Luego de la cuarta guerra contra los oscuros, objetos fueron confiscados por la diosa luna y fueron guardados en el único lugar que en el que nadie se atrevería a poner un pie.
La Academia Luna Sangrienta...
Cuyo sitio mantiene bajo resguardo las reliquias de Selene...
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Capítulo 3: El Mestizo...
AERYN
Lo supe al verlo. Era un mestizo, pese a que trató de esconderlo, era un intento patético de esconder su verdadera naturaleza. Mi Clan me había enseñado a detectar esas cosas, sin embargo, no le di importancia porque cuando se supiera era posible que nadie lo aceptara en su equipo tan fácilmente.
O tal vez por el olor de su magia torpe e inestable. Lo eliminarían en menos de lo que canta un gallo por la mañana. Suspiré. No tenía sentido preocuparse por ese tipo de personas. Además, no era mi asunto. Ni siquiera se dio cuenta de que lo había descubierto, sería interesante ver su reacción, pero tenía mis dudas de sí realmente él iba a pasar las pruebas, era solo cuestión de ver para creer.
Ese chico caminaba con cautela, como si estuviera acostumbrado a esperar a ser rechazado antes incluso de recibirlo. No era difícil imaginar por qué. La mayoría de los clanes jamás lo iban a aceptar tan fácilmente. Mucho menos en un equipo de Guardianes. Mientras me iba sentí nuevamente esa sensación. Dmitri estaba observando y eso era molesto. Sabía que comenzaría a decirme que no debía hablar con un mestizo porque no era difícil de darse cuenta de ello.
Y aun así... No era un cobarde. Eso ya lo hacía diferente.
—No deberías hablar con ese mestizo.
La voz de Dmitri apareció detrás de mí acompañada de ese tono frío y arrogante que usaba prácticamente con todo el mundo. Solté un suspiro cansado antes de girarme a mirarlo.
Y allí estaba. Alto, serio y con esa expresión de pocos amigos que parecía pertenecer en él. Su uniforme negro resaltaba el emblema plateado de la Manada Luna de Cristal bordado sobre el pecho.
Varias chicas lo miraban desde lejos. Dmitri ni siquiera parecía notarlo. O tal vez poco le importaba.
—Solo intercambié un par de palabras con él.—Respondí.
—Eso es demasiado.
Rodé los ojos.
—Cállate, Dmitri.
Él soltó un gruñido bajo tras escucharme, provocando que lo mirara con evidente molestia.
Otra vez eso. Él siempre hacia lo mismo. Desde niños. Gruñía cuando algo le irritaba, cuando estaba de acuerdo con algo, cuando se aburría o cuando yo hablaba con alguien que no fuera él.
Jamás entendí por qué. Y sinceramente, tampoco quise preguntar.
—Tu manada realmente debería enseñarte a comunicarte con alguien normal—murmuré.
—Los licántropos nos comunicamos perfectamente.
—Sí, claro. Gruñendo.
Dmitri entrecerró los ojos.
—Eres insoportable.
—Y tú demasiado dramático.
Por un momento permanecimos en silencio, observándonos hasta que terminé soltando una pequeña sonrisa burlona.
Él resopló con fastidio. Eso no era nuevo.
Habíamos crecido juntos gracias a la alianza entre Luna de Cristal y el Clan Volakis. Entrenamientos compartidos, reuniones políticas interminables y aburridas, lecciones sobre lo que significaba representar a nuestras familias.
Éramos hijos de líderes. Y eso significaba que cada palabra y cada error podían convertirse en un problema para nuestros clanes. Por eso aprendimos desde pequeños cuándo hablar y cuándo no hablar. Cuándo debía discutir. Y cuándo tenía que ser solo una observadora.
Mi mente regresó brevemente a las palabras que escuchamos antes de partir hacia la Academia.
Las recordaba muy bien.
«Ser parte de un equipo no significa que uno no sea menos importante que el otro.»
Una enseñanza repetida por generaciones entre Guardianes. Porque un trío solo funcionaba cuando existía equilibrio. Nadie debía colocarse por encima de los demás. Aunque algunos claramente olvidaron esa parte.
Miré de reojo a Dmitri. Sí. Definitivamente, él era uno de ellos.
—No importa lo que ese chico sea—dije finalmente—. Si supera las pruebas, tendrá derecho a estar aquí igual que cualquiera.
Dmitri tensó la mandíbula.
—Los Guardianes necesitan fuerza, no problemas.
—Tal vez ambas cosas son lo mismo.
Él gruñó, de nuevo. Esta vez más bajo. Fruncí ligeramente el ceño.
—En verdad que eres un gruñón, siempre haces lo mismo. Gruñes y gruñes...
—Porque dices demasiadas cosas que detesto.—Solté una risa corta.
—Vaya, qué sorpresa.
La comisura de sus labios pareció moverse apenas, como si quisiera sonreír, pero desapareció tan rápido que dudé haberlo visto.
Entonces las enormes y ruidosas campanas de la Academia comenzaron a sonar. Todo el gran salón quedó en silencio. Las pruebas estaban por dar inicio.