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Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:15.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

Yo pensé que íbamos a salir del gimnasio.

De verdad lo pensé.

Ya había logrado que Adrián se pusiera la camisa, aunque mal abotonada, y el baño seguía esperándonos como una amenaza caliente al final del pasillo.

Pero Adrián se detuvo antes de cruzar la puerta.

—Espera.

Lo miré con sospecha.

—¿Qué?

Él bajó la vista a mi mano.

Yo seguía agarrando la manga de su camisa.

No supe en qué momento lo había hecho.

Adrián sonrió.

—Dijiste que tenía que merecerlo.

—Sí.

—Entonces déjame intentarlo bien.

—¿Intentar qué?

No respondió de inmediato.

Solo volvió a quitarse la camisa.

—Adrián.

—No me regañes todavía.

—Te estoy viendo quitarte la ropa otra vez.

—Es por disciplina.

—Eso no suena a disciplina.

—Para mí sí.

La camisa cayó otra vez, y mi paciencia junto con ella.

Adrián se quedó frente a mí con una tranquilidad insoportable. Piel tibia, hombros anchos, abdomen marcado, la luz del gimnasio dibujándole líneas que parecían hechas para arruinarme la concentración.

Yo bajé la mirada.

Error.

La subí.

Peor.

Él se rió en voz baja.

—¿Sigues evaluando mi indecencia?

—Sí.

—¿Mejoró la calificación?

—Empeoró.

—Perfecto.

Me crucé de brazos.

—No pienso caer.

Adrián se acercó, tomó mi mano y la puso sobre su abdomen.

No fue brusco.

No me obligó.

Solo la colocó ahí con una seguridad que decía: si no quieres, retírala.

Yo no la retiré.

Por desgracia, mis dedos tenían menos orgullo que yo.

Apenas tocaron su piel, se movieron solos.

Un roce pequeño.

Después otro.

La firmeza bajo mi palma era tan real que me dio rabia.

¿Por qué tenía que sentirse así?

¿Por qué tenía que ser él?

Adrián bajó los ojos hacia mi mano.

La comisura de su boca se elevó hasta un punto criminal.

—¿Está rico tocar?

Le clavé los dedos.

Él soltó una risa ahogada.

—Eso dolió.

—Te lo ganaste.

—¿Entonces sí está rico?

—Más o menos.

—¿Más o menos?

La inseguridad le cruzó por la cara con una rapidez casi cómica.

—¿De verdad?

—No te agrandes.

Pero claro, Adrián escuchó lo que quiso.

Se miró el abdomen como si acabara de recibir una auditoría decepcionante.

—Tengo que entrenar más.

—No dije eso.

—Dijiste más o menos.

—Porque si digo otra cosa te pones insoportable.

—Entonces sí te gusta.

—No dije eso tampoco.

—Lo tocaste.

—Tú me pusiste la mano.

—Y no la quitaste.

Retiré la mano de inmediato.

Demasiado tarde.

Adrián sonrió como si acabara de probar su punto.

—Tramposo —murmuré.

—Estoy usando mis recursos.

—Tus recursos son muy descarados.

—Pero funcionan.

Me negué a contestar.

Él no me molestó más con eso.

Se tiró al piso en posición de lagartija.

Lo miré.

—¿Ahora sí vas a entrenar de verdad?

—Sí.

—Qué milagro.

Adrián giró la cabeza hacia mí.

—Ven.

—¿Para qué?

—Siéntate.

—Ya estoy de pie.

—Sobre mí.

Me quedé helada.

—¿Qué?

Él apoyó una sola mano en el suelo, como si presumir no le costara nada.

—Dijiste que no querías cansarte. Entonces yo hago el ejercicio y tú solo ayudas con el peso.

—No.

—Sí.

—¿Quieres morir?

—Clara.

—Peso más de lo que tú crees.

—Me encanta cuando dices cosas absurdas.

—No es absurdo.

—Pruébame.

Lo miré con desconfianza.

Él seguía en el piso, tranquilo, fuerte, demasiado confiado.

Yo, por alguna razón que mi terapeuta imaginaria tendría que analizar, acepté.

Me acerqué y me senté sobre su espalda con cuidado, dejando los pies en el piso para quitarle algo de peso.

Adrián volvió a girar la cabeza.

—No hagas trampa.

—Estoy intentando que no te rompas.

—No soy tan frágil.

