Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 4 — La Dama del Fénix
Pasó una semana antes de que Lían se sintiera Lían otra vez.
Una semana de aprenderse el nombre de cada chica, de fingir que sabía cómo se prendía la cosa esa que hacía café —máquina, Lían, máquina—, de practicar firmas para que su letra se pareciera a la de Valentina, de leer contratos en un idioma que entendía pero con palabras que no había oído en mil años. Impuesto. Licencia. Tarjeta. Wifi.
Pero Lían se sentía dormida adentro del cuerpo de Valentina. Hablaba como Valentina, vestía como Valentina, firmaba como Valentina. Necesitaba algo que fuera de ella. Solo de ella. Una noche por semana, un par de horas, para no enloquecer.
La idea del baile llego de la nada, el baile lo había hecho desde los siete años. En el palacio bailaba para el Emperador en las celebraciones del Año Nuevo. Era de las pocas cosas que recordaba con cariño de aquella vida.
—¿Estás segura? —le preguntó Sofía por décima vez, en la oficina del segundo piso, mientras le acomodaba el antifaz dorado.
—Segura.
—Vale, si alguien te reconoce…
—Por eso es el antifaz, Sofía.
—Pero las chicas.
—Las chicas creen lo que les dijiste. Que es una bailarina contratada que llega y se va. No habla con nadie. No deja que la vean entre bambalinas. Punto.
Sofía suspiró. Le ajustó la última horquilla en el cabello. Lían se miró al espejo.
La mujer que la miró desde el reflejo era ella. La de verdad. La emperatriz. Con la cara de Valentina debajo del antifaz, sí, pero ella. Por primera vez en semanas, le devolvió la mirada alguien que reconocía.
—Lo otro —dijo Sofía— es que la chica del tubo no quiere…
—Y por eso me pongo yo. Esa pobre lleva tres meses bailando para hijos de puta que no la merecen. Dale la noche libre. Que descanse.
Sofía levantó las cejas. Lían registró que era la tercera vez en el día que decía hijos de puta. El cuerpo de Valentina lo soltaba con facilidad. Le estaba empezando a gustar.
—Bajo a controlar el salón —dijo Sofía—. Tú sales a la una en punto. Ni un minuto antes.
—Sofía.
—¿Qué?
—Si esto me sale mal, mañana te invito un café.
—Si esto te sale mal, mañana te invito yo a un psiquiatra.
Lían se rió. Sofía cerró la puerta detrás de ella.
Eran las once cuando Andrea subió las escaleras corriendo.
—Vale, abajo. Un hombre. Quiere verte.
Lían se levantó. Se quitó el antifaz, lo dejó sobre el tocador, se cubrió el traje imperial con una bata negra larga que Sofía había dejado preparada para emergencias. Faltan dos horas para que salgas como Fénix. Dos horas era una vida entera.
—¿Quién?
—Dice que se llama Dante Rivas.
Lían bajó.
Estaba de pie cerca de la puerta. Traje negro, sin corbata. El pelo levemente revuelto, como si se hubiera pasado la mano por encima sin pensar. No miró a ninguna de las chicas que pasaron a su lado.
—Señor Rivas.
—Señora Saggese.
Lían le hizo seña al reservado del fondo. Se sentaron. Él del otro lado. Ninguno bajó los ojos.
—No vengo como cliente —dijo Dante—. Busco a alguien.
—La mitad de los hombres que entran aquí buscan a alguien.
—La mía no es de las que se encuentran aquí.
Algo en la voz. Controlada. Ese tono lo conocía. Era el tono de quien lleva años cargando un peso. Lían lo había usado durante once años en palacio.
—Lo escucho.
Dante sacó un sobre del bolsillo interior del saco. De adentro, una foto. La puso sobre la mesa, derecha hacia Lían.
Lían bajó los ojos.
Se sostuvo en el reposabrazos. Los recuerdos llegaron en bloque: el sótano del sur, el maletín de dinero, la chica de los ojos verdes subiendo a la tarima, Valentina pujando hasta quedarse sin nada.
—La vi —dijo.
Dante se quedó quieto.
—¿Cuándo?
—Hace un año. Marzo. Subasta clandestina al sur.
—Cuénteme.
—Le voy a decir lo que sé, que es poco. Hombre gordo, calvo, anillo grande en la mano derecha, acento del este. La compró por una cifra que no pude igualar, la sacaron por una puerta lateral. No sé adónde fue.
Dante apretó la mandíbula.
—¿Y usted qué hizo?
—Bebí hasta dormirme. Al día siguiente compré a otra chica de otra subasta. Una que sí me alcanzó.
—¿Para qué?
