "te dije que no confiaras en rusos guapos" y llorar de puro alivio.
El taxi dobló.
Un Maybach negro bloqueaba la calle.
El conductor frenó con un insulto en ruso.
Otro auto cerró detrás.
Valentina miró por el parabrisas y vio algo que le heló más que el Maybach.
Grigori estaba en la esquina.
No vestido como mayordomo. Llevaba un abrigo oscuro, gorra baja y un teléfono pegado a la oreja. Parecía un hombre cualquiera esperando cruzar la calle, pero cuando vio el auto de Nikolái, la mano se le quedó inmóvil junto al rostro.
Miedo.
No sorpresa.
Miedo.
—Dani —susurró Valentina—. Mira a la derecha.
Él obedeció apenas con los ojos.
—El viejo de la casa.
—Sí.
Grigori dio un paso hacia atrás. Sasha ya había bajado del Maybach. No corrió. Solo levantó dos dedos. De una camioneta gris estacionada más adelante salieron tres hombres y cerraron la calle detrás de Grigori.
La trampa no se cerraba sobre Valentina.
Se cerraba alrededor de quienes creyeron estar usándola.
Dani tomó la mano de Valentina.
—No.
La puerta del Maybach se abrió.
Nikolái salió sin abrigo, como si el frío no aplicara a él. Sasha estaba a su derecha. Dos hombres más bajaron del auto trasero.
Valentina no sintió sorpresa.
Eso fue lo peor.
Sintió una furia cansada, vieja, como si el mundo acabara de confirmar una regla que ella ya conocía.
—No salgas —dijo Dani.
Nikolái caminó hasta el taxi y golpeó una vez la ventanilla.
El conductor la bajó de inmediato.
—Fuera —ordenó Nikolái en ruso.
El conductor obedeció.
Dani se colocó delante de Valentina dentro del asiento trasero, ridículamente valiente.
—No se la va a llevar.
Nikolái lo miró como se mira un vidrio a punto de romperse.
—Ya lo hice.
Valentina empujó a Dani con suavidad.
—No.
—Val...
—No le des lo que quiere.
Abrió la puerta y salió.
La nieve le cayó sobre la cara caliente. Nikolái la miró de arriba abajo: el vendaje visible, el abrigo mal cerrado, la bufanda de Dani, los ojos secos.
—Fuiste la más lista de todos hoy, printsessa.
Ella levantó la barbilla.
—Y aun así usted estaba esperando.
—Porque sabía que no irías al aeropuerto.
—Entonces no era una trampa para mí.
Por primera vez, la mirada de Nikolái tuvo algo parecido a aprobación.
—No.
Valentina sintió que las piezas caían.
El auto. Los disparos. La puerta abierta. La ruta obvia al aeropuerto. Yelena dándole a Dani un libreto. Grigori, el mayordomo viejo que ella apenas había visto en sombras, siempre cerca de pasillos donde no debía haber nadie.
—Era para ellos —dijo.
—Para saber quién se atrevía a abrir mi jaula.
Dani salió del taxi.
—Ella no es una jaula.
Nikolái ni siquiera le concedió la corrección.
—Tu vuelo sale en tres horas.
—No me voy sin ella.
Sasha dio un paso. Valentina también.
—Sí te vas.
Dani la miró como si acabara de apuñalarlo.
—Valentina.
—Si te quedas, te mata o te pudre en una cárcel. Si te vas, puedes decirle a mi abuela que estoy viva.
—¿Y tú?
Ella tragó saliva.
No iba a llorar frente a Nikolái. No otra vez.
—Yo voy a encontrar otra forma.
Dani negó con la cabeza.
—No puedo.
Valentina se acercó y le acomodó la bufanda, la misma que él le había dado. Se la puso de vuelta en el cuello.
—Xicchihua —susurró.
Confía.
Dani cerró los ojos.
Nikolái observaba en silencio. Eso, por alguna razón, dolió más que si la hubiera arrancado de inmediato.
Sasha acompañó a Dani al auto trasero. Él miró hacia Valentina hasta el último segundo.
Antes de entrar, Dani se giró con los ojos brillantes.
—Le voy a decir a tu abuela.
Nikolái hizo un gesto mínimo, y uno de los guardias le puso una mano en el hombro.
Valentina habló rápido, antes de que lo callaran.
—Dile que coma. Que no deje de comer por mí. Y dile a Lupita que si sube algo a redes, la mato cuando vuelva.
Dani soltó una risa rota.
—Eso sí suena a ti.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Y no vuelvas por mí.
La cara de Dani se descompuso.
—No me pidas eso.
—Te lo estoy ordenando.
Nikolái, a su lado, no dijo nada.
Valentina sostuvo la mirada de Dani aunque sintió que se le partía algo detrás de las costillas.
—Alguien tiene que llegar a casa.
Dani cerró los ojos, asintió una vez y subió al auto.
Cuando la puerta se cerró, algo en ella se cerró también.
El regreso a la Usad'ba fue silencioso.
Valentina no preguntó por Yelena.
No preguntó por Grigori.
No preguntó qué iba a pasar con los traidores, porque ya conocía el sótano.
Pero al entrar por las rejas de la Usad'ba, vio una camioneta gris detenida junto al ala de servicio. Dos hombres bajaron a Grigori con las manos sujetas detrás de la espalda. El viejo no gritaba. Tenía la boca apretada y la dignidad rígida de quien aún creía que podía negociar con el monstruo que había criado en su propia casa.
Nikolái no volteó.
—No lo mires con lástima.
—No lo miraba con lástima.
—Bien.
—Lo miraba para recordar su cara.
Esta vez Nikolái sí la miró.
Valentina no apartó los ojos.
—Cuando salga de aquí, voy a saber exactamente a quién denunciar.
—Sigues pensando en salir.
—Todos los días.
—Eso también tendrá que cambiar.
—No cuente con eso.
Al llegar, Borís abrió la puerta principal con el rostro más rígido que de costumbre. Yelena no estaba en la escalera. Eso confirmó más que cualquier explicación.
Nikolái la condujo al salón principal.
Había fuego en la chimenea, copas de cristal intactas sobre una mesa y nieve golpeando los ventanales. Todo demasiado bello para lo que venía.
Valentina se quedó de pie en medio de la alfombra.
Nikolái se sirvió un vaso de agua, no vodka. Bebió un trago. Luego la miró.
—Fuiste la más lista de todos hoy, printsessa.
—Ya lo dijo.
—No fue un cumplido repetido.
—Entonces apúrese al castigo.
La mano de Nikolái se cerró alrededor del vaso.
No lo rompió.
—Ahora —dijo, con voz baja— hay que hablar de consecuencias.