—Tu mano...

—La mano está bien.

—Pero...

—Si sigues hablando, voy a besarte.

Cerré la boca.

Adrián soltó una risa.

—Así me gusta.

Le di una palmada en el hombro.

—Haz tu ejercicio, presumido.

—Cruza las piernas.

—¿Dónde?

—Sobre mí. No te voy a tirar.

Lo hice con un cuidado exagerado.

—Si te duele algo, me dices.

—Clara.

—¿Qué?

—Te ves muy linda preocupándote, pero también me estás hiriendo el orgullo.

—Tu orgullo sobrevivirá.

—Mi orgullo sí. Yo no sé.

—¡Adrián!

—Ya, ya.

Empezó a bajar.

Luego a subir.

Una vez.

Otra.

Y otra.

Al principio yo estaba tensa, lista para bajarme en cuanto temblara. Pero Adrián no tembló. Al contrario, cada movimiento era firme, controlado, con la espalda flexionándose bajo mis muslos y los músculos marcándose de una forma que me hizo olvidar que eso supuestamente era ejercicio.

No debía mirar tanto.

Miré.

Su espalda se movía con una fuerza limpia. Hombros, brazos, cintura. Cada bajada me recordaba demasiado a otra clase de ritmo, uno que mi memoria no tenía ningún derecho a traer a este gimnasio.

Me cubrí la cara con una mano.

No.

No, Clara.

No empieces.

—¿Qué pasa? —preguntó Adrián sin detenerse.

—Nada.

—Tu respiración cambió.

—Es porque me estás mareando.

—No me muevo tanto.

—Cállate y sigue.

Adrián se rió.

Eso tampoco ayudó.

Siguió haciendo lagartijas como si yo no pesara nada. A los veinte movimientos ya me sentía humillada en nombre de todas las personas que no podían hacer ni dos. A los treinta, decidí que quizá sí estaba fuerte. A los cuarenta, admití en silencio que estaba demasiado fuerte.

—¿Descansas? —pregunté.

—¿Ya estás cansada de estar sentada?

—Estoy cansada de verte presumir.

—Entonces dime que no soy débil.

Ah.

Eso era.

El famoso "más o menos" le había pegado en el orgullo.

Me incliné un poco y le di dos palmaditas suaves en el hombro.

—No eres débil.

—Más fuerte.

—No eres débil.

—Con más entusiasmo.

—Eres muy fuerte, ¿feliz?

—¿Muy?

—Muchísimo.

—¿Te gusta?

—Adrián.

—Solo pregunto.

—Si dices otra palabra, me bajo.

—Entonces descanso.

Se detuvo por fin.

Me bajé de su espalda y tomé una toalla pequeña del estante.

Cuando Adrián se sentó, tenía una línea de sudor bajando por la sien.

Sin pensarlo demasiado, me acerqué y se la limpié.

Él se quedó quieto.

Como si el gesto lo hubiera sorprendido más que cualquier beso.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Me gusta cuando me cuidas.

La frase salió sencilla.

Sin chiste.

Sin doble sentido.

Eso la hizo más difícil.

Seguí limpiándole el sudor para no contestar.

Adrián bajó un poco la cabeza, dejándome llegar mejor.

Al acercarme, volví a olerlo.

No era solo sudor.

Era él.

Algo tibio, limpio, un olor difícil de explicar que me calmaba incluso cuando mi cuerpo estaba hecho un lío.

Adrián me observó de reojo.

—¿A qué huelo?

—A ejercicio.

—Qué cruel.

—¿Qué querías?

—No sé. Algo más romántico.

—Hueles a un hombre que necesita bañarse.

—Entonces sí necesito que me acompañes.

Le aventé la toalla a la cara.

—No uses todo para eso.

La atrapó riéndose.

Pero sus ojos se quedaron en mí.

Había una suavidad extraña ahí.

Una que no pertenecía al juego.

Más tarde supe que, en ese momento, Adrián estaba pensando en algo que jamás me había dicho.

En el olor.

En una búsqueda absurda que hizo un año atrás, cuando aún estaba convencido de que mi cuerpo tenía un perfume propio. Según internet, cuando amas demasiado a alguien, puedes reconocer su olor de una forma casi biológica.

Él se había aferrado a eso como un loco.

Porque amarme no le parecía suficiente cosa del corazón.

También quería creer que su cuerpo entero me había elegido.

