Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 10
Seguí trabajando el resto del turno con una sonrisa que hacía mucho tiempo no aparecía tan fácilmente.
La conversación con Cristian se había quedado dando vueltas en mi cabeza.
Antes de salir me había pasado su número.
Algo tan simple como eso me hizo pensar en lo mucho que había cambiado mi vida.
Trabajábamos juntos desde hacía años.
Y aun así nunca habíamos hablado tanto como ese día.
Quizás yo también estaba cambiando.
Quizás ya era hora.
Mientras acomodaba algunos productos me descubrí pensando en algo que llevaba tiempo evitando.
Tenía dos meses.
Solo dos meses.
Dos meses para prepararme para la vida que siempre había querido.
Para convertirme en la persona que soñaba ser.
No era cuestión de belleza.
Era cuestión de seguridad.
De disciplina.
De crecimiento.
Quería mejorar mi inglés.
No para aprobar exámenes.
Sino para mantener conversaciones con arquitectos, empresarios y clientes importantes.
Quería aprender a expresarme mejor.
Vestirme mejor.
Ser más segura.
Más profesional.
Más preparada.
No quería llegar a las prácticas siendo la misma Israel que había sobrevivido durante años.
Quería llegar siendo la Israel que estaba lista para triunfar.
Cuando terminé mi jornada fui directamente a casa.
Ni siquiera pasé por una tienda.
Ni me detuve en ningún lado.
Apenas llegué, saqué una libreta y me senté frente a mi escritorio.
Comencé a escribir.
Objetivos.
Pendientes.
Fechas.
Planes.
Todo.
Las hojas empezaron a llenarse rápidamente.
"Graduación."
"Prácticas."
"Vender muebles."
"Comprar teléfono nuevo."
"Mejorar inglés."
"Ahorrar dinero."
"Buscar departamento."
"Preparar documentos."
Miré la lista.
Y por primera vez no sentí miedo.
Sentí emoción.
Me faltaban veinticuatro clases para terminar oficialmente.
Pero de esas solo asistiría a unas diez.
El resto serían ensayos de graduación, trámites y entrega de documentos.
Prácticamente ya estaba terminando.
Me quedé observando mi departamento.
Las paredes blancas.
La pequeña sala.
Mi escritorio lleno de planos.
Mis maquetas.
Mis libros.
Todo aquello me había acompañado durante años.
Y dentro de poco tendría que despedirme.
Tomé fotografías de varias cosas.
Publiqué algunos muebles en internet.
Una pequeña venta de garaje virtual.
Si todo salía bien podría comprar un teléfono mejor.
Mi computadora aún funcionaba perfectamente porque había sido una inversión necesaria para la universidad.
Miré la hora.
Las nueve de la noche.
Había avanzado bastante.
Me serví un vaso de agua.
Me senté en el sillón.
Y entonces recordé el diario.
Como siempre.
Como si me estuviera llamando.
Lo tomé.
Abrí las páginas amarillentas.
Y seguí leyendo.
---
"No puedo creer que Mateo ya tenga once años.
A veces siento que fue ayer cuando lo cargué por primera vez entre mis brazos.
Y ahora ya casi alcanza mi estatura cuando se pone de puntas.
Sigue siendo un niño amoroso.
Aunque cada día parece más cansado.
Le encantan los tulipanes.
Dice que se parecen a mí.
Fragiles.
Bonitos.
Y silenciosos.
No sé si debería sentirme halagada o preocuparme porque un niño de once años piense cosas tan profundas.
Sus ojos verdes siguen siendo mi lugar favorito del mundo.
Cuando me mira todavía siento que todo vale la pena."
Levanté la vista un momento.
Aquella mujer escribía sobre su hijo de una forma tan hermosa que parecía imposible que esa familia escondiera secretos.
Seguí leyendo.
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"Los sobres siguen llegando.
Ya ni siquiera me pregunto quién los deja.
Simplemente aparecen.
Cada mañana.
Cada semana.
Como si fueran parte de mi rutina.
Los leo.
Los guardo.
Y continúo con mi vida.
Pero últimamente siento que quien los escribe me conoce demasiado."
"Armando sigue empeñado en convertir a Mateo en su sucesor."
"Mi hijo tiene once años."
"Once."
"Y su agenda parece la de un ejecutivo."
"Despierta a las cinco."
"Gimnasio."
"Natación."
"Defensa personal."
"Equitación."
"Clases particulares."
"Finanzas."
"Idiomas."
"Negocios."
"Y además debe obtener calificaciones perfectas."
"No acepta menos de cien."
"Un noventa y cinco significa una discusión."
"Un noventa representa una decepción."
"Y un ochenta simplemente no existe."
"Cuando Mateo está conmigo vuelve a ser un niño."
"Cuando está con Armando se convierte en un proyecto."
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
Seguí leyendo.
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"Hace unas semanas encontré a Mateo dormido sobre sus cuadernos.
No despertó cuando lo cargué.
Estaba agotado.
Y comprendí que ya no podía seguir ignorándolo."
"Así que hablé con Armando."
"Le pedí vacaciones."
"Le pedí que nos permitiera respirar."
"Por una vez."
"Por nuestro hijo."
Y sorprendentemente aceptó.
Incluso me abrazó.
Me dijo que intentaría cambiar.
Que entendía que aquello no era vida.
Y quise creerle.
Porque una madre haría cualquier cosa por ver feliz a su hijo."
"Así que viajamos."
"Fuimos a Italia."
"Visitamos una pequeña isla donde nadie conocía nuestro apellido."
"Comimos helado caminando por las calles."
"Nos perdimos entre mercados."
"Reímos."
"Fuimos a Mónaco."
"Vimos la Fórmula 1."
"Mateo sonrió tanto que terminé llorando cuando no me veía."
"Porque por primera vez en años parecía simplemente un niño."
La siguiente frase estaba escrita con una letra más temblorosa.
Más emocional.
Como si Lucía hubiera llorado mientras escribía.
"Una noche me tomó de la mano."
"Y me dijo algo que jamás olvidaré."
"'Mamá, quiero hacer todo lo que papá quiera.'"
"'Quiero aprender negocios.'"
"'Quiero ser fuerte como él.'"
"'Pero prométeme que siempre estarás conmigo.'"
"'Porque si tú estás conmigo, entonces todo estará bien.'"
Las palabras terminaban ahí.
Y al final de la página había una pequeña mancha.
Como si una lágrima hubiera caído sobre la tinta muchos años atrás.
Tragué saliva.
Y pasé lentamente a la siguiente hoja.
Porque tenía la sensación de que algo estaba a punto de romper aquella aparente felicidad.