Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 4
Capítulo 4: Las pantuflas del 36
El expediente de don Genaro tenía seis años de grosor.
Renata llevaba desde la tarde encerrada en su consultorio, rodeada de estudios, resonancias y notas de evolución que contaban siempre la misma historia: un hombre suspendido entre la vida y la muerte, sin avanzar ni retroceder. Caída desde altura. Traumatismo craneoencefálico severo. Estado vegetativo persistente. Las palabras frías de la medicina para una desgracia que ella conocía desde el otro lado, desde la culpa.
Afuera había anochecido sin que se diera cuenta. La amenaza de Rodrigo seguía latiendo en alguna parte de su pecho, como una muela picada, pero la apartó. Una cosa a la vez. Siempre una cosa a la vez; era la única forma de no quebrarse.
Pasaba de medianoche cuando sonó el teléfono.
—Doctora Salas. —La voz de Max, baja, sin prisa—. No puedo dormir.
Renata se frotó los ojos.
—Tome un té de tila y cuente borregos.
—Tengo una médica de cabecera exclusiva. Para eso te contraté. Disponible cuando yo te llame, ¿recuerdas el contrato?
—Son las doce y media.
—Doce y treinta y cuatro. —Una pausa—. Si no vienes, mañana le mando a Recursos Humanos una queja por incumplimiento. Y un descuento. Tú decides.
Colgó antes de que ella pudiera contestar, dejándole nada más una dirección en Las Lomas brillando en la pantalla.
Renata se quedó mirando el techo. Hubiera podido no ir. Hubiera podido mandarlo al diablo. Pero entre líneas, debajo de la prepotencia, había escuchado otra cosa: un hombre que de verdad no podía dormir y que prefería inventar una multa antes que admitirlo. Y esa grieta, esa sola grieta, fue suficiente para que tomara su abrigo.
—
La casa era enorme. De esas que salen en revistas, con un portón que se abría solo y un jardín donde cabía el departamento entero de la abuela. Pero adentro estaba vacía de una manera que a Renata se le metió en el pecho: paredes desnudas, sin un solo retrato, sin una planta, sin una huella de que ahí viviera alguien que esperara a alguien. Un hombre con todo el dinero del mundo y una casa que parecía una sala de espera. Las luces estaban bajas y no había nadie del servicio; los había mandado a todos a dormir, o a su casa. Solo estaba él, en bata, descalzo, con un vaso de whisky sin tocar en la mano y unas ojeras que le daban diez años más.
—Llegaste —dijo, como si lo sorprendiera.
—Tengo un contrato —respondió ella, devolviéndole sus propias palabras.
Él hizo un gesto hacia un rincón de la entrada. Y Renata bajó la mirada.
Junto a la puerta, alineadas con cuidado, había un par de pantuflas nuevas. De felpa, color crema. Pequeñas.
—Para que no andes en calcetines en el mármol —dijo Max, sin mirarla, dándole un trago al whisky—. Se enfría.
Renata se acercó despacio. Las levantó. Buscó la etiqueta por dentro, ya sabiendo lo que iba a encontrar, rezando para equivocarse.
Talla 36.
Su talla. La exacta. La misma que tenía a los diecinueve años, cuando él le quitaba los zapatos mojados después de la lluvia y le calentaba los pies entre las manos porque no tenían para la calefacción.
Algo se le aflojó en el pecho, peligroso, tibio. Se las puso sin decir nada, porque si hablaba se le iba a quebrar la voz, y eso no se lo podía permitir.
—¿Cenaste? —preguntó, para cambiar de tema, y sin esperar respuesta se metió a la cocina.
Era una cocina de exhibición, de las que nunca se usan. Pero Renata abrió la alacena, encontró arroz, encontró chiles, encontró lo necesario, y las manos se le movieron solas, recordando una receta que no había hecho en seis años: el arroz rojo con plátano frito que él devoraba en la época en que una comida caliente era un lujo. Cocinó en silencio, y él se quedó recargado en el marco de la puerta, mirándola, sin ofrecerse a ayudar, solo mirando, como quien teme que si parpadea la escena se desvanezca.
Le sirvió un plato. Max comió despacio, con la vista fija en la comida.
—¿Él te trata bien? —preguntó de pronto.
Renata levantó la cara.
—¿Quién?
—Bracamonte. Tu ex. —El tenedor se detuvo—. ¿Te trata bien?
—Estamos divorciados.
—No es lo que pregunté.
—Es lo único que voy a contestar. —Le sostuvo la mirada—. Mi vida privada no entró en el contrato, señor Montenegro.
—Todo entró en el contrato. —Dejó el tenedor sobre el plato con suavidad, demasiada suavidad—. Lo que comes, cómo duermes, quién te pone esa cara de no haber descansado en años. Te ves cansada, Rena. Cansada de verdad. Y no del trabajo.
Ella se quedó sin respuesta, porque era cierto, y porque que él lo notara después de seis años le dolía más que si la hubiera insultado. Hubo un silencio en el que solo se oyó el zumbido del refrigerador. Por un instante los dos estuvieron al borde de algo; ella casi pudo ver la pregunta verdadera formándose en la boca de él, la de aquella noche de lluvia, "¿por qué?". Pero Max apretó la mandíbula y la guardó, como guardaba todo.
—Come tú también —dijo en cambio, áspero, empujando el plato hacia ella—. Estás en los huesos.
Renata no contestó. Recogió su plato vacío y lo llevó al fregadero, y al abrir el congelador para guardar algo se quedó paralizada.
Estaba lleno. Repleto. Botes y botes de helado de vainilla, apilados, idénticos, suficientes para un año. Vainilla. El sabor que a ella le gustaba y que a él nunca le había gustado, el que él decía que sabía "a nada", el que solo compraba cuando salían juntos para que ella tuviera de su favorito.
Cerró el congelador con cuidado, como si adentro hubiera algo vivo.
Cuando volvió a la sala, Max se había quedado dormido en el sillón, vencido al fin por el cansancio, el vaso de whisky aún intacto sobre la mesa. Sin las defensas puestas, con la cara relajada, volvía a parecerse al muchacho de antes. Al que ella había amado tanto que prefirió que la odiara con tal de salvarlo.
Renata se arrodilló junto al sillón. Le quitó el vaso de la mano. Le acomodó una manta sobre las piernas. Pensó en esa casa enorme y muda, en el congelador lleno de un sabor que él odiaba, en las pantuflas de su talla esperando junto a una puerta por la que nunca entraba nadie. Seis años. Seis años comprando vainilla para una mujer que no iba a volver. Se le llenaron los ojos y parpadeó para vaciarlos. Y se quedó así, mirándolo, hasta que el corazón le pudo más que la cabeza.
Solo una vez. Nadie lo sabría. Él dormía.
Se inclinó y rozó apenas sus labios contra los de él. Un beso de nada, un beso de despedida adelantada, un beso por todo lo que no podía decir.
—Perdóname —susurró contra su boca—. Por todo. Algún día lo vas a entender.
Se enderezó, se quitó las pantuflas, las dejó junto a la puerta y salió a la noche fría sin volver la vista atrás.
No vio que, en el sillón, Maximiliano Montenegro abría los ojos en la oscuridad. Despierto. Completamente despierto.
Y que se llevaba dos dedos a los labios, donde el calor de ella todavía ardía.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