Yo no sabía nada de eso.

Solo seguí limpiándole el sudor, sintiéndome inexplicablemente tranquila.

Después de descansar unos minutos, Adrián volvió a levantarse.

—Una más.

—No.

—No vas a hacer nada.

—Esa frase ya no me da confianza.

—Ven.

No caminé hacia él.

Él vino por mí.

Me levantó con un brazo y me sostuvo contra su costado mientras con la otra mano se agarraba de la barra fija.

—¿Qué haces?

—Dominadas.

—¿Conmigo?

—Dijiste que no querías cansarte.

—¡Esto es ridículo!

—Pero útil.

Empezó a subir.

Una vez.

Dos.

Tres.

Yo me aferré a su cuello por puro instinto.

El brazo que me sostenía estaba firme alrededor de mi cintura. Cada vez que su cuerpo subía, yo quedaba más cerca de su pecho; cada vez que bajaba, sentía su respiración contra mi mejilla.

La demostración era absurda.

También era efectiva.

Cuando llegó a una cantidad que ya me pareció ilegal, lo miré con auténtica admiración.

—Ya. Ya entendí.

—¿Qué entendiste?

—Que eres fuerte.

—¿Muy fuerte?

—Muy fuerte.

—¿Te gusta?

Esta vez no le pegué.

Solo miré hacia otro lado.

Eso fue respuesta suficiente.

Adrián bajó de la barra, me dejó en el piso y besó el dorso de mi mano.

—Voy al baño un momento.

—¿Al baño o a prepararte para el baño?

—Las dos cosas.

Me guiñó un ojo.

—Tú también prepárate.

Se fue antes de que pudiera contestar.

Yo me quedé sola en el gimnasio, con la cara caliente y el corazón todavía acelerado.

Necesitaba distraerme.

Urgente.

Saqué el celular y abrí TikTok.

Mi intención era ver videos tontos hasta que el cerebro dejara de fabricar imágenes de Adrián sin camisa, pero apenas entré, vi el ícono de mensajes.

El contacto fijado arriba seguía ahí.

acs.

Una cuenta con una foto de perfil tierna, colores claros y un nombre tan corto que al principio pensé que era una marca, un bot o una de esas cuentas raras que escriben para vender cursos.

No lo era.

Era una chica.

O eso creía yo.

Una chica menor que yo, dulce, parlanchina y con una habilidad absurda para aparecer justo cuando mi día estaba peor.

Llevaba dos días sin contestarme.

Eso sí era raro.

Abrí el chat y escribí:

"¿Qué has estado haciendo estos días?"

Luego subí hasta el principio de la conversación.

Todo empezó tres semanas después de mi ruptura.

Yo estaba tan triste que pasaba horas viendo videos para no pensar. Cualquier cosa servía: recetas que no iba a cocinar, reseñas de maquillaje, gente bailando, perros con ropa ridícula, chicas mostrando vestidos.

Entonces llegó un mensaje privado.

acs:

"Hermana, ¿puedo preguntarte algo?"

Entré a su perfil antes de responder.

Parecía una chica joven, de cara redonda y ojos limpios, como una vecina de esas que te saludan con demasiada confianza. No vi nada raro.

Le contesté:

"Pregunta."

acs:

"El vestido de tu primer video... ¿tienes link? Se te ve precioso. Yo también quiero uno."

Abrí mi propio video.

Y el golpe llegó sin avisar.

Ese vestido me lo había comprado Adrián.

No tenía enlace.

No tenía tienda.

Solo tenía memoria.

La memoria de él sosteniéndolo frente a mí, diciendo que el color me quedaría bonito, y de mí fingiendo que no me derretía por dentro porque un hombre se hubiera fijado en un detalle tan pequeño.

Le respondí:

"Perdón, no tengo link. Me lo regaló un amigo."

La palabra amigo me supo amarga.

El mensaje quedó leído casi una hora.

Después:

acs:

"Qué lástima. Me encantó mucho."

No sé por qué me dio ternura.

Quizá porque yo estaba enojada.

Quizá porque no quería ver nada que me recordara a Adrián.

Quizá porque regalar ese vestido era una forma tonta de demostrarme que podía sacar de mi vida todo lo suyo.

Le escribí:

"¿Cuánto mides? Si no te molesta usar algo mío, puedo mandártelo."

La chica se negó de inmediato.

