Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Preocupación
El conde Vance Dupont observó las rosas rojas durante un largo rato.
Demasiado largo.
Las flores seguían siendo hermosas.
Elegantes.
Costosas.
Sin saber que habían sido elegidas por alguien que había escuchado con atención cuando cierta joven le había dicho que comenzara un cortejo correctamente.
Por eso no estaba tranquilo el conde.
En absoluto.
Mientras desayunaba, escuchó sin querer los cuchicheos de las doncellas.
—El duque Reed salvó a la señorita en el pueblo.
—Y ahora le envía flores.
—Quizás sea romántico.
—¿Te imaginas?
—La señorita y el duque Reed...
Vance bajó lentamente la taza de té.
Las doncellas palidecieron inmediatamente.
—C-conde...
Él no respondió.
Porque sus pensamientos estaban muy lejos de allí.
Recordaba perfectamente los últimos días.
Primero...
Su hija había decidido construir escuelas.
Había trabajado.
Había investigado.
Había elaborado presupuestos.
Por primera vez, había visto a Vesta verdaderamente comprometida con algo más allá de sus propios deseos.
Se había sentido orgulloso.
Luego...
Vesta había decidido irse a Mercia.
Había preparado equipaje.
Ahorrado dinero.
Aceptado la posibilidad de empezar de nuevo.
Y él había pensado..
[Está creciendo.]
Sin embargo...
Dos días después había cambiado de opinión.
Otra vez.
Y ahora había flores del duque Reed decorando su salón.
Vance cerró los ojos.
Y suspiró profundamente.
Su hija era amable.
Cariñosa.
Inteligente a su manera.
Pero también era impulsiva.
Caprichosa.
Emocional.
Y todavía inmadura en muchos aspectos.
Mientras que el duque Reed...
Era un hombre hecho y derecho.
Poderoso.
Temido.
Mucho mayor.
Con responsabilidades enormes sobre sus hombros.
¿Cómo podía sentirse tranquilo?
No podía.
Aquella misma tarde escribió una carta.
Con letra firme y elegante.
Dirigida a su hijo mayor.
Vincent Dupont.
“Vincent.
Necesito que regreses a casa lo antes posible.
Me preocupa tu hermana.
Parece haberse involucrado con el duque Reed.
Agradecería tu ayuda para comprender qué está ocurriendo y orientarla adecuadamente.
Padre”.
Selló la carta.
Y llamó al mayordomo.
—Envíala inmediatamente.
—Sí, mi señor.
Cuando quedó solo en el despacho, Vance apoyó la frente sobre una mano.
Y murmuró para sí mismo..
—¿Por qué justamente Reed...?
Porque si hubiera sido otro joven noble...
Uno de la edad de Vesta.
Quizás habría sido más sencillo.
Pero Reed...
No.
El duque Reed no era un hombre sencillo.
Y Vance sospechaba que su hija tampoco lo era.
Y esa combinación...
Podía terminar muy bien.
O terriblemente mal.
La respuesta llegó más rápido de lo esperado.
Al día siguiente.
Vance rompió el sello.
Y leyó.
Padre.
Viajaré inmediatamente.
No dejes sola a Vesta con Reed hasta mi llegada.
Vincent.
El conde dejó caer la carta.
Y, por primera vez en días...
Sintió un poco de alivio.
Porque, si alguien lograba entender a Vesta además de él mismo...
Era Vincent.
Su hijo serio.
Responsable.
Y excesivamente protector.
Aunque probablemente terminaría discutiendo con su hermana.
Mientras tanto...
Ajena al drama familiar que se desarrollaba a sus espaldas...
Vesta estaba radiante.
—¡Por aquí!
Se bajó del carruaje prácticamente de un salto.
La doncella la siguió apresuradamente.
—¡Señorita! ¡Más despacio!
Vesta ni siquiera escuchó.
Porque frente a ella...
Había terreno vacío.
Madera.
Piedras.
Trabajadores.
Y planos cuidadosamente extendidos sobre una mesa improvisada.
Su primera escuela.
La joven rubia contempló el lugar.
Y sonrió.
No era grandioso.
Ni elegante.
Ni impresionante.
Pero algún día...
Lo sería para los niños que estudiaran allí.
Se acercó a los planos.
—Aquí irán las ventanas.
Señaló.
—Necesitamos buena iluminación.
Luego caminó unos pasos.
—Y aquí quiero espacio suficiente para que los niños jueguen.
Uno de los trabajadores la observó sorprendido.
—¿Un patio?
—Por supuesto.
Vesta lo miró como si fuera obvio.
—Los niños necesitan correr.
Luego señaló otro punto.
—Y una pequeña biblioteca.
—¿Biblioteca?
—Aunque sean pocos libros al principio.
Sus ojos verdes brillaron.
—Algunos niños descubrirán el mundo gracias a ellos.
Los trabajadores intercambiaron miradas.
Habían escuchado rumores sobre la hija menor del conde.
Consentida.
Altiva.
Caprichosa.
Pero aquella joven...
Escuchaba sugerencias.
Preguntaba.
Tomaba notas.
Y hablaba con un entusiasmo contagioso.
—¿Y aquí? —preguntó un carpintero.
Vesta se acercó.
Pensó unos segundos.
Y respondió..
—Más pupitres.
—¿No serían demasiados?
Ella sonrió.
—Espero que sí.
Miró el terreno vacío.
Y por un instante...
Recordó a aquellos dos niños compartiendo un cuaderno viejo.
Su garganta se cerró ligeramente.
Porque ésta era la razón por la que había decidido cambiar.
La razón por la que quería convertirse en una mejor persona.
No el duque.
No las flores.
No Mercia.
Sino esto.
Que un niño pudiera aprender.
Que una niña pudiera escribir su nombre.
Que alguien tuviera oportunidades que antes no existían.
Y, por primera vez en muchos días...
Todo parecía sencillo.
No había contratos absurdos.
Ni amenazas.
Ni duques celosos.
Sólo una joven noble observando cómo comenzaban a construir algo bueno.
La doncella observó la enorme sonrisa de Vesta.
Y sintió ternura.
Porque entendía algo importante.
Su señorita seguía siendo impulsiva.
Seguía siendo caprichosa.
Seguía siendo dramática.
Pero también era genuinamente bondadosa.
Y eso nunca había sido una mentira.
Vesta miró nuevamente la estructura que comenzaba a levantarse.
Y se llevó una mano al pecho.
Se sentía útil.
Necesaria.
Feliz.
Una felicidad distinta a la emoción de los chismes.
Distinta al nerviosismo del romance.
Más tranquila.
Más profunda.
—Lo lograremos —murmuró.
Miró el cielo gris de Sunderland.
Y sonrió.
—Definitivamente lo lograremos.
Muy lejos de allí, un hermano mayor regresaba preocupado a casa.
Un padre se preparaba para enfrentar a un duque demasiado insistente.
Y un hombre de ojos oscuros probablemente seguía pensando en cómo cortejar adecuadamente a una mujer que exigía flores, escuelas y acceso ilimitado a los escándalos de la nobleza.
Pero, por ahora...
Vesta Dupont estaba donde más quería estar.
Con barro en el borde de sus zapatos elegantes.
Los planos de una escuela entre las manos.
Y la satisfacción inmensa de saber que, aunque siguiera siendo un desastre en asuntos del corazón...
Al menos estaba construyendo algo que permanecería mucho después de que los chismes y los romances terminaran.