—Para sacarla de ahí, señor Rivas. ¿Para qué cree? Rescato a las que no tienen quien las salve, aunque no lo crea tengo corazón.
Dante la miró. Largo. Asintió una vez.
—Gracias.
Guardó la foto. Sacó una tarjeta del otro bolsillo. La dejó boca abajo sobre la mesa.
—Si sabe algo más, llame a cualquier hora.
—Bien.
Se levantó. Caminó hacia la puerta sin mirar a ninguna chica del Lotus.
Lían se quedó mirando la tarjeta.
Giró la tarjeta. Letras negras: DANTE RIVAS — Director General — Grupo Rivas.
El nombre le hizo cosquillas en alguna parte. Después lo averiguaría. Ahora tenía cosa más urgente: subir, ponerse otra vez el antifaz, y bajar.
Subió.
Sofía estaba esperándola en la oficina con el reloj en la mano.
—Treinta minutos.
—Suficiente.
Lían se quitó la bata. Se acomodó las mangas. Sofía le volvió a poner el antifaz.
—Vale.
—Dime.
—Marcelo está abajo.
Lían levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Entró con un grupo de hombres. Reservaron mesa hace media hora. Le pagó un billete al guardia de la puerta para que no avisara. Andrea acaba de subir a contármelo.
Lían se quedó muy quieta un segundo. Después se rió. Una risa corta, seca.
—¿Veinte días rogándome de rodillas y ahora se cuela en mi bar con sus amigos? El hijo de puta tiene huevos.
—Vale, podemos sacarlo.
—No. Déjalo.
—¿Estás segura?
—Déjalo, Sofía. Que se quede. Que mire.
Sofía la estudió un momento.
—¿Vas a salir igual?
—Por supuesto que voy a salir. ¿Sabes qué es lo mejor de vengarse de un hombre, Sofía?
—¿Qué?
—Que el hombre no sepa que se están vengando de él, hasta que es demasiado tarde.
Sofía sonrió. Una sonrisa pequeña, de las que reservaba para Vale.
—Diez minutos.
Bajó.
Lían se acercó al espejo. Se acomodó el último mechón de cabello bajo la corona de jade que Sofía le había conseguido en un anticuario. Se miró.
La mujer del antifaz le devolvió la mirada.
—Hola, vieja —le dijo Lían en mandarín antiguo—. Mil años sin verte.
La mujer del espejo sonrió.
Lían apagó la luz de la oficina.
Bajó.
Las luces del salón principal se atenuaron a la una en punto.
El barman bajó el volumen de la música. Sofía subió al escenario, con un vestido negro corto, y habló por el micrófono con voz tranquila.
—Damas y caballeros, esta noche el Lotus inaugura un nuevo acto. Una bailarina exclusiva. No habla con clientes. No recibe privados. No se queda. Una vez por semana, vendrá para que todos disfruten de su baile encantado. Por favor, reciban a La Dama del Fénix.
Silencio.
Dante, que estaba por irse , se quedó mirando. Algo en el aire del salón le hizo girar la cabeza.
Marcelo, en el reservado del lado contrario, levantó la vista del whisky.
Empezó la música. Una flauta. Después un guzheng. Instrumentos que ninguno de los dos había oído nunca, una melodía de mil años atrás que sin embargo se sentía como si llevara toda la noche esperando salir.
Y entonces apareció ella.
Salió de detrás del telón despacio, sin apuro. El traje de seda roja con bordados dorados. El antifaz de fénix cubriéndole media cara. El cabello recogido alto, con horquillas que brillaban a la luz baja. La piel de los brazos descubierta y el cuello largo, recto, imperial.
No bailó como bailaban las chicas del Lotus.
Bailó como había bailado para el Emperador, cuando todavía creía que el Emperador la quería. Con los brazos lentos, las manos hablando. Con cada giro una historia. Con cada pausa una pregunta.
Dante se quedó sin respiración, nunca había visto algo igual. Se sentó en la mesa más cercana al escenario que había libre. No respiró durante los primeros veinte segundos.
Marcelo se le había olvidado el whisky en la mano. La copa empezó a inclinarse despacio sobre el mantel. Uno de sus amigos tuvo que enderezársela. Marcelo no se dio cuenta.
Lían los miró a los dos desde detrás del antifaz.
A Dante, parado al fondo del salón mirándola como quien encuentra algo que llevaba años buscando sin saber qué era.
A Marcelo, en su reservado, mirándola como quien por primera vez en doce años se olvida del nombre de la mujer que dejó morirse en una camilla.
Hijos de puta,pensó Lían, sonriendo bajo el antifaz mientras hacía el primer giro. Los dos, esto era lo que quería tener el poder en esta vida y al parecer un baile antiguo le dio el arma que necesitaba.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