Fue muy educada, demasiado.

Yo pensé que ahí acabaría todo.

No acabó.

acs resultó ser una parlanchina profesional.

Todos los días preguntaba:

"¿Desayunaste?"

"¿Comiste?"

"¿Hoy sí dormiste?"

"¿Te pasó algo bonito?"

"Hermana, ¿te molesto mucho? Puedo hablar menos."

Siempre agregaba una carita triste.

Al principio me desesperaba.

Varias veces quise contestar: "Sí, hablas demasiado".

Pero después miraba su foto y pensaba que era solo una niña dulce con ganas de compañía.

Así que respondía.

Poco.

Luego más.

Y sin darme cuenta, me acostumbré.

Cuando mamá enfermó, dejé de contestar con frecuencia. Trabajaba por horas, iba al hospital, hacía cuentas, vendía cosas, buscaba cualquier forma de juntar dinero.

acs se dio cuenta enseguida.

"Hermana, ¿estás bien?"

"No me has contestado."

"¿Dije algo mal?"

"Si hablo mucho, hablo menos, pero no me ignores, ¿sí?"

Al final le conté una parte.

"Mi mamá está enferma. Estoy cuidándola."

La respuesta llegó casi de inmediato.

"¿Te alcanza el dinero? ¿Quieres que te mande?"

Me quedé viendo la pantalla como si hubiera leído mal.

¿Quién mandaba dinero así?

Le contesté que no, por supuesto.

"Guárdalo para ti. Yo puedo trabajar."

acs:

"No seas formal conmigo. Mi familia tiene mucho dinero. Para mí no es mucho."

No respondí.

Al día siguiente, al volver a casa, un repartidor me esperaba frente a la puerta.

Decía que tenía un paquete para mí.

Yo no había comprado nada.

Lo firmé con desconfianza, entré, abrí la caja y me quedé helada.

Dinero.

Efectivo.

Mucho más de lo que una desconocida sensata debería mandar.

Abrí TikTok con las manos temblando.

acs ya me había escrito:

"¿Te llegó? Úsalo primero. Cuando puedas, me lo devuelves."

Después mandó una foto de una identificación, con varios datos cubiertos.

"Soy mayor de edad, hermana. No te preocupes. Es mi dinero de bolsillo."

No sabía si reír, llorar o regañarla.

Esa desconocida, a la que nunca había visto en persona, me había ayudado cuando mi propio padre me estaba empujando al borde.

Con el tiempo dejó de ser una cuenta.

Se volvió una amiga.

Una presencia diaria.

Alguien importante.

Por eso me inquietaba su silencio.

Su perfil tenía videos recientes, así que no parecía que le hubiera pasado algo grave.

Entonces, ¿por qué no respondía?

En otra habitación, Adrián abrió su celular.

La notificación de Clara estaba ahí.

En la cuenta acs.

La miró durante un largo rato.

No era una cuenta cualquiera.

Era la cuenta que había creado cuando estaba roto.

Tres semanas después del accidente, el médico le dijo que la probabilidad de recuperación completa no era alta. Había números, porcentajes, palabras frías que ninguna familia rica podía comprar para convertir en certezas.

Adrián no podía ir a buscar a Clara.

No solo porque su cuerpo no respondía como antes.

También porque en ese momento su familia había impuesto una supuesta alianza matrimonial y él, tirado en una cama de hospital, apenas podía pelear por su propia vida.

¿Con qué derecho iba a volver?

¿Con qué cara?

Había perdido a Clara por una mentira, por el beso de Julián, por su propio silencio.

Y ahora ni siquiera podía prometerle un cuerpo entero ni una libertad limpia.

Así que hizo lo más cobarde y lo más desesperado.

Creó una cuenta.

Una chica dulce.

Una hermana menor.

Alguien a quien Clara no bloquearía en tres segundos.

Si usaba una cuenta de hombre, Clara lo habría ignorado o eliminado sin leer la segunda frase. Pero Clara siempre había sido suave con las chicas jóvenes, con las personas que parecían inofensivas, con cualquiera que supiera pedir con ternura.

El nombre de usuario fue lo único que no pudo disfrazar del todo:

acs.

Amo a Clara Serrano.

Ridículo.

Obvio.

Patético.

Pero en ese entonces era lo único que podía escribir sin sentir que se moría.

No le preguntaba directamente por su ruptura.

No se atrevía.

Solo preguntaba si había comido, si dormía, si el día había sido menos pesado.

Se conformaba con saber que seguía ahí.

Cuando supo que Elena estaba enferma y que Clara necesitaba dinero, mandó efectivo sin pensarlo.

Luego temió que Clara se asustara.

Así que preparó la mentira con cuidado, incluso consiguió una identificación que sostuviera el personaje lo suficiente para que ella aceptara la ayuda sin llamar a la policía.

Adrián sabía que eso estaba mal.

Lo sabía entonces.

Lo sabía ahora.

Pero también recordaba la noche en que Clara escribió "gracias" y él, en una cama de hospital, lloró en silencio como un idiota porque al menos había podido protegerla un poco.

Durante un año, esa cuenta fue su manera de estar cerca sin tocar.

Su manera de acompañarla sin merecerla.

Varias veces pensó en usarla para averiguar qué sentía Clara por él.

Habría sido fácil.

Demasiado fácil.

Pero no lo hizo.

Porque conocía a Clara.

Si algún día descubría la verdad, se enojaría.

Y tendría razón.

Ahora vivían bajo el mismo techo.

Él podía cocinarle, cargarla, escucharla, proteger a Elena, enfrentar a Rogelio con su propio nombre.

No podía seguir escondido detrás de una cuenta falsa.

Miró el mensaje de Clara otra vez.

"¿Qué has estado haciendo estos días?"

Adrián cerró los ojos.

Era hora de despedirse de esa identidad.

Escribió despacio:

"Hermana, perdón por desaparecer."

Borró.

Volvió a escribir:

"Perdón, estos días he estado pensando mucho."

Tampoco.

Al final dejó que la mentira terminara con una mentira menos dañina.

acs:

"Hermana, perdón. Mi familia me presentó una oportunidad en una unidad confidencial. Estoy pensando si aceptarla."

"Si voy, tal vez ya no pueda hablar contigo todos los días."

"Me da tristeza porque te quiero mucho, pero también quiero intentarlo."

Adrián se quedó mirando las frases.

Eran falsas en la superficie.

Pero no por dentro.

Sí quería dejar de hablarle desde la sombra.

Sí le dolía despedirse de la Clara que le contaba pequeñas cosas sin saber quién estaba al otro lado.

Y sí quería intentarlo.

Intentar amarla de frente.

Con su verdadero nombre.

Con todas sus culpas.

Con todo lo que todavía podía ofrecerle.

Envió el mensaje.

En el gimnasio, mi celular vibró.

Leí la respuesta de acs y sentí un pellizco en el pecho.

—¿Unidad confidencial? —murmuré.

Sonaba importante.

Sonaba lejos.

Sonaba a despedida.

Me quedé un rato mirando la pantalla.

Después escribí:

"Si es algo que quieres, ve."

"No tienes que hablarme todos los días para que yo te quiera."

"Solo cuídate mucho, ¿sí?"

El mensaje quedó enviado.

No sabía que, al otro lado de la casa, Adrián lo leyó sentado en el borde del lavabo, con la cabeza baja y los ojos rojos.

Tampoco sabía que sonrió.

Triste.

Aliviado.

Profundamente enamorado.

Yo guardé el celular justo cuando escuché sus pasos acercarse.

Adrián apareció en la puerta del gimnasio, ya más tranquilo, aunque la camisa seguía mal abotonada.

—¿Lista?

Lo miré.

No tenía idea de por qué, pero de pronto sentí ganas de abrazarlo.

Quizá por el mensaje.

Quizá por la cena.

Quizá por la forma en que, incluso cuando era insoportable, algo en él me hacía sentir menos sola.

—¿Para el baño?

—Para lo que tú quieras.

Esa respuesta fue demasiado buena.

Me levanté.

—Entonces camina.

—¿Puedo cargarte?

—No.

Adrián sonrió.

—¿Puedo tomar tu mano?

Miré su mano extendida.

La tomé.

—Solo eso.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.

—Solo eso.

Pero cuando caminamos hacia el baño, su pulgar acarició mi mano con una ternura tan cuidadosa que me hizo pensar que, tal vez, algunas cosas que se rompen no vuelven a quedar iguales.

Pero eso no siempre significa que queden peor.

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Delia
Me gustó la novela desde el comienzo, felicitaciones
Delia
😭😭😭